PILARITO HERNÁNDEZ, MI ABUELA

De apariencia engañosamente frágil, fibrosa, huesuda y delgada hasta la transparencia casi, no permanecía quieta un instante, parecía una ardilla o un colibrí en plena actividad. Cuando no cosía bordaba por encargo o se iba a buscar leña al barranco y alrededores, al Chorro o al Pozo de la Heredad a traer agua para beber o regar las plantas del patio.
A decir verdad, el trabajo doméstico o de casa: limpiar, lavar, planchar, hacer de comer, como que no, no era su fuerte, no le gustaba especialmente, prefería dejárselo a su hija Paca, joven y soltera, que aún pernoctaba bajo el mismo techo y comía en la misma mesa. Y a veces, hasta en el mismo plato.

Ella era más de campo y animales, por eso, y parte de los días, se iba con abuelo Miguel para los Pedregales donde tenía las tierrillas de labranza y allí se entretenía con la agricultura y los bicharracos; vacas, cabras, y gallinas mayormente.
Adoraba a mi abuelo y si no fuera mucho decir o demasiado pretencioso, afirmaría que fue, sino la primera, si una de las mujeres que murieron de amor o de pena aquí en Valsequillo. Cuando éste falleció comenzó su cuenta atrás y apenas se levantaba de la cama parda hacer sus necesidades básicas, lo más cotidiano, y eso que siempre fue una mujer muy activa, una auténtica jiribilla. Todo era llorar y suspirar. Visitarla se me hacía cuesta arriba, doloroso.
Yo era bastante joven entonces y como tal, bastante despreocupado y frívolo, y el asunto de la enfermedad, el sufrimiento, la soledad y, ya no digamos, la muerte me traía sin cuidado, me cogió muy lejos o sencillamente no lo entendía del todo. Pensaba, pobre de mí, como la mayoría de los jóvenes, que eso era cosa de los demás, sobre todo de los viejos. Aún así, ver a mi abuela postrada y en aquel mar de tristeza y desconsuelo me arrancaba el alma. Terminé por reducir o no ir a visitarla con tanta frecuencia (cosa que hasta el día de hoy no me lo he perdonado lo suficiente), pero fue peor porque era aparecer por el quicial de la puerta y romper a llorar por el abuelo ausente y el nieto ingrato y desaprensivo que era yo.
Era un sin vivir. Un verdadero tormento, para ella que perdió a su compañero del alma y de tantos años; como para mí, porque a pesar de mi juventud un tanto díscola e irresponsable, me dolía verla tan abatida, vulnerable y con aquel desconsuelo, día tras día, ella que siempre fue un derroche de vida, bondad y ternura y que tantas veces me arropó y cuidó. Ahora yo, cafre de mí, no estaba a la altura, no sabía o no podía, o vaya usted a saber, consolarla ni jalagarla como se merecía.
En fin, ¡qué bichos raros los humanos! Sino fuera porque pertenezco a la misma especie no me importaría renegar de dicha condición o al menos darme de baja una temporada, a ver si así nos va mejor las cosas. Tonterías aparte.
En todas las vidas, por breves, sencillas o planas que sean, siempre ocurren cosas y los abuelos no iban a ser una excepción. Por ello retrocederemos algo en el tiempo para relatar uno de los episodios que marcó un antes y un después en el devenir, no solamente en las vidas y rutinas de ambos sino en la de toda la familia. Y sin más demoras, vamos allá.
La casa de los abuelos donde pasé olvidables e inolvidables momentos de mi infancia y adolescencia, sin ser una choza o un chupenco de mala muerte, era un habitáculo de pobres, como pobres eran ellos al igual que el resto de sus vecinos, nada nuevo en aquel lejano Tenteniguada. Mal construida y peor distribuida, el frío y la lluvia tan pronto como caían cuatro gotas o soplaba una leve brisa, entraba a raudales por todas partes, especialmente el agua por los techos, que por más albeados, lechadas, encascados y otros remedios caseros que le hicieran, seguía mojándose como un cesto o cedazo desfondado. No había manera de acabar con las condenadas goteras.

Aquel año en cuestión alquitranaban, hoy en día diríamos asfaltaban, la carretera que une Valsequillo con San Mateo. Aquello fue todo un acontecimiento sin parangón y como tal congregaba a la chiquillería tan pronto como salíamos de la escuela y concluíamos nuestros clásicos planes de ruindades y mataperrerías, y a los adultos cuando terminaban sus tareas y sus historias. Vamos, que era una auténtica romería, comparable con la de Teror, sino más.
Nos impresionaban aquellas descomunales máquinas negras y feas como sacadas de un relato futurista o de terror. Unas eran para calentar el alquitrán, otras para compactar o apisonar el suelo… y ya no hablemos de la machacadora de piedras, que aunque estaba algo alejada del núcleo urbano principal, metía un ruido y levantaba una polvajera del demonio. Verla o sentirla funcionando daba grima, daba pánico.
Durante el tiempo que se mantuvieron los trabajos, que calculo fueron unas cuantas semanas largas, sino meses, que ya sabemos como nos la juega la memoria, el pueblo revivió, fue otro, especialmente para bares y tiendas, ya que parte de las tardes-noches había movimiento, había trasiego humano casi permanente y se llenaban los cafetines y tiendas a rebosar de gentes que iban a comprar algo para comer, para el aseo personal poco, a novelerear o socializar, que suena más fisno, pero no nos engañemos, porque más que nada iban por el pisquito de ron o de lo que se terciara, porque como todo el mundo sabe desde tiempos inmemoriales, es que no solo de pan y gofio vive el hombre.
Y entre copa y copa no solamente no se acababa la vida, sino que ésta se reafirmaba más, fluía con mayor vehemencia e ímpetu que de costumbre, por mucho que J. Alfredo Jiménez dijera o cantara allá en su Méjico lindo y querido, lo contrario. Se conversaba, se hacían amistades, se concertaban citas y se concretaban negocios…en definitiva, se creaban vínculos afectivos y de los otros.
Como fue el caso de Vicente el majorero que en una de estas conoció a Anita Peñate, se enamoraron y se casaron y vivieron aquí entre nosotros y fue tal su integración o ¿adaptabilidad?, que pasó de llamarse Vicente el majorero a Vicentito el de las Casas Blancas, donde permanecieron hasta el final de sus días, que en el caso de él acaeció no hace demasiado tiempo. Desde aquí, y como dijo nuestro entrañable Pancho Guerra, que Dios lo tenga en su buen lugar de descanso. O de Santiago, del que hablaremos dentro de poco, que llegó casado y cuando se terminaron los trabajos de la carretera continuó en el barrio una larga temporada.
En una de esas noches, supongo que será sábado por la bulla y el embullo, mientras le daban a la sin hueso (lengua) y se echaban unos tragos, mi abuelo le comentó al tal Santiago (que en adelante los llamaremos Chago, por aquello de economizar palabras), que si no era el encargado tenía bastante influencia en la empresa, como que se le mojaban los jodidos techos y por más parches y remiendos que se les ponía no había manera, no había remedio alguno.
-Usted no se preocupe que nosotros daremos con la avería. Solamente tiene que esperar hasta que los trabajos y trabajadores lleguen a la altura de la casa. Y ya verá como los techos no volverán a mojarse, o al menos durante una larga temporada.
Tranquilizó Chago al viejo, que por entonces no lo era tanto. Y se fueron sucediendo las jornadas laborales y las noches de copas y parrandolas de barajas y tertulias, mientras Tenteniguada bullía y palpitaba de puro éxtasis etílico y económico, como no hubiera sucedido nunca durante su existencia.
En tanto las máquinas horrorosamente feas, como dijimos anteriormente, junto a unos hombres cubiertos hasta los ojos con unos chubasqueros empapados en alquitrán y tan negros que parecían cuervos, se aproximaban a las casas del centro del barrio como anunciando el apocalipsis inminente o el final de los tiempos y del mundo mundial.
Hasta que llegó el día en que pudimos ver como mediante una rondana y un guinche parecido al de los pozos y unos cuantos hombres se afanaban en subir unos cacharrones repletos de alquitrán hirviente y espumeante, que era como se trabajaba dicho material, o al menos así era entonces por lo que tengo entendido, para luego extenderlo por toda la azotea a modo de capa impermeabilizante, cuando uno de los bidones, creo que el último, tropezó con el pretil, o se le partió el cable (esto nunca se aclaró del todo) y fue a dar al patio salpicando y pringando cuanto cogió por delante.
Parra, tiestos, cacharros, macetas, repisas y pedestales con plantas, pero sobre todo a mi abuela, que haciendo oídos sordos, como uso y costumbre (siempre fue muy despistada), de las advertencias de los trabajadores, trasteaba por allí en ese preciso y nefasto momento. A pesar de todo, pudo haber sido peor, porque si el bidón o el contenido del mismo la coge de lleno, hubiera muerto aplastada o ardiendo como una yesca o una hoguera de San Juan, y hoy estaríamos hablando de otra cosa.
Dentro de la gravedad y jodienda que supuso dicho percance, afortunadamente, sólo le quemó la cara (el pelo no), el pecho, el abdomen o estómago, para entendernos, la parte frontal del cuerpo. No le tocó ningún órgano vital y esa fue su suerte.
Que yo recuerde la casa no volvió a mojarse, o nunca más se habló del asunto, pero ella, de por sí bastante ligera de carnes, quedó echa un cristo redivivo, un verdadero esqueleto andante, te recordaba, salvando el tiempo y la distancia, a las caricaturas de Maquiavelo o Viera y Clavijo que hemos visto algunas veces por ahí. Puro hueso y poco pellejo. ¡Cuánto sufrió la pobrecilla!
La naturaleza cuando le da el punto puede resultar bastante cruel la muy cabrona. Pero a pesar de todo, de ésta salió victoriosa Pilarito. Había juventud, había aguante. Mi recuerdo más veraz y fiable de aquel momento es ver a mi abuela encamada y desmadejada y tan blanca como la leche de cardón y a mi padre, con la proverbial pachorra que Dios le dio, y que también le funcionó en la vida, con una pluma en la mano, supuestamente de gallina o paloma, poniéndole una cosa cremosa del cuerpo, como pasta de dientes un tanto turbia o algo así. Que al parecer, y de eso me enteraría mucho más tarde, le llamaban Pentol.
A propósito, llevo una parva de años entrando y saliendo de consultas médicas, centros de salud, farmacias y derivados y no me he tropezado con el dichoso nombre ni con el producto en cuestión, por lo que a veces he pensado que si no lo habré inventado yo. No lo sé. Lleva camino eso. Sea como sea, a mi abuela le fue bien, le funcionó.
Fue el año que se alquitranó la carretera Valsequillo-San Mateo. El año que por poco no perdemos a Pilarito Hernández, mi querida abuela.
Tenteniguada, octubre de 2024
LELO DEL PINO

Preciosa historia amigo Lelo,ojalá siguieras escribiendo otros cuentos de esta,nuestra querida Tenteniguada y sus gentes.Gracias de corazón.
Como siempre, las historias y anécdotas de Lelo van siempre surtidas de recorridos históricos de nuestro pueblo y ello le da un valor mayor porque muchos de esos relatos nos conectan con nuestro pasado que ni siquiera se retienen en la memoria colectiva. Gracias Lelo por recuperarlas.