PÁJAROS DE CUIDADO

Hay un pájaro enamorado del patio. Sus visitas constantes me han llamado la atención. Se acerca al muro —aterriza de un salto. Es pardo, de cabecilla pequeña y pico fino. La mueve con curiosidad en todas direcciones, como si buscara algo familiar. Escudriña desde esa altura —unos cuatro metros del suelo. Creo que su visión es amplia; siempre he pensado que los pájaros tienen una vista maravillosa, con esos ojillos tan pequeñitos y brillantes.
Da un salto al vacío y su cuerpo ligero cae como un papel danzando en acrobacia. En pleno vuelo aterriza en la fuente, en una esquinita de sus coronas blancas ornamentadas con caras de leones de yeso. El pájaro se mira en el agua. ¿Se habrá visto? ¿Se reconocerá en su reflejo?
Hay un movimiento que lo define con precisión: cuando decide cambiar el mirador de su curiosidad, lo hace sin demora. Alza el vuelo y aterriza en otro lugar cercano, en el letrero identificativo. ¿Estará reconociendo el espacio? Sigue mirando, con movimientos rítmicos. Es un pájaro inteligente. No busca compañía —o al menos no manifiesta deseo alguno de ella.
Debe de ser uno de esos liberales independientes, con criterio propio, haciendo algún estudio o reconocimiento para un proyecto futuro. O tal vez su curiosidad sea solo una satisfacción momentánea: no tenía nada mejor que hacer esa mañana y se puso a explorar, como un vecino aventurero con alas de papel al que siempre le puede la curiosidad por descubrir espacios abiertos.
Es un pájaro de cuidado. No en la ironía habitual de la expresión, creo. Ahora entiendo mejor la frase: la gente parece conocer su sentido, pero desconoce —en su mayoría— la vida de los pájaros y sus formas de manifestarse.
Vaya observación. Estoy como el pájaro, saltando y escudriñando un pensamiento.
Mi abuelo tuvo una época de su vida una relación muy estrecha con los pájaros. ¿Amistad? Tal vez sea otra cosa. Me enteré después, sin reproches. Llegó a conocerlos por su tamaño, su color o su canto; incluso por la forma en que se manifestaban en sus incursiones volátiles.
A mediodía, en aquellas primaveras generosas, se escuchaban conciertos maravillosos de pequeños cantores. Una belleza lírica asombrosa. Su canto enamoraba el aire; sus timbres despertaban emociones incluso en los sordos. Mis abuelos hablaban mucho de esa comunicación de pájaros alegres que llenaban el espacio de una armonía épica y exultante. Recuerdo sus rostros felices, agradecidos por aquellas compañías tan vivas.
Ahora, observando a este pájaro, se proyecta la película que imantó mi recuerdo escondido. El patio de la casa de la abuela era una selva en miniatura, poblada de plantas y pájaros. Un paraíso canario, más bien una escuela de canto. En mis pesquisas infantiles, pregunté y luego callé. Aquel ritmo de trinos, aquella abundancia.
Mi abuelo vendía los pájaros en el mercado a la gente rica de Las Palmas. Y lo más increíble es que antes los llevaba a su escuela de aprendizaje: los ensayaba en coros y los despachaba con el arte que tenía para vender cualquier cosa. Lo cierto es que los pájaros ya cantaban “de academia”, y su cotización subía como sus vuelos.
Le agradezco a este pájaro, enamorado de mi patio, que haya traído de vuelta las memorias guardadas de la felicidad de mis abuelos con sus pájaros de cuidado. Pasajes de una infancia entre trinos y observaciones.
Ahora miro el patio, pero no hay rastro del pájaro que irrumpió mis musas. Quizá fue al mercado por libre. O tal vez fue un guiño de la magia del abuelo, que siempre enamoró desde la sabiduría.
Feli Santana
