DE AQUELLOS TIEMPOS, AQUELLAS GENTES

Aquel día, y apenas Tomás entró en la habitación que ocupaba su suegra en el Insular, le escuchó susurrar por lo bajini y con una voz casi inaudible, y como a punto de apagarse de un momento a otro, lo siguiente: El perro que atrapa a una gallina y se la lleva para un ojero de tuneras o de zarzas, esa gallina no regresa jamás. Ese animal está perdido.
Tomás se quedó mascando en seco como quedé yo cuando me lo contó, y no era para menos, si tenemos en cuenta el momento y las circunstancias, máxime, si dicho pensamiento o reflexión viene de alguien que apenas sabía leer y escribir, por lo que a veces me ha dado por pensar, quizás sin mucho acierto o fundamento, que el sabio o el filósofo no se hace, sino que nace, aunque una ayudita de vez en cuando no viene mal, supongo. Porque, aunque eran unas palabras la mar de sencillas, no dejaban de tener su cosa, su enjundia.
Ceferino, que así se llamaba nuestro protagonista, tenía 97 años y llevaba varios días ingresado en el hospital, más por desgaste y achaques propios de su avanzada edad que por enfermedad propiamente dicha, ya que, aunque trabajó, como toda su generación, desde niño hasta un par de días antes de su fallecimiento como un descosido, gozó siempre de una salud y vitalidad envidiable, casi caballuna, como si dijéramos a prueba de bombas. Y a los echos nos remitimos, aunque más exacto sería decir, a su buena y larga longevidad, pero no nos perdamos. ¿Qué quería decir o en qué pensaba este hombre, que probablemente ya intuía que su paso por esta laguna de pesares llamado planeta o tierra tocaba a su fin? Sospechamos que se refería a aquel que se va para el otro barrio, para las chacaritas. Difícilmente vuelve, retorna, y si lo hace, no lo sabemos, y de este tamaño lo dejamos, porque el territorio de la fe y las creencias es muy complejo y resbaladizo, y se presta a especulaciones y susceptibilidades, y siempre se nos hace cuesta arriba y peligroso, sobre todo si son las creencias de los demás, porque las propias las podemos dar a medias o arrendarlas al mejor postor, y tan panchos. Pero las del prójimo hay que respetarlas mientras se pueda, y dejárselas a cada cual para que las rumie o digiera como Dios o su inteligencia le dé a entender. Faltaría más.
Ceferino nació y vivió en el Rincón de Tenteniguada, miembro de una extensísima familia de labradores y boyeros, como la mayoría de los valsequilleros de entonces, pobres y venidos a menos, porque si ir a más en aquel contexto era imposible y que en un momento determinado, como válvula de escape, tuvieron que optar por recurrir a la otra forma de agricultura por cuenta ajena, llamada aparcería. Porque ni la labranza del saquillo de papas, del pisco de frutas y verduras… ni la ganadería de tres vacas, cuatro cabras y el clásico cochino daban para comer y menos para echar alguna cuenta para el futuro más inmediato.

Por lo demás, ya sabemos más o menos y por nuestros mayores cómo era esto del cultivo del tomate. Te ibas a principios o mediados de septiembre para el sur y no regresabas hasta bien entrado mayo, si no te quedabas con un poco de suerte, los meses de verano trabajando en la misma empresa o en la Casa Exportadora, como también la llamábamos. Reparando riegos, haciendo socos para proteger a los tomateros del viento, arreglando las casetas y cuarterías, despedregando, cortando y arrancando cardones, balos y tabaibas por aquellas laderas y páramos resecos, para nuevos cultivos, etc, etc. Quedarse los veranos haciendo estas tareas no era lo habitual, pero sucedía.
En este punto me viene a la cabeza la cara de asombro y desconcierto que ponían mis hijos, cuando a veces y durante las comidas yo trataba de contarles y explicarles cómo era aquella existencia, por llamarla de alguna manera, para que tuvieran, ingenuo de mí, una idea o visión más clara y amplia de aquella Canarias de mi infancia y adolescencia. Y como siempre, me ha quedado el sentimiento o convencimiento de que ni puñetero caso, vamos, que era el mismo asunto que yo le ponía a mis viejos cuando trataba de aclararme algo que no me interesaba demasiado, o sea, ninguno, como si se tratara de una constante que se repitiera de una generación a otra, ¿no?
Pero mira por dónde que ahora tengo la oportunidad de vengarme, de tomarme la revancha y por supuesto la voy a aprovechar, ya lo creo. Algo retorcido sí que soy, qué se le va a hacer… Los primeros en caer en la cuenta que la cosa del tomate era un negocio redondo fueron los ingleses, conocían la planta y su fruto, conocían las islas y su clima. Llevaban trasteando por estos alrededores desde el siglo XIX, si no antes, pero sobre todo conocían al dedillo el régimen político imperante en España y por extensión el de Canarias. A fin de cuentas, ellos, si no la apoyaron abiertamente, sí miraron para otro lado, que, en política, como en otras muchas cuestiones de la vida, es lo mismo. Más tarde tanto el Reino Unido como el resto de Europa pagarían con creces su indiferencia y frivolidad.
En definitiva, que al igual que nuestros empresarios exportadores aborígenes que empezaron a proliferar como hongos en otoño, sabían que aquí había cantería, que teníamos una mano de obra buena y barata y lo que era más interesante, totalmente desprotegida. Sin derechos políticos, sociales, sindicales, etc. Ni de ningún tipo que se les pareciera. Un verdadero filón o bisnes para sus propósitos y proyectos de explotación económica y laboral. Porque, aunque aquí se montaron o ya estaban montando algunas empresas británicas, caso Fyffe de ingrato y siniestro, recuerdo, llegaron otras como L.H.P. más modernas y dinámicas y sin un pasado, al menos que sepamos tan sórdido y deleznable como la anterior, para el resto obviamente, cáscaras o migajas, pequeños cupos o cantidades reducidas de bultos o cestos de tomates que podían introducir en los mercados londinenses.
Se trataba de enviarlos allá a los muelles y esperar a que te transfirieran los dineros aquí a las ínsulas caratarias, y a vivir, que son tres días. No sería tan fácil como yo lo pinto, pero las exigencias del guión obligan. A decir verdad, no estaba tan mal pensado este invento cuasi feudalillo de la aparcería. Ellos ponían las tierras arrendadas, ¿a quién si no?, al conde de la Merga Grande. Te facilitaban las plantas, el agua, y tú ponías la mano de obra, donde entraba toda la familia, incluidos niños y ancianos. Y todo esto, en el caso de Inglaterra (los nuestros ni se enteraban del tema, ni podían) sin dejar de presumir y vanagloriarse de ser la democracia más antigua y consolidada de Europa, sino del mundo. Para contrapesar un poco esto, y para que los englands no se nos vengan muy arriba, diremos que después de la griega y romana estaría bueno. Más tarde nos daríamos cuenta de que democracia, sí, muy bien, pero según dónde y cuándo.
Obviamente, si los hijos de Albión y nuestros compatriotas actuaban como lo hacían, era con la connivencia y beneplácito de nuestros mandamases franquistas, y algún que otro despistado, que siempre aparecían. Y que siempre aparecían en los lugares y momentos más inverosímiles, y prestos a sacar alguna tajada de cualquier tejemaneje que se tercie. Claro que, a ti, para suavizar estas relaciones un tanto arcaicas y ¿contractuales? —sea esto lo que fuere—, te daban un adelanto económico llamado anticipo. Dicho concepto estaba en función de la cantidad de tierra que tuvieras asignada y plantada, para entendernos, si la unidad familiar era de tres o cuatro personas, te permitían una fanegada o fanegada y media, y un estipendio X, y si pasabas de cuatro o más personas, te adjudicaban dos o más fanegadas, y más dinero, por supuesto. Aquí, a la hora de repartir o distribuir las tierras, jugaba un papel importante el prestigio que tuvieras como trabajador. Si eras un currante nato, caso de Ceferino —al que volveremos dentro de poco—, te daban tierra de por demás, hasta asfixiarte. Si por el contrario eras algo gandulillo, te lo aconductaban, intentaban reducírtela al mínimo, argumentando cualquier historia o pretexto.
Esta especie de salario adelantado —y volvemos al anticipo— te lo hacían efectivo semanalmente, porque cogimos la mala costumbre, creo que, de los europeos, que diga yo lo que diga, tenían y tienen sus cosas buenas también, de comer tres veces al día. Seguramente, si hubiéramos optado por la dieta o tendencia africana —que, con un poco de suerte, podías comer una o dos veces al día— otro gallo nos hubiera cantado, y probablemente las tiendas, tanto la de Mateito en Maspalomas como la de Paquito Santana aquí en Tenteniguada, nos hubieran ampliado el fiao. Para mejor comprensión de lo que digo, te hubieran facilitado más crédito. Pero esto no deja de ser simple y pura especulación, porque lo realmente cierto era que tú ibas acumulando dicho anticipo durante los nueve meses que duraba la zafra, y al final, cuando llegaba el momento de ir a Las Palmas a cobrar los tomates, como decíamos en nuestra jerga aparcera, una vez sacadas o echadas las cuentas, o bien salías debiéndole a la Casa, en este caso a L.H.P., en el caso de Ceferino y Bonny, o empatabas, como si dijéramos, lo comido por lo servido, que era lo más frecuente.
Y aquí se hace inevitable recordar las retrancas o arrancadas de coche viejo de mi padre, que definía o ilustraba esta situación un tanto esperpéntica de la siguiente manera: “Si pa’ abajo, pa’ la costa, íbamos a medio vestir, a Valsequillo regresábamos completamente desnudos. No había manera de levantar cabeza.”
Y un recuerdo te lleva a otro, inevitablemente. Y es que en una de las contadas ocasiones que mis viejos hicieron una zafra media qué sé yo, 27.000 pesetas, nunca se nos olvidará. Fue tanta nuestra alegría que aquel año alquilamos la sirasa de Miguelito Gil, y nos fuimos toda la familia de Teror a visitar y agradecer a la Virgen del Pino tamaño milagro, y eso que en nuestra casa nunca fuimos un dechado ni ejemplo de religiosidad, y mucho menos de advocación mariana, signifique esto lo que signifique. Y aquí lo dejamos, porque prometí respeto a las creencias de los demás. Pero la situación lo requería, lo demandaba. Y, además, ¿a quién no le gusta una gira o un rato de folclore? Y menos mal que aún no estaba de moda o en auge lo del bocadillo de chorizo porque con hambre atrasada y acumulada que llevábamos encima, y con la cantidad de tripas sin usar que teníamos todos todavía, andaríamos por Teror hartándonos o atiborrándonos de pan con chorizo. Exageraciones aparte.
Y así era, cuarta arriba o cuarta abajo, esta especie de submundo de la aparcería en aquellos tiempos. Luego llegó la tan esperada, por unos más que otros, democracia con sus organizaciones, sindicatos, coordinadora…, y las cosas empezaron a ir de otra manera. Pero esto es harina de otro costal, o al menos de otra molienda.
Perdona, posible y querido lector, por haberme extendido demasiado. Pero, como dije antes, no quise desaprovechar la ocasión para fastidiar a mis hijos, y es que los tengo amenazados con que o me leen, o los dejo desheredados. Ellos verán.
Y ahora sí, continuamos con el amigo Ceferino, que, al fin y al cabo —y desgraciadamente— es nuestro protagonista principal y el que nos ha traído aquí y ahora. Nuestro hombre, aparte de haber sido un todoterreno, era además un alma apegada al terruño, o como decimos entre nos, un bicho de la tierra. Trabajó la labranza mientras pudo jalar por el sacho, y cuidó cabras, vacas y algún que otro animal mientras tuvo algo de movilidad y energía suficiente, y que fue pocos días antes de su fallecimiento. Como la mayoría de nosotros o de nuestros padres, anhelábamos ahorrar algún dinerillo para comprar el cachejo de tierra por aquí, por Valsequillo, para plantar algunas verduras y poder tirar palante si las cosas venían mal o peor dadas. O simplemente para arreglar o terminar las casas, que siempre quedaban a medias de una zafra a otra. Por ello, nos sobrecargábamos de cantidad de tierra y de trabajo más allá de lo razonablemente recomendable o de lo que humanamente podíamos cuidar y atender.
La suerte, si se podía llamar así, era que, por regla general, los encargados, tanto de Pilcher como los de Bonny, no eran malos bichos, y siempre que nos veían con el culo a dos aguas o con esta hasta el cuello, vamos, asfixiados, nos enviaban como quien no quería la cosa a la cuadrilla para sacarnos las castañas del fuego, en una palabra y sin segundas, para socorrernos (a la familia de Ceferino le apodaban «los Socorros»). Para situarnos un poco: esto de la cuadrilla eran trabajadores por cuenta de la empresa, que se utilizaban para momentos puntuales. Cavar, amarrar, deshijar, pero sobre todo para coger tomates cuando había pedidos especiales o si el barco fuera el Yowan o el Castle, indistintamente, y se adelantaba a la fecha prevista. Excepcionalmente se utilizaba la cuadrilla también cuando un aparcero caía enfermo o tenía que abandonar los tomateros sin haber acabado la zafra. No era la tónica general, pero ocurrió alguna vez.
Por si todo este agobio o panorama no era suficiente, Ceferino además llevaba la ranchería del agua para el riego de la finca. Esto consistía en salir a medianoche hasta la presa del Salobre o al estanque de los ingleses, en Artenara, para soltar el agua, y venir acompañándola corriente abajo por si había algún obstáculo: animales muertos, lagartos, conejos, baifos, cabras…—el ganado siempre andaba por ahí cerca—, roturas de las acequias y luego vuelta atrás para cuando trancarla cuando se terminara de regar todo el cultivo, fuera la hora que fuera, que, entre pitos y flautas, podía hacer un paseíto de 6 o 7 kilómetros como poco.
A propósito, una de las imágenes o estampas recurrentes y amables que tengo de él y de aquella época, era cuando pasaba por delante de nuestras cuarterías, las de Bonny lindaban, estaban bastante cerca, a las cinco o seis de la mañana calculo, forrado hasta los ojos (las noches palomeras pueden ser tan frías como las del Sahara) con una guerrera militar color caqui y un farolillo de petróleo en una mano y en la otra un pedazo de caña o de palo a modo de bastón, supongo que era para ahuyentar a los perros que se le tiraran por el camino. Lo recuerdo hablando con mis padres y tíos, y con Periquito Fabelo, que era el panadero de la zona y que llegaba por las cuarterías de madrugada y con un burrillo que, si no era majorero, poco le faltaba, ya que, de tan pequeño, apenas sobresalía un palmo de las cestas del pan.
Bueno, creo que ya va siendo hora de despedirse, ¡por fin!, dirás tú, supuesto lector, y créeme que te entiendo. Pero no lo quiero hacer sin antes decir que la única finalidad de esta larga y pesada peroratano es otra que dedicarle un modelo de reconocimiento a un hombre sencillo, honrado y trabajador, que además fue un mejor vecino.
Que la paz y el descanso estén con él por siempre.
Tenteniguada, marzo de 2025
