CON VOZ PROPIA

COSAS DEL VERANO. CALORES Y OLORES

Memorias de una infancia entre el solajero, las hierbas del abuelo y el aroma del café.

Entre aquel verano y este, entre el del pasado y el del presente, solo parece existir una cosa en común: el calor y esa sensación de agobio que se pega al cuerpo.

El sol abraza el ecuador de la tierra y la estación gobierna sus extremos con la cadencia inevitable de los ciclos. Atiza la candela sobre los llanos, que parecen arder bajo las llamaradas del vapor. Estalla el pastizal. Los ocres aparecen, secando y resquebrajando las hierbas altas, bebiéndose hasta la última savia verde de sus tallos.

No hay tregua. Apenas un pacto con el alisio, que refresca la frente con la caricia de la aurora, mantiene una esponja húmeda flotando sobre el norte y la costa y, después, se retira tímidamente al mediodía para dejar paso a la imposición del astro rey. Solo ese pacto de amor con la isla mantiene la lealtad agradecida de su presencia.

Recuerdo aquellos veranos de mi niñez, cuando todo se limitaba al encierro. Veranos de tumbarse a dormir arrente del piso, buscando el frescor de las baldosas; noches de sofoco y tardes enteras jugando en los pasillos de la casa, huyendo de los latigazos del sol.

Mi madre nos encerraba y guardaba la llave para impedir que escapáramos a los embates de aquel castigador solajero.

Mi hermano Tavo era el peligro.

Buscaba mil excusas para forzar la salida. Cuando mi madre se quedaba dormida durante la siesta, él saltaba por la ventana de la cocina y reptaba por la pared que daba a la casa del abuelo. Yo, al principio, lo denunciaba. Después comprendí que aquella prisión de la que él quería escapar también era la mía.

Nos costaba entender los extremos de protección de nuestra madre.

Entonces comenzaban las negociaciones mientras ella bordaba:

—Mamá, ¿a qué hora podemos salir?

Ella fijaba un horario inamovible:

—A las seis de la tarde.

Y allí permanecíamos, todo el tiempo, intentando arañarle minutos al encierro. Primero pedíamos salir a las cinco y media. Luego a las cinco y cuarto. Después a las cinco. Cualquier rebaja nos parecía una victoria.

La suerte aparecía algunas veces en forma de trabajos caseros o de encargos forasteros. Podía llegar algún repartidor que se había hecho amigo de mi hermano y se lo llevaba de acompañante en el furgón durante el reparto.

A mí, en cambio, me seducía la bondad del abuelo.

—Que baje el muchacho a ayudarme en la cueva a amarrar las hierbas —avisaba.

Y allá iba yo.

Nos sentábamos a la puerta de la cueva, al fresquito, haciendo manojos de tomillo, laurel, doradilla, cola de caballo, hierbaluisa, manzanilla y caña limón, o llenando pequeñas bolsitas de orégano.

—¿Y a cuánto vendes estas bolsas, abuelo?

—A pesetas.

—¿Y los manojos de hierbas?

—A una cincuenta.

—¿Y cuántos tenemos que amarrar?

Entonces me daba el ajuste:

—Treinta manojos de cada clase y cincuenta bolsitas de orégano.

Parecía poca cosa cuando lo decía, pero el trabajo se alargaba durante toda la tarde.

Desde un pequeño transistor, colgado de una tacha de la pared, las ondas emitían radionovelas. A veces aquello resultaba un tedio soporífero, apenas amortiguado por las sombras frescas que salían de la cueva, por la compañía del abuelo y por aquellas voces radiofónicas que nos transportaban hacia mundos imaginarios.

Había días más divertidos, en los que nuestra conversación avanzaba entre aprendizajes, ocurrencias y simpatías. El abuelo tenía una gracia especial, un estilo propio que utilizaba según la intensidad del momento. De repente, sin previo aviso, se ponía a soltar pedos escandalosos para liberar los potajes y provocar mis risas.

Y aquello, algunas veces, se nos iba de las manos.

¡Menudo escándalo podían formar algunas de sus digestiones!

Durante los descansos publicitarios de las radionovelas aparecía un personaje que anunciaba los productos con marcado acento mexicano. La invasión musical de las rancheras y los corridos era entonces notabilísima, igual que la de los puntos cubanos. Durante los años sesenta y setenta, la influencia de la cultura mexicana fue extraordinaria.

Aquel actor anunciaba un matamoscas en aerosol, una especie de Mosfertil de la época. Con voz de galán mexicano decía:

—Lupita, ¿has olido el último perfume que traje de Europa? Oro… ¡Oro Matón!

Alargaba las palabras con aquel acento tan chamaco, solemne y exagerado, que a mí me parecía irresistible.

Desde entonces, cada vez que el abuelo tenía una de sus sonoras ventosidades, yo soltaba inmediatamente lo que estuviera haciendo, levantaba la cabeza y, poniendo la voz del actor radiofónico, recitaba:

—Lupita, ¿has olido el último perfume que traje de Europa? Oro… ¡Oro Matón!

El abuelo se moría de risa con mi actuación y con el sentido oportuno que yo le daba al anuncio. Yo permanecía siempre alerta, esperando detectar aquellos olores jediondos para interpretar de nuevo mi papel.

La abuela, al escuchar el escándalo que teníamos armado en la puerta de la cueva, aparecía con unas tazas de café.

Aquel buchito negro y dulce despertaba la tarde y armonizaba la vida.

Durante mucho tiempo llegué a imaginar que el café lo había inventado mi abuela, únicamente para regalarnos aquellos pequeños buchitos de amor familiar.

Porque hay aromas que no desaparecen nunca.

Todavía hoy, cuando el verano aprieta y el aire caliente se queda inmóvil sobre los campos, regreso a aquella cueva, a los manojos de hierbas, a las radionovelas y a las risas del abuelo.

Y comprendo que pocas imágenes pueden ser más hermosas que escuchar su risa en una tarde de verano, sentado a la puerta de la cueva, mientras se acerca lentamente el aroma del café de mi infancia.

Feli Santana

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