MUJERES DEL VINO DE GRAN CANARIA

Las viticultoras de la isla reivindican su lugar en la tradición y el presente rural, tejiendo memoria, identidad y futuro entre viñas y barrancos.
La sociedad avanza al ritmo de las oportunidades, abriendo caminos donde antes solo había silencio. En ese pulso de cambio, el mundo rural despierta con una energía nueva y esperanzadora: la mujer emerge con naturalidad en un espacio que durante siglos le fue negado. No es nueva su lucha —nunca lo fue—, pero hoy deja de habitar la sombra para ocupar el lugar que siempre le perteneció, sostenida por los valores de la democracia, la dignidad y la libertad.
Mujeres del vino de Gran Canaria nace como un gesto intuitivo, casi inevitable, de las hijas de la tierra. Herederas de la tradición vitivinícola de la isla redonda, alzan un canto que es encuentro y acción: aquí estamos, moldeando la tierra como siempre lo hicimos, con las manos llenas de historia y el corazón abierto al porvenir.
Es un proyecto impulsado por Aider Gran Canaria que no solo visibiliza, sino que honra, que nombra y que devuelve identidad a quienes nunca debieron perderla.
Quizá la semilla germinó en la celebración anual de “Mujeres rurales y del vino”, pero ha crecido hasta convertirse en algo más profundo: una mirada que recorre los barrancos, los pueblos y las laderas abruptas de la isla; que se detiene en la piel de las viñas para descubrir en ellas el cuidado, el mimo y la memoria. Allí, donde antes hubo silencio, hoy hay voz. Allí donde hubo olvido, ahora hay presencia.
No es un discurso de género, aunque remueva conciencias. Es, más bien, una afirmación de vida. En cada parra, en cada racimo, habita la herencia de quienes cuidaron la tierra antes que ellas, y la esperanza de quienes vendrán después. Como las uvas, estas mujeres conocen de ciclos, de paciencia, de altura y de clima. Y como madres —de la tierra, de la vida, de los sueños— llevan en los genes el arte de cuidar lo que aman.
El encuentro que dio voz a este trabajo fue también celebración y reconocimiento. En Valsequillo, bajo la mirada atenta de quienes escuchan y sienten, con el impulso del Club Hypatia y el respaldo de un ayuntamiento comprometido con la cultura y la memoria, las palabras se mezclaron con el vino en un gesto íntimo y colectivo. Fue un brindis por lo invisible que, al fin, se hace visible.
Hay algo profundamente reconfortante en saberse parte de una generación que no teme soñar ni construir. Que aprende de la tierra, como el viticultor y el bodeguero, pero que añade a ese saber la sensibilidad de una mirada distinta. Una mirada que no compite, sino que transforma.
Y así, lejos de viejos estribillos, alzamos la voz con la certeza de lo que florece:
viva el vino, vivan las mujeres, y las rosas que calientan nuestro sol.
Feli Santana
