LOLA

Se llama Lola, pocos o ninguno de nuestros abuelos habían nacido cuando ella vino al mundo. En las chozas, cerca de Rosiana, La Cantera,  Valsequillo. La cuarta de siete hermanas. Pura bondad, exprimiendo el tiempo que no le pertenece.

Ella era una niña alegre y dada, voluntariosa, de buen corazón, era el apagallamas de la familia, de barrio a barrio de barranco a cumbre  era la adorable Lola, la niña que marcaba los caminos,  su impronta bondad de ayudar a sus hermanas le llevaban a la llamada de supervisión y bienestar de todos. 

Y nació con los coletazos de la I Guerra Mundial y escapo a las pandemias; la  gripe española, el tifus, el cólera, la II Guerra Mundial, la Guerra Civil española. La inmigración masiva de los canarios a las Américas. Y escuchando aquello de » A Cuba me voy madre a comer plátanos fritos, porque los pobres de Canarias son esclavos de los ricos». Y la más dura de las hambrunas de Canarias con el desabastecimiento de los 40/50 y sobrevivió.

Y cargada con el ruedo en la cabeza la bañera a lavar la ropa a la cequia y a los barrancos y con la rueca con carozo a coger los tunos del baldo tuneras, para pasarlos como los higos. 

Lola miro a las estrellas para leer en las noches de vela y lumbres. Esperó a las fiestas de  «San Miguel»  para ver si el Arcángel le regalaba la mirada de aquel hombre bueno que  compartiera su vida. La que ella quiso entender como vida con dignidad.

Pasaron años, transiciones, revolución industrial, revolución tecnológica, democracia. Pero justo unos años antes de la libertad trabajada, recuerdo año 1975. Las fiestas de mi barrio, La Gavia. Un entusiasta de aquella época. Don Diego Herrera, viendo mi anhelo voluntarioso por los festejos, me dejaba acompañarle en todas sus alegrías festivas. Recuerdo que le pidió permiso a mi madre, para que lo acompañara a Las cuevas de La Cantera. Tres horas caminando a buscar un saco de Voladores, a casa de Ramoncito «el fogista».  Aquellas alegrías y charlas. Yo con apenas doce años. Me impregnaba de la sabiduría de estos artesanos de la vida.

Y en este lapsus vuelvo a Lola. Que nació cerca de Ramoncito y ella tenía ya más de cincuenta años. Increíble. Aún vive. Es un dinosaurio de nuestro tiempo.

Lola es centenaria, es de esos seres en vías de extinción,  que sobreviven sin un porqué. Porque la vida se mantiene inexplicablemente en continuidad. Como lo hacen los olivos,  los dragos, las araucarias. Vive, se quedó atrapada en su cuerpo que se debilita y resiste, todos los de su generación han muerto.

Ahora es Lola. La mujer que ha sobrevivido a nueve papados de la Iglesia católica. A 10 presidentes de los EEUU. A lo que contados canarios han sobrevivido y sigue ahí soplando velas como las fragatas navegando al viento en alta mar. Aunque parece le queda paciencia para esperar a alguien que tal vez se olvidó de ella en su viaje celestial. Lola mira y su luz es reflejo de un pasado que hace años se olvidó.

Y se despachó tres reinados, una República, una dictadura y todos los aconteceres históricos de más de cien años de soledad, se puede vivir más y no morir en el intento.

Lola sigue ahí, con la mirada perdida entre días lúcidos y ausencias terrenales, anclada en el tiempo y una vida que la agarra en la estación del tren y que la muerte se olvidó de pasar. 

En esta secuencia, imaginemos la muerte que se olvidó de ella, no sacó el billete del viaje y ahora mira al cielo como el extraterrestre reclamando que un ángel venga a buscarla, porque no se puede vivir más.

FELI SANTANA

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