CUANDO “CANTAN” LOS BURROS

Entre rebuznos de madrugada y nostalgias rurales, una mirada irónica y entrañable al destino actual de los burros, antiguos dueños de los caminos.
Este rebuznar de vozarrón extremo llega, preferentemente, en primavera, tiempo de apareamientos y mudanzas del ánimo. Con él expresan comunicación, hambre, felicidad o desasosiego. No es frecuente escuchar un canto tan largo: más de veinte segundos de roznido y plegaria, empeñado en marcar territorio o anunciar su presencia.
Y este asunto viene hoy a cuento de ciertos acontecimientos extraños que últimamente se revelan en la vecindad. Hacía años que no escuchaba cantar a los burros, y esa sensación de detectar sus reacciones primaverales me ha puesto en alerta. Hay un cenizo que pace por estos barranquillos y lomas que, en la soledad, delira con cantos a la luna en la vigilia del final de la noche. En la frialdad de la madrugada rebuzna ahogado en sus miedos, con una intensidad que espanta a los duendes y sobresalta a las lechuzas.
Cuando llega el amanecer, y las noches de duermevela le agotan, vuelve el cantamañanas con otra serenata: una plegaria lanzada al viento en busca de amores erráticos con los que sacudir sus pesadillas más rebeldes. Los burros de mi pueblo no trabajan; están parados, entregados al ocio y al orgullo pollino. Es extraño comprender a estos cuadrúpedos que viven de su mejor añada. Ahora son animales de compañía.
La ley de protección animal les ha dado visado de felicidad, y aquellos años en los que sus antepasados fueron pioneros del transporte y víctimas del maltrato han quedado atrás. Hoy disfrutan de una jubilación merecida, instalados en un vitalicio estado de bienestar.
Cuando Platero y yo sacó a relucir el talento de su especie para recordarnos la dulzura, la dignidad del trabajo y la creatividad unida a la ternura, dejó una escuela de aprendizaje que acabó en premios y literatura, sembrando objetivos de bienestar para las generaciones futuras. Ahora ya nadie recuerda a los burros. Ni su soledad ni sus burradas.
Los burros fueron arrieros ilustres, dueños de los caminos. Cargaron papas, pastos, grano y chiquillería rural. Nos ahorraron sacrificios y, a cambio, se llevaron palos disfrazados de cariño y obediencia.
Ahora cantan los burros y se les insulta metafóricamente comparándolos con personajes de la vida pública o política. Se les cuelgan coletillas y apéndices según la sonoridad de sus rebuznos. La sociedad, que desconoce la humilde nobleza de estos viejos salvadores de patrias, solo se acuerda de ellos cuando rebuznan de alegría, tristeza o desespero.
A mí me sigue sorprendiendo su rebuzno angustiado, sobre todo a deshoras. Nunca sé si vuelven de farra, si conversan romances desesperados o si persiguen amores platónicos en la distancia. Los viejos caminos de su existencia —donde conocían a sus congéneres— se han borrado del uso. Ahora velan madrugadas como antiguos transistores de escuchas noctámbulas mientras, con la cartilla del paro y el certificado de la seguridad social a buen recaudo, disfrutan sus días de gloria en la tierra heredada de sus antepasados.
Cosas de burros, diría yo… que no burradas.
Feli Santana
