VALSEQUILLO Y EL ECO UNIVERSAL DEL DÍA DE LA MUJER

Entre memoria, viajes y reflexión social, una mirada desde Valsequillo al valor y la lucha cotidiana de millones de mujeres por la dignidad y la igualdad.
La palabra, la voz, el sonido articulado de la comunicación, poseen la virtud de la luz: alumbran los contenidos, despiertan los mensajes, abren caminos al entendimiento. Y cuando a esa esencia antigua de la palabra se le suma la belleza literaria de la poesía, del testimonio y de la lucha compartida de los pueblos, nace una fuente inagotable de sabiduría que retoza en la esperanza de quienes aún creemos en un mundo mejor, más equilibrado y más justo para el género humano.
El Día Mundial de la Mujer no es un grito aislado de reivindicación ni un gesto protocolario nacido de las generosidades tardías del patriarcado. Es, más bien, la memoria viva de una lucha por la dignidad de quien, con su fortaleza silenciosa, ha sostenido la vida mientras combatía las desigualdades y los atropellos de una sociedad todavía cargada de un rancio machismo que se resiste a compartir plenamente la educación, el conocimiento y el bienestar social.
En la sintonía internacional uno percibe el eco profundo de las diferencias entre los pueblos. Hay sociedades que avanzan bajo la luz de la libertad cultural y la democracia; otras permanecen atrapadas en interpretaciones rígidas de la religión que terminan convirtiéndose en muros invisibles para la libertad humana.
Esta mañana leía un artículo en La Provincia y me impactó una frase rotunda sobre el “peligro que acecha”: esa secuencia interminable de castigos nacidos del dogma. El autor hablaba de la “cárcel de trapo”, refiriéndose al burka o al niqab. Y me quedé pensando en esa realidad que a diario aparece ante nuestros ojos en el choque de civilizaciones: unas que se pulen lentamente en la cultura democrática y otras que buscan esperanza sin desprenderse del todo de sus tradiciones, de sus viejas ropas culturales, de sus cicatrices.
Porque emigrar no es solo atravesar fronteras. Es también intentar cerrar heridas, aprender de las cicatrices y encontrar en el conocimiento el verdadero refugio de la libertad. Miles de mujeres recorren ese camino. Huyen, trabajan, resisten, levantan familias y sueños mientras desafían tradiciones rígidas y desigualdades sociales que pesan sobre sus espaldas.
En mis escapadas turísticas por el mundo he visto muchas de esas realidades. En Mauritania, uno de los países más pobres del planeta, me sorprendió el peso silencioso del trabajo femenino sosteniendo la vida cotidiana de la sociedad, mientras buena parte del universo masculino descansaba entre conversaciones y rituales de té bajo la mirada devota de Alá.
Y en las escarpadas cumbres de los Andes, en Perú y Bolivia, contemplé la imagen poderosa de la mujer “canguro”, con sus hijos a la espalda y la familia latiendo alrededor: sembrando, cargando, vendiendo, caminando entre montañas con la dignidad humilde de quien lucha por vivir en condiciones duras. Mientras tanto, muchos hombres apenas aparecían en el paisaje del trabajo.
La sociedad avanza siempre en la medida de su cultura. En la vigilancia constante de sus democracias, en la fortaleza de su justicia y en el equilibrio entre derechos y obligaciones. Pero esa mirada comienza inevitablemente en la educación: en la valentía de abandonar viejas herencias patriarcales y abrazar la igualdad real en los derechos humanos.
Ese canto de libertad exige acción, conciencia y compromiso ciudadano.
Entre prosa y poesía encontré la manifestación cultural del Día de la Mujer en Valsequillo, donde la igualdad no debería celebrarse solo una vez al año. Madres, luchadoras, guardianas silenciosas de la vida cotidiana que, entre versos improvisados y cantos al entendimiento, nos recuerdan algo sencillo y profundo: que la igualdad entre hombres y mujeres no es un sueño lejano, sino el camino natural hacia una sociedad más justa.
Feli Santana
