¿ES LA MONARQUÍA COSA DE TODOS?

JOAQUÍN RÁBAGO
Joaquín Rábago

El comportamiento inmoral y presuntamente delictivo de un monarca como es el caso de Juan Carlos I parece haberse convertido de pronto en algo privado, como si esa institución no fuese cosa de todos.

“Él sabrá lo que tiene que hacer”, dice, por ejemplo, la titular de Defensa, Margarita Robles, cuando se le pregunta si quien porta todavía el título de Rey emérito debería o no regresar a España estas Navidades.

Mientras el presidente socialista del Gobierno se limita a sacar pecho y afirma que “la democracia y la justicia están funcionando”, el rey emérito tiene presunción de inocencia y de que aquí se está juzgando a una persona y “no a una institución”.

En lo que coincide con el líder del PP, según el cual Don Juan Carlos fue “pieza imprescindible en la recuperación de los derechos y libertades” y “los asuntos que haya hecho de forma privada entran dentro de otro poder del Estado”.

Y los mismos medios que ocultaron durante tanto tiempo a la opinión pública lo que muchos sabían sobre las aventuras peligrosas y la fortuna privada del monarca critican ahora a quienes reclaman por fin transparencia.

La república necesaria

Dicen unos y otros que hay que saber distinguir entre la institución y el comportamiento privado de quien la ocupa en un determinado momento y hablan de que lo mismo ocurre, por ejemplo, en una república.

Pero hay algo importante que las distingue: si el presidente de una república ha delinquido, aunque sea inviolable en el ejercicio de su función, los ciudadanos pueden al menos castigar a su partido la vez siguiente en las urnas.

Ello es imposible en el caso de una monarquía, por parlamentaria que sea, donde el trono lógicamente se hereda, y la única solución podría ser el derrocamiento – como ocurrió con Isabel II- o el abandono y exilio del monarca (Alfonso XIII).

Don Juan Carlos renunció también al trono, que heredó inmediatamente su hijo, sin que a los ciudadanos españoles se nos pidiera en ningún momento nuestra opinión porque era algo establecido en la Constitución aprobada al final del franquismo.

Personalmente no creo que sea éste el mejor momento de plantearse un referéndum sobre monarquía o república, aunque estaría más que justificado en vista de lo sucedido: que el jefe del Estado de todos los españoles haya podido ser comisionista y defraudador a Hacienda a lo grande no es precisamente “peccata minuta”

El daño que su comportamiento ha hecho a la institución monárquica, la mancha de sospecha que ha arrojado sobre el funcionamiento de la Corona no son nada baladíes, y esto es algo de lo que debería ser perfectamente consciente el heredero de la corona.

Éste sigue refugiado en el silencio, incluso cuando un grupo de ex altos mandos de las Fuerzas Armadas le escribió una carta en que no se limitaba a criticar al actual gobierno sino que parecía reclamar una intervención antidemocrática, como la intentada en su día por el coronel Tejero, para poner remedio al “deterioro de la nación”.

Si no es momento, como digo, para un referéndum sobre la forma del Estado, sí tenemos derecho los ciudadanos a exigir la mayor transparencia de la institución monárquica y un replanteamiento de lo que significa la inviolabilidad de quien lleva en este momento la corona. Es lo menos que podemos pedir.

JOAQUÍN RÁBAGO

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