HAY VIDA DETRÁS DEL RUIDO

PERIODISTSA
Rosa María Artal

Es casi imposible creer en un cambio real del PP, al que se perdonan gestiones desleales en el exterior o la inmensa bolsa de sus corrupciones. Romper con Vox es romper con Vox. En las alianzas sin duda, y el PP no va a hacerlo.

La moción de propaganda le salió a Vox por la culata guerrera. La gran sorpresa fue asistir a un debate parlamentario de una altura casi desconocida. Esta vez no eran las grescas estériles para dar audiencia al espectáculo, se sustentaban asuntos serios que se clarificaron. La principal novedad y esperanza es que bajo el ruido hay vida. Y hay que aflorarla.

El aspirante a presidente quedó triturado por sí mismo. La imagen de aferrarse al estrado, subiendo una y otra vez para responder hasta a los suspiros imperceptibles, era el mejor resumen de su derrota. Como en una obra de varios finales, salía una y otra vez para prolongar su efímero protagonismo. En varios registros emocionales, que concluían con una cita sobre valentía y cicatrices extraída del acervo cultural del partido. Resultó ser del actor chino Bruce Lee, como paradoja.

El plato fuerte llegó cuando Pablo Casado escenificó el presunto giro al centro del PP y «rompió con Vox» «rompió los puentes sin vuelta de hoja«, para «devolver el orgullo al PP» y «¡ganar la moción de censura!». La que Vox había presentado al gobierno progresista de Pedro Sánchez, sí. La que dio el mayor apoyo de la historia a un presidente en similar tesitura. Siquiera por rechazo al oponente. Ahí llegó una de las primeras revelaciones de la sesión: el centro añorado es una fuerza centrípeta que, impulsada por los intérpretes de la realidad, nos envuelve y arrastra en su giro para no ver más allá de la centrifugadora. Es comprensible hasta un sano entusiasmo ante el «nuevo» Casado, por la necesidad que España tiene de una derecha nacional homologable y civilizada, europea, pero el PP no lo es por el momento y la experiencia nos aboca a deducir que difícilmente lo será.

El verdadero enfrentamiento de la censura

Es decir: hay vida tras el ruido y, cuando quiere, hasta Pablo Casado es capaz de hacer un brillante discurso en el que demuestra saber lo que es una derecha democrática y honesta. Es curioso cómo a los políticos de esa ideología conservadora y neoliberal se les da ese título –además de otros- con unos minutos de discurso, y a los de izquierda no les bastan ni años de ideas y obras. Hay que aposentar las palabras antes de otorgarles carta de certeza. Y admirar el trato que dispensa la madrastra a los hijos propios que difiere del que da a los hijastros.

De hecho, el giro al centro de Casado le duró apenas cinco minutos, cuando Pablo Iglesias, como vicepresidente, le situó ante unas cuantas realidades. Porque endulzado en halagos y cuando todavía el presidente del PP sonreía, le dijo «ustedes no son una derechita cobarde», relatando los ejemplos que van desde los recursos ante el Tribunal Constitucional, a aplicar con mano de hierro la austeridad recortando los servicios básicos, o desde crear una policía política contra sus adversarios a bloquear la renovación de las instituciones. Y el Casado de siempre volvió en el acto, hablando de financiaciones irregulares e imputaciones inexistentes, desde un PP tan tocado por la corrupción auténtica.

Inmediatamente declararon en el PP que la oferta para renovar el Consejo del Poder Judicial que hacía Sánchez pasaba por que esté fuera de la negociación la parte que más les molesta del Gobierno. Por cierto, las críticas del Consejo de Europa a la reforma que se había planteado se habían servido un tanto adulteradas. La principal censura del GRECO ha sido durante años a la reforma del PP de Rajoy.

Eso sí, Pablo Casado fue tajante con Vox: «Hasta aquí hemos llegado», dijo. Aunque según se mire, porque puede gobernar sin problemas en Madrid, Andalucía y Murcia. Un Abascal titubeante garantizó que, pese a esa ingratitud, no rompería los gobiernos y que bastaba con que Casado le diera las gracias. Lo primero es lo primero en los pactos de gestión de las tres derechas.

Europa flotaba sobre el cambio de actitud verbal de Casado. Abascal había insultado a la UE y a Merkel. Y eso no puede ser cuando España está pendiente de recibir los famosos 140.000 millones para la reconstrucción. Casado, el nuevo centrista, acaba de reunirse con embajadores de la UE para sembrar la desconfianza en el Gobierno de España. Pero sí parece haber entendido, como le recordó Iglesias precisamente, lo mal que se vería en la Unión Europea un gobierno conservador aquí apoyado por la ultraderecha. Abascal estaba especialmente quejoso de Angela Merkel, que pone cordones sanitarios a gente como su partido.

Es casi imposible creer en un cambio real del PP, al que se perdonan gestiones desleales en el exterior o la inmensa bolsa de sus corrupciones. Romper con Vox es romper con Vox. En las alianzas sin duda, y el PP no va a hacerlo. No se vislumbra por tanto que no siga oyendo a Vox para derribar la memoria de los demócratas (Madrid) o firmando contra la prevención de la violencia de género (Andalucía) o contra la educación (Murcia). Y que mantenga en Madrid a la autoproclamada oposición al Gobierno de España, Isabel Díaz Ayuso que, a la misma hora del debate, decía que Unidas Podemos basan sus políticas de infancia en «abortar a espaldas de los padres» y llegar a casa «solas y borrachas». El Ciudadanos de Arrimadas ha quedado residual en la moción, y pide «altura de miras» a Vox para mantener los pactos autonómicos. En Andalucía, el vicepresidente Juan Marín se muestra preocupado por la pelea de las derechas en la capital. Y en Madrid, Ayuso ha pasado de contar a Ciudadanos sus medidas restrictivas para la pandemia. Se han enterado en la rueda de prensa.   

Hoy, sin embargo, vemos que la derecha sabe que la senda ultra no le conviene. Probablemente hará lo mismo, pero con educación. O al revés: mantendrá el insulto mientras colabora en lo que le venga bien. Nos ha hecho mucho daño el ruido. Los ecos han llegado lejos, incluso para leer en Le Figaro, de un buen corresponsal, que España es el enfermo de Europa y hasta echa el cierre a los tablaos flamencos. 

Lo que escuchamos en el debate nos aleja de los tópicos sobre España. Discursos de una altura casi inédita en el Congreso. Un Pedro Sánchez con mesura, ideas y hasta ironía suave para recordar la gestión demostrada por el candidato a sucederlo. Oímos hablar de la vida real. De una economía vapuleada por la pandemia, como todas o más que todas por las fallas estructurales de España, que se dispone a abordar con este gobierno otros modelos más avanzados y acordes a las necesidades del tiempo presente.

Oímos a mujeres portavoces responder al machismo casposo de los ultras. Hablar de proyectos tangibles y «de los sueños que cruzan generaciones de mujeres que sueñan». De una sociedad que busca ampliar sus derechos civiles. De robustecer el Estado del Bienestar, de la modernización del sistema educativo como clave para un futuro mejor. De la renovación tecnológica. Ideas sin crispación que aislaban los gritos de la intolerancia. Una España centrífuga que ha de expandir lo que realmente es y puede ser. Y muy necesaria para el difícil momento que vivimos cuando, a todos los problemas, se añade una grave reactivación de los contagios por coronavirus.

Porque constatamos también que la España oscura es más pequeña de lo que parece cuando nos la sirven digerida los medios y periodistas a su servicio, o demasiado cómodos para salir de la visión dominante. Por eso, a pesar de tantos y tan intensos intentos de desestabilización, no terminan de conseguir su objetivo.

El postdebate –y a falta de instrucciones concretas del más allá- nos muestra un paisaje mediático inquieto. Predomina la exaltación de un Pablo Casado que gana, como la leyenda del Cid, una moción contra otro, pero no falta la cloaca pura y dura, para quien es ETA hasta el PP. Desahuciados de Vox buscan en el líder excelso de la derecha un engrosamiento viril de su voz desatado el nudo de su antiguo tono aflautado. Lean, no es broma. Incluso hay quien, por los nervios quizás, quitan el sonido de la retransmisión y creen mudos a los que hablan. Y es que evadirse de lo que no se quiere saber o lo que daña es tan simple como cortar el acceso. Los ciudadanos responsables de su futuro deberían primar sus propias conclusiones sobre la comodidad de las interpretaciones, especialmente si se advierten sesgadas.

Hay futuro tras el ruido y, a pesar de los graves desafíos que nos circundan, cabe hasta el humor y algunos gramos de constructiva esperanza.

ROSA MARÍA ARTAL (Eldiario.es)

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