ORIENTE MEDIO AL BORDE DEL ABISMO

Lo que empezó como una operación militar puntual se ha convertido en cuestión de horas en una guerra regional de dimensiones imprevisibles. La llamada Operación Furia Épica, lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, no solo no ha producido el colapso del régimen iraní que algunos estrategas esperaban, sino que ha actuado como el detonante de una espiral de violencia que ya desborda Oriente Próximo y empieza a rozar directamente a Europa. El asesinato del ayatolá Alí Jameneí, lejos de provocar descomposición interna, ha funcionado como un catalizador emocional, político y simbólico que ha encendido todos los frentes a la vez.
En apenas 48 horas, el conflicto ha dejado de ser un enfrentamiento bilateral para transformarse en un mapa de guerra en expansión. Líbano e Israel han vuelto a convertirse en un campo de batalla directo, con Hezbollah implicado de lleno y bombardeos sobre Beirut y el sur del país. En el Golfo Pérsico, Irán ha respondido atacando infraestructuras críticas y bases militares de aliados de Washington, golpeando el corazón energético de la región y enviando un mensaje claro: si hay guerra, el precio será global. El impacto de un dron en la base británica de Akrotiri, en Chipre, marca un punto simbólico de enorme gravedad, porque introduce por primera vez a territorio de la Unión Europea dentro del radio directo del conflicto. Irak, Kuwait y otros escenarios se suman a una cadena de ataques que ya no responde a una lógica de contención, sino a una lógica de saturación y desgaste.
Aquí aparece el gran error de cálculo estratégico. La idea de una “demostración de fuerza” rápida, quirúrgica y decisiva ha chocado con una realidad mucho más dura: Irán no se ha rendido ni se ha fragmentado, sino que ha activado una estrategia de resistencia prolongada. Cierre del estrecho de Ormuz, ataques a infraestructuras energéticas, presión sobre rutas aéreas y navales, y una lógica clara de desgaste político y económico. No se trata solo de ganar militarmente, sino de hacer que el coste sea insoportable para los adversarios. En un contexto donde los arsenales occidentales ya están tensionados por otros conflictos, la hipótesis de una guerra larga deja de ser una posibilidad teórica para convertirse en un escenario realista.
Europa, mientras tanto, empieza a verse arrastrada a una guerra que no ha decidido. El posicionamiento del eje París-Berlín-Londres, ofreciendo “acciones defensivas proporcionadas” y facilitando bases militares, no es un gesto neutral: es una implicación directa que convierte al continente en parte del tablero. El conflicto deja de ser lejano y se convierte en una amenaza concreta para la seguridad europea, para la estabilidad económica y para el suministro energético.
Pero quizá el error más profundo ha sido de tipo cultural y político. Se subestimó el impacto simbólico del asesinato de Jameneí en una sociedad donde el concepto de martirio no es retórico, sino estructural. Lejos de generar una revuelta interna, ha producido un efecto de cierre de filas, incluso entre sectores críticos con el régimen. La lógica externa de “decapitar al liderazgo para provocar el colapso” no ha entendido la lógica interna de una sociedad que, ante una agresión extranjera, se cohesiona más que se fragmenta.
Todo esto nos sitúa ante una realidad incómoda: ya no estamos ante una operación militar, ni siquiera ante una guerra clásica entre Estados. Estamos ante un proceso de regionalización del conflicto que amenaza con convertirse en un sistema de guerras encadenadas, interconectadas, donde cada ataque genera tres respuestas y cada respuesta abre nuevos frentes. La promesa de una guerra corta se ha desvanecido. La narrativa del control ha colapsado. Y lo que queda es un escenario de inestabilidad prolongada, con riesgo real de desbordamiento global.
Más que una victoria rápida, lo que se está construyendo es un conflicto largo, caro, imprevisible y profundamente desestabilizador. Una guerra sin salida clara, sin solución política visible y sin límites definidos. Cuando la violencia se convierte en estrategia y la escalada en método, ya no se trata de quién gana una batalla, sino de cuánto pierde el mundo entero.
José Félix Abad

