BARTOLO. MAESTRO DE LOS DE VERDAD

Tenteniguada, una vez más, ha sido promotora y bandera de una manera distinta de hacer las cosas y en este caso de entender la enseñanza. Y esta vez, desde su escuela.
Bartolo consiguió algo que parece fácil cuando lo cuentas, pero que muy pocos son capaces de hacer. Fue metiendo la escuela en las casas… y las casas dentro de la escuela. Sin discursos, sin postureo, sin hacer ruido. Con esa naturalidad que tienen las personas que hacen las cosas porque les nacen.
Las familias, al principio con cierta sorpresa y después con un entusiasmo enorme, dejaron de ser simples espectadores para formar parte del aprendizaje. Allí todos enseñaban y todos aprendían. Los niños, los padres, las madres, los vecinos… aquello era mucho más que una escuela, era una forma de hacer pueblo.
Y eso no se estudia en ninguna universidad.
Bartolo siempre tuvo algo especial. Una calidad humana que no se compra ni se aprende. De esas personas que llegan despacito, sin levantar la voz, pero cuando te quieres dar cuenta han dejado una huella para toda la vida. Señor@s, y eso tiene un mérito enorme.
Lo suyo nunca fue solo una profesión. Era vocación, compromiso y cariño. Disfrutaba enseñando, pero sobre todo disfrutaba viendo crecer a la gente. Porque entendía que educar no era llenar cabezas, era abrir caminos.
De eso pueden hablar sus compañeros, las familias y, sobre todo, aquellos niños que hoy ya son hombres y mujeres. Muchos todavía lo nombran con una sonrisa, porque hay maestros que enseñan asignaturas… y otros que enseñan a vivir.
Aquella pequeña escuela fue un referente. Una escuela diferente, valiente, abierta al pueblo y al mundo. Y aunque hace años que Bartolo dejó las aulas, la semilla sigue dando fruto. No es casualidad que uno de aquellos alumnos sea hoy el director del mismo colegio, donde todavía se percibe esa forma de entender la enseñanza que Bartolo sembró hace tantos años. Porque hay personas que se jubilan del trabajo, pero nunca del recuerdo de quienes tuvieron la suerte de cruzarse con ellas.
Tenteniguada lo sabe. Valsequillo también. Y me atrevería a decir que su forma de entender la enseñanza traspasó hace tiempo las fronteras del municipio.
Yo sé que él no necesita reconocimientos. Nunca los buscó. Pero algunos sí necesitamos decirlo en voz alta.
Gracias, Bartolo.
Gracias por enseñarnos que educar también era escuchar, compartir, abrir las puertas de la escuela y del corazón. Y gracias por demostrar que desde un rincón pequeño como Tenteniguada también se puede dejar una huella inmensa.
Enhorabuena, maestro. De las de verdad.

MIGUEL MONZÓN
