EXIGIR LA PAZ IMPONIENDO GUERRA
EE.UU amenaza con ataques peores si la paz no llega, pero EE.UU. es quién pone la guerra

“No hay ejército en el mundo que pueda hacer lo que nosotros hemos hecho esta noche”, dice el presidente
Donald Trump compareció durante apenas cuatro minutos ante la nación y el mundo. Suficientes, sin embargo, para dejar claro que no gobierna bajo el principio de la contención, sino del espectáculo. No habló de evitar la guerra, sino de merecerla. No propuso diálogo, sino sumisión. Con voz satisfecha y flanqueado por J.D. Vance, Marco Rubio y Pete Hegseth —una galería de halcones revestidos de legitimidad institucional— proclamó: “Si la paz no llega rápidamente, los ataques serán aún peores”.
Fordo, Natanz e Isfahán: tres nombres que el mundo asocia a tecnología nuclear, investigación científica y tensiones geopolíticas. Tres enclaves ahora reducidos a cenizas con sello estadounidense. Según Trump, “totalmente volatilizados”. Según Teherán, ataques cobardes. Según Naciones Unidas, una escalada “peligrosa y catastrófica”. Pero según Trump, una demostración de fuerza y precisión, sin parangón en la historia contemporánea.
El presidente que llegó al poder jurando acabar con las “guerras sin fin” ha comenzado la suya propia en apenas cinco meses. El presidente que prometió desvincularse del intervencionismo global ha apostado por el modelo más clásico del imperialismo estadounidense: atacar primero, justificar después y vender la masacre como patriotismo.
LA PAZ CON CONDICIONES ES UNA GUERRA MÁS LARGA
La retórica empleada —“Irán, el matón de Oriente Medio, debe aceptar la paz”— no puede leerse como una invitación a la diplomacia. Es una rendición exigida bajo amenaza de exterminio. Una paz impuesta con misiles no es paz, es sometimiento. Y, cuando proviene de un país con más de 750 bases militares repartidas por el planeta, es difícil llamarla defensa. Es dominio.
Lo más peligroso no es la amenaza explícita. Lo verdaderamente devastador es la arrogancia con la que se pronuncia. “No hay ejército en el mundo que pueda hacer lo que hemos hecho esta noche”. Frase que recuerda a los viejos lemas de los imperios antes de caer. Y lo pronuncia justo cuando Irán, Israel y Estados Unidos llevan días inmersos en un ciclo de ataques cruzados con una población civil atrapada en medio. Sin refugios. Sin futuro.
Pero no todas las voces estadounidenses han cerrado filas. Ni siquiera en su bando. Tucker Carlson y Steve Bannon, dos pilares de la ultraderecha mediática y estratégica, han cuestionado abiertamente la lógica de este ataque, denunciando que se traiciona el principio fundacional del trumpismo: “America First”. Si la prioridad es proteger al pueblo estadounidense, ¿por qué exponerlo a una guerra innecesaria que desangrará recursos y reputación? ¿Por qué volcar más dinero público en explosivos mientras se cierran escuelas, hospitales y trenes?
Lo que en las redes se presenta como una gesta militar se despliega, en realidad, como una profunda fractura. No solo en el seno del Partido Republicano, sino en la imagen internacional de EE. UU. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha expresado una alarma nítida: esto no es defensa, es expansión bélica en una región ya devastada.
Gabriel Boric, Gustavo Petro, Miguel Díaz-Canel y Nicolás Maduro han sido, hasta ahora, los únicos jefes de Estado latinoamericanos en alzar la voz. No se trata solo de alinear posiciones geopolíticas. Se trata de poner palabras donde otros prefieren el silencio cómplice. Porque si la paz exige más bombas, no es paz: es chantaje atómico.
Trump prometió no ser un presidente de guerra, pero ha resultado ser su mayor evangelista. Con la bendición de Netanyahu y la doctrina de la fuerza como único idioma, ha convertido la paz en un ultimátum y el mundo en un tablero que se juega desde la Casa Blanca con la lógica del videojuego.
Pero en esta partida no hay vidas extra. Solo cadáveres reales.
(SPANISH REVOLUTION)
