EL TIZNAO (4)

Cuando amaneció ya llevaba rato en la puerta de la cueva, pero la niebla continuaba siendo la dueña de la mañana, oyó el martilleo de un picapinos, algún canto de canario y nada más. Decidió ponerse en marcha y a 15 metros de la cueva encontró un pequeño naciente de agua cubierto de culantrillos y helechos, sació la sed de la noche y reanudó el camino.
Estuvo andando y desandando los pequeños claros durante todo el día, su cuerpo comenzaba a sentir fatiga, y su cabeza le dolía a ratos. Se imaginaba su escudilla de leche y gofio, quién le mandaría a buscar las dichosas piedras… la niebla siguió durante todo el día, ya en la tarde encontró un sitio familiar, el naciente donde había bebido por la mañana, había vuelto a la cueva, no se lo podía creer, volvió a calmar su sed y pensó que ya no iba a volver a casa, pero por lo menos tendría el cobijo de la cueva.
Entró en la cueva y contempló las pintadas, eran motivos geométricos y espirales de color rojizo, intuyó que habían sido hechas por los antiguos paganos, lo que no sabía es que había sido un sitio sagrado siglos atrás y que la energía de los viejos curanderos-sanadores paganos estaba impregnada no solo en la cueva, sino que también en sus alrededores.
Como quiera que fuera la segunda noche la durmió del tirón, el cansancio, la falta de comida y el desgaste de la situación de estrés permitieron que su esmirriado cuerpo descansara sin sobresaltos. Cuando la claridad se hizo con aquellas tierras nuevamente, abrió los ojos e intentó levantarse, pero un fuerte mareo le obligó a continuar tumbado. El vacío que tenía en su estómago era más grande que él mismo, su cabeza no daba de sí, por momentos comenzaba a quedarse en blanco y su voluntad desaparecía.
Ya a media tarde comenzó a tener alucinaciones, se le aparecían cosas cotidianas, oía los gritos de Doña Aurelia corrigiendo todo lo que no fuera hecho por ella, oía el balar de sus cabras rusias, los esperríos del macho berrendo, oía el dulce cantar de su padre mientras guiaba con una caña la yunta, llegó incluso a sentir el calor de los huevos recién puestos en sus manos, pero cuando miraba bien, se desvanecían ante sus ojos. Aún así, en los momentos de lucidez hacía el jeito de incorporarse, y en ocasiones lo conseguía, pero desde que asomaba al exterior de la cueva las fuerzas solo le daban para acercarse al naciente y volver.
HERMANN HELLBUSH
