LOS POZOS DEL OLVIDO

La memoria enterrada que aún grita desde las sombras de la dictadura y encuentra voz en la lucha por la dignidad y la verdad.
Hubo que remover la tierra con las manos desnudas para que la verdad respirara. Hubo que atravesar capas de silencio, de miedo y de mentira, hasta escuchar el latido enterrado de los que nunca debieron callar. Porque los pozos del olvido no son huecos: son cuerpos, son nombres, son ADN latiendo bajo la historia; son memoria herida que se niega a desaparecer.
Gritan. Aunque nadie quiera oírlos, gritan.
Pino Sosa creció escuchando ese grito sin palabras. En Las Chorreras de Arucas, el silencio no era ausencia: era una presencia densa, pegada a las paredes, filtrándose en las conversaciones a media voz, en los ojos bajos, en los susurros que nunca terminaban de decirse. Aprendió pronto que había preguntas que dolían más que las respuestas. Y una, sobre todas, lo acompañó como una sombra: ¿dónde está mi padre?
Se lo arrebataron. Sin juicio, sin razón, sin humanidad. Lo arrancaron de su vida como quien borra un nombre de un registro que nunca existió. Así operaba el terror: no solo mataba cuerpos, también pretendía extinguir la memoria. Convertir el dolor en miedo. Y el miedo, en norma.
La dictadura no fue solo un régimen: fue una pedagogía del silencio. Enseñó a desconfiar del vecino, a sospechar del amigo, a medir cada palabra como si fuera pólvora. Durante décadas, el país se sostuvo sobre esa fractura invisible: dos bandos, mil heridas, y una misma condena a no hablar.
Pero el tiempo, por sí solo, no cura nada. El tiempo sin verdad es solo olvido maquillado.
Pino Sosa decidió romper ese pacto tácito con la nada. Reunió fragmentos, reconstruyó ausencias, desenterró nombres. Y en ese gesto —íntimo y político— devolvió dignidad a quienes fueron reducidos a silencio. No buscaba solo a su padre: buscaba justicia para todos los que quedaron atrapados en la cuneta de la historia.
Porque recordar es un acto de resistencia.
El colectivo Ágora llevó esa memoria al escenario del Teatro Jacinto Suárez, y allí, por una noche, el pasado dejó de ser pasado. Se hizo presente, incómodo, inevitable. Las palabras de Pino no eran relato: eran herida abierta. Nos habló del miedo, de la insolidaridad, de la cobardía que se disfraza de orden. Pero también de la dignidad, de la persistencia, de la necesidad urgente de mirar de frente lo que fuimos para no repetirlo.
Y entonces ocurrió algo sencillo y profundo: dejamos de ser espectadores.
Sentimos el peso de los nombres, el frío de las ausencias, la deuda que aún sigue en pie. Comprendimos que la democracia no es solo un sistema, sino una responsabilidad: la de no permitir que el olvido vuelva a ganar.
Porque los pozos siguen ahí.
Y mientras no se nombren, mientras no se abran, mientras no se dignifiquen, seguirán gritando.
Y nosotros —todos— tendremos que decidir si escuchamos.
Feli Santana



