SIEMPRE LAS DOS ESPAÑAS, O TRES

Duele siquiera pensar que 637 muertes, o 743, en solo 24 horas sea un dato que invite a la esperanza. No puede haber peor tragedia. Solo se me ocurre un escenario más dantesco: el de una guerra. Este insufrible y doloroso recuento diario de fallecidos golpea nuestra conciencia. Cada uno de esos 637 o 743, embutido de esa manera, anónimamente confundido en una masa informe de otros tantos cientos, sin nombre, ni rostro, era una vida, un ser único que se marcha antes de tiempo y que deja familias, amigos, ilusiones, sentimientos o proyectos rotos.

No descubro nada, pero es bueno que en un contexto así nos detengamos a hacer esta reflexión, no vaya a ser que nos terminemos acostumbrando al goteo de muertos y nos conformemos solo con que ya sean menos. España y el mundo atraviesan un trance tristemente histórico, desolador y muy amargo. A mí me resta fuerzas para casi todo, y las que me quedan las vuelco en conjurarme en pro de un pensamiento de resistencia y esperanza frente a esta adversidad. Por eso se me hace muy cuesta arriba digerir que en un escenario así haya quien tenga tiempo para el enfrentamiento ideológico maniqueo y cainita, para mantener viva la llama de las dos Españas, o las tres, o las cuatro. Ya no sé ni cuántas hay. He perdido la cuenta. Cualquier excusa vale… Las donaciones de Amancio Ortega, los errores del Gobierno central o la muerte de Luis Eduardo Aute.

No hay consenso siquiera para que guardemos respeto por tantos que han caído y por esos otros tantos que se están dejando la vida para que la escalada pare. No, no se trata de negarle a nadie el derecho a la crítica. De hecho, la hay, en los medios tradicionales y en las redes sociales, por muchos que algunos falseen la realidad y quieran hacer ver poco menos que se han secuestrado la libertad de prensa y la de expresión. Basta un vistazo a los grandes medios informativos para comprobarlo.

Ahora bien, para criticar la muy discutible gestión del gobierno de esta tragedia no es necesario exponer como un trofeo en la portada de un periódico el sufrimiento descarnado de un enfermo crítico intubado al que ni siquiera su familia ha podido ver ni acompañar. Los que lo piden no reivindican su derecho a la crítica, siempre legítima. No. Reivindican poder sacar rédito político del sufrimiento ajeno. Y, de paso, si pueden, fomentar odio ideológico.

GAUMET FLORIDO

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