LA CASA ROJA DE VISTA ALEGRE

Muchos vecinos de Valsequillo recuerdan aquella gran curva altanera de Vista Alegre. Más de uno golpeó allí su vehículo por su extenso y poco visible radio. La curva era casi una despedida de Valsequillo antes de entrar en las lindes de Telde, y tenía una presencia singular: estaba escoltada por la vieja casona roja, que parecía guardar vigilante toda la cañada extensa de Salvia India.
Conozco bien el lugar y lo visito a menudo. Pero esta historia se completa gracias a las referencias aportadas por una familia cercana a quienes vivieron y cuidaron aquella finca. Su memoria me permite mirar la casona no solo como una ruina del paisaje, sino como un espacio habitado, trabajado y recordado.
La finca de Salvia India se extendía desde la zona de Vista Alegre hasta la vuelta de Los Navarros, bajando por la degollada de Piletas hasta las lindes con el municipio de Telde, cerca de las primeras casas de la Montaña de Las Palmas. Era una cañada inmensa y productiva, propiedad de don José Verdugo, desde la que se divisaba valle abajo un paisaje agrícola que terminaba en un embalse destinado a guardar el agua de riego de Hoya Manrique y del Valle de los Nueve.
Podemos situarnos en torno a la transición de los años veinte, cuando el camino real cruzaba perpendicularmente la finca, subiendo por su vaguada y ganando altura hasta la entrada de la Montañeta de La Barrera. Aquel trazado antiguo no solo comunicaba lugares; también sostenía la vida diaria de quienes caminaban, trabajaban y transportaban las cosechas.
Muchos vecinos de Valsequillo y Telde trabajaron en aquella cañada de cultivo. La explotación agrícola llenaba los caminos de arrieros, animales y cargas abundantes. La finca tuvo vida, producción y movimiento. Pero, como tantas tierras marcadas por la dependencia del agua y la gestión de sus propietarios, llegó después un tiempo de sequías, menor actividad y lenta decadencia.
Tras la venta de la propiedad de don José Verdugo a un propietario noruego, la historia de la finca quedó vinculada a la figura de don Evaristo Sánchez Henríquez, natural de Valleseco. Según la memoria familiar, llegó como capataz para trabajar aquellas tierras, vigilar sus lindes y cuidar los espacios de la finca. Conocía cada rincón, cada límite y cada parte de aquel territorio agrícola.
Durante un tiempo, don Evaristo vivió en la casona roja. Más tarde se casó con una vecina de Valsequillo, y la propia casona fue escenario de una curiosidad hermosa: allí se celebró el banquete de boda. Después, el matrimonio residió en una pequeña casa cercana, dentro de la misma finca, mientras seguían vinculados al cuidado de la Casa Roja de Vista Alegre.
Como en otros lugares de Canarias, aquellas grandes propiedades de terratenientes y mandamases guardaron historias de trabajo, esfuerzo y también momentos felices. Especialmente para los descendientes de quienes las habitaron o las cuidaron. Para los niños, aquella casona pudo ser casi un castillo rojo donde jugar, imaginar y escuchar el viento silbar en el cerro de Vista Alegre.
En los días claros, la cañada se abría ante la mirada con la vieja Montaña de Las Palmas al frente. Allí, entre patios, muros, caminos y huertas, la imaginación infantil encontraba su reino. Esos recuerdos, transmitidos por quienes los vivieron o los recibieron de sus mayores, son los que permiten rescatar la parte humana de una casa que hoy parece vencida por el abandono.
Pero, como en todos los cuentos antiguos, también llegó el final triste. Con la desaparición del último guardián, don Evaristo, la finca quedó sin aquella presencia que la cuidaba y la defendía. La venta nunca terminó de resolverse para quienes se interesaron por la casona, porque al parecer no se ofrecía solo la casa, sino el conjunto completo de finca y propiedad.
Entonces llegó la pátina de un tiempo que no perdona. El olvido fue entrando por las rendijas. El pinar, doblado de tanto luchar contra el viento firme que escolta la casona, fue inclinándose sobre el viejo reino de Vista Alegre. Y el abandono, junto a las lacras sociales que suelen asaltar los lugares desprotegidos, terminó por ocupar lo que antes tuvo vida, cuidado y memoria.
Hoy lucen las ruinas de lo que la imaginación todavía adivina y sus antiguos moradores recuerdan. Apenas queda la bucólica mirada de un paisaje agrícola vencido, custodiado en tiempos verdes por algún ganado de ovejas y, en los pastizales ocres, por la huella silenciosa de lo que un día fue puerta de entrada a las tierras altas de Valsequillo.
La Casa Roja de Vista Alegre no es solo una ruina junto a una curva. Es memoria de caminos, de trabajo agrícola, de familias, de guardianes y de una cañada que sostuvo parte de la vida rural entre Valsequillo y Telde.
Gracias a quienes han compartido sus referencias familiares y han abierto una ventana a esta historia reciente. Porque cada dato, cada recuerdo y cada nombre ayudan a que la vieja casona roja no desaparezca del todo entre el polvo del olvido
Feli Santana
