TODOS IGUALES, PERO UNOS MÁS QUE OTROS

GERARDO TECÉ
GERARDO TECÉ

Como decía aquel, todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros. Era una tarde cualquiera en un país que no es cualquiera. Un país muy concreto. Un país de parques infantiles cerrados y metros llenos de trabajadores. Un país de políticos tan educados en el ruido y la zancadilla que ni en mitad de una pandemia fueron capaces de despertar para hacer su trabajo, para hacer política. Era una tarde cualquiera de esas en las que hacemos actividades cualquiera, actividades cotidianas como bajar al perro, comprar leche o sospechar que las crisis, ya sean sociales, económicas o sanitarias, nunca son una oportunidad, como repiten los guruses en sus conferencias bien pagadas, sino un puto agujero negro capaz de generar más desigualdad de la que ya hay entre los que son iguales, pero menos iguales. Una tarde cotidiana de estado de alarma porque eso también empieza a ser cotidiano. Una tarde de restricciones a la que después le seguiría una noche con la restricción más grande posible, la de ser libre para poder salir a la calle a respirar aire fresco, tomarse una cerveza o cagarse en los putos agujeros negros. Una tarde en la que, mientras los iguales, pero menos iguales, se preparaban para sufrir de nuevo los parques cerrados, los metros llenos y las terrazas limitadas, los que son iguales, pero un poco más iguales que el resto, se reunían en una fiesta de entrega de premios de un periódico tan español como su propio nombre.

Unos menos iguales que otros

Alrededor de una centena de asistentes en el lujoso Casino de Madrid celebraban, verbo que en estado de alarma cae en desuso para los que son iguales, pero menos iguales, una de esas entregas de premios con los que las élites del país se galardonan de vez en cuando el hecho de serlo, por haberse conocido a sí mismas. No faltó nadie. Estaba todo el que tenía que estar. Políticos que no hacen política, periodistas que no hacen periodismo, grandes totems neoliberales pidiendo ayudas públicas, presidentes autonómicos que dimiten de sus competencias autonómicas, militares metidos a epidemiólogos y muchos, muchísimos miembros del mismo Gobierno que horas antes había decretado un estado de alarma que prohibía expresamente fiestukis como aquella en el Casino de Madrid.

Siempre me ha vuelto loco mirar esas fotos de posados en esos eventos elitistas que el periodismo que no hace periodismo ha llamado de toda la vida fotos de sociedad. Recuerdo de pequeño abrir el periódico en fin de semana, irme a las páginas finales y pasarme un buen rato observando a los asistentes de la boda de fulanito o la puesta de largo de menganita. Fotos de sociedad en las que uno no veía reflejada la sociedad que uno conocía. Mira que conozco gente, pues ninguno es sociedad, pensaba yo al no encontrarme ninguna cara familiar entre los emperifollados. Entre las fotos de sociedad que observaba de pequeño y las que observé esta mañana viendo los posados de la fiestuki, ha pasado toda una vida. Una vida que le da a uno la oportunidad de entender que, al igual que pasa con la igualdad, todos somos la sociedad, lo que pasa es que unos son más sociedad que otros. Presidentes del IBEX, CEOS, consejeros, ministros, políticos de la oposición, altos cargos militares o de la judicatura, periodistas y demás dueños de esas primeras páginas de los periódicos que leía de pequeño. Esas primeras páginas que daban paso a lo que, finalmente descubrí, de verdad importaba: las de sociedad.

Esa sociedad que somos todos, pero unos más que otros. Esa sociedad, ese trocito pequeño pero que, como el aceite en el agua, lo abarca todo. Esa sociedad que está por encima del bien, del mal e incluso de los estados de alarma y las limitaciones de aforo. Esa sociedad en la que cantamos a coro las canciones infantiles que unos cuantos componen. Esa sociedad, la alta sociedad, que nos cuenta que una reunión familiar es una irresponsabilidad, pero que ir en metro a trabajar es seguro. Que nos alarma porque una reunión de jóvenes es un acto criminal, pero relativiza una reunión de élites como hecho natural. Natural como la misma desigualdad que tan bien han sabido resumir los asistentes a esa entrega de premios en medio de la tormenta. Otra nueva tormenta. Pura envidia, despachó el asunto el promotor de la fiesta tras el enfado de la sociedad que es sociedad, pero menos sociedad. Si algo jode de la desigualdad más que la desigualdad misma, que se lo pregunten a los más desiguales, es que ni siquiera se disimule.

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