MENOS CUENTOS Y MÁS HECHOS

Dicen que en un pueblo de medianías, de esos donde el viento cuenta historias y el tiempo camina al golpito, había un alcalde al que llamaban Don Paquito el Mandón. Y no era porque fuera mala gente, que cada cual tiene lo suyo, sino porque le gustaba más mandar que a un niño un saco de chochos tostados.
Pues resulta que durante años (12 o 14 por lo menos), en aquel pueblo, cuando alguien decía algo que no cuadraba con lo que pensaba Don Paquito, no es que se armara discusión ni tertulia de banco en la plaza… no, no. Aquello se quedaba en un silencio raro, de esos que pesan. Y si insistías mucho, pues te ibas quedando como apartado, como quien no quiere la cosa.
Y llegaban los famosos Días del Vecino, que más que día, parecía examen. Porque vecino, lo que se dice vecino de verdad, eran los que asentían con la cabeza. Los que decían “sí, Don Paquito, lo que usted diga”, y hasta le reían la gracia, aunque no tuvieran mucha gracia. Los otros… bueno, los otros también vivían allí, pero como si fueran de otro sitio, aunque estuvieran en la misma calle.
¡¡Eso es convivencia, mi niño!!, decía Don Paquito, con una sonrisa más estirada que un día sin pan.
Y la gente, que no es boba, se miraba y pensaba: “Sera pa’ él”.
Después estaban los papeles. ¡Ay mi madre, los papeles! Si tú eras de los de confianza, aquello corría que daba gusto. Pero si no… aparecían requisitos, sellos, vueltas y viras y más vueltas, como si te mandaran a buscar agua con un colador. Y uno decía: “Chacho, chacho que casualidades más grandes”.
Y la participación también tenía lo suyo. Allí participaban siempre los mismos, como si estuvieran abonados. Y si alguien nuevo venía con una idea, antes de que terminara de explicarla ya le estaban diciendo que ese no era el momento, ni el lugar, ni venía al caso. Vamos, que volaba menos que una gallina con sueño.
Pasaron los años, y como pasa en todos los pueblos, la cosa fue cambiando. La gente empezó a cansarse de hablar bajito, de mirar de reojo y de sentir que había vecinos de primera y de segunda. Y un buen día, como quien no quiere la cosa, Don Paquito dejó de mandar.
Y entonces, ¡ay mi madre!, se viró la cosa y empezó el cuento al revés.
Ahora decía Don Paquito, desde la esquina de la plaza, que el pueblo estaba revuelto, que ya no había paz, que antes sí que había convivencia de la buena. Y los viejos del lugar, que tienen más memoria que una libreta vieja, se miraban y soltaban una risita por lo bajini.
Porque lo que veían ahora era otra cosa: gente opinando, gente participando, gente que sin estar de acuerdo seguía siendo vecina. Y eso, que debería ser lo normal, parecía nuevo.
Es que cuando uno se acostumbra a que nadie le lleve la contraria… decía Carmelito el del bar mientras secaba vasos, después le cuesta entender que el mundo sigue girando.
Y así, entre cafeses, risas y comentarios al oído, el pueblo siguió su camino. Con sus más y sus menos, como todo el mundo. Pero con una cosa clara: que ya no hacía falta pedir permiso para ser vecino.
Y como decía la vieja Fidencita, sentada al sol:
—Aquí lo que hay que tener es memoria, mi niño… que cuentos ya tenemos bastantes.

Miguel Monzón
