LAURA MARTEL, TRADICIÓN Y EMOCIÓN EN EL TIMPLE CANARIO

Historia, raíces y sensibilidad musical de una artista que conecta con el alma del pueblo a través del timple.
¿Y si la vista del barranco de San Miguel, junto al Roque de los Llanetes y al viejo molino del abuelo, susurrara en los genes de sus antepasados la música de la brisa, el siseo de los eucaliptos, el graznido de las aves y el salpicar cristalino de los manantiales?
En ese paisaje vivo comenzó a gestarse una filosofía del alma, un pensamiento hecho melodía que, ya en la infancia, sembró la semilla de la inspiración musical.
Fueron muchas las voces que, en aquel universo sonoro, marcaron su camino con el timple. Lo fue puliendo como se pule el destino: con el pincel del ensayo constante; desde el tierno arrorró hasta los aires de lima y las folías cargadas de dulzura. Porque la genialidad no nace de la prisa, sino de la escucha paciente de los ecos, de los susurros, de los silencios. Todo forma parte del paisaje sagrado de la creación.
El punteo y el rasgueo del timple se vuelven atributos casi sagrados en manos de quien lo entiende. A esa escuela de grandes timplistas solo se accede desde el esmerado esfuerzo de conectar con la esencia de este “camellito sonoro”, de acariciar su íntimo murmullo y elevar sus notas con la voz del alma, enraizada en el pueblo.
Hay algo mágico en esa pequeña caja moldeada a prensa, ya sea de palo santo o naranjo, que guarda su misterio para quien sabe buscarlo: el embrujo del concierto, los trastes que despiertan duendes dormidos al compás del ensayo. Algunos revelan su alma con facilidad; otros se resisten, tímidos, casi perezosos, dejando apenas un quejido. Pero juntos componen un coro encantado, como los enanitos de Blancanieves acudiendo jubilosos a la mina de la música.
Laura transita la senda de los grandes. En sus manos, las cuerdas vibran con un cimbreo perpetuo: notas que dialogan con el pueblo que escucha, que deshoja con ternura las melodías que ella teje. No tiene prisa: tiene escuela. No anhela llegar: desea tocar. Tocar profundo, extraer la esencia desde las entrañas del sonido, envuelta en el eco de la madera encantada.
Sus logros se escriben sobre escenarios; sus preguntas se responden en sonidos esculpidos con alegría y corazón isleño. Pertenece a la escuela autodidacta, a la evolución viva de la música en formas nuevas. Es el pasaje madurado de aquella niña que soñó con ser autora de su arte, timplista de su tiempo.
Su obra es partitura de excelencia, de buena madera y mejor escuela. En su desarrollo habita la maestría pedagógica y el deseo firme de un futuro esperanzador para nuevas generaciones de intrépidas y prodigiosas guerreras de la música del pueblo.
Feli Santana
