EL BARRANCO CANTA NANAS A LA PRIMAVERA

El murmullo del agua devuelve la vida a los cauces olvidados y arrulla, como una nana, la llegada de la primavera en la noche canaria
Las previsiones nunca son suficientes cuando la realidad supera las expectativas. La borrasca Theressa bien podríamos santificarla como Santa Teresa de las inundaciones generosas. El despertar antiguo de la fuerza de la tierra y sus dioses nos ha alzado la mirada al cielo, atentos al comportamiento de una tierra arreciada por el líquido elemento, agua bendita.
Una estampa inusual de escorrentías y paisajes de lluvia se alternaba con el viento, sacudiendo las nubes y alimentando los manantiales de un invierno generoso, de esos que anotamos para no olvidar. Llueve sobre mojado, y sobre los tejados las chorreras salpican los vacíos, saltan aceras y pendientes, provocando ríos que cubren desniveles y corren libres, alegres.
Tláloc, dios de la lluvia, del relámpago y la fertilidad, ese “néctar de la tierra”, envió —quién sabe si a su mujer Theressa— una abundancia que esta tierra sedienta ya echaba de menos, como si anunciara un cambio de ciclo.
Esta noche escuché el barranco. Ese sonido antiguo y nupcial del agua corriendo entre las piedras, buscando la salida en los rápidos, devolviendo la vida a los cauces olvidados que un día la crearon. Era una armonía rumorosa, un desfile de gotas acaudaladas que primero fertilizan la tierra y luego buscan el mar. Su banda sonora, en la noche limpia de Valsequillo, mecía el silencio.
Las estrellas, suspendidas en el cielo, parecían escuchar la melodía de esa orquesta que animaba la tierra bajo la batuta de Tláloc.
Yo interpreté ese canto tardío como unas nanas en la noche canaria. Y entonces surgió el título, como un eco del pensamiento:
“Cuando el barranco canta, nanas a la primavera.”
Algo vibró en esa idea, como si formara parte de la propia melodía. Allí, en la orilla de Valsequillo, mirando al colmenar acunado por los arrorrós del barranco, sentí la gracia de la noche fría: limpia hacia el cielo, clara hacia las cumbres.
Recordé la primavera despertando con el canto desbordado del agua libre y la buya silenciada de los grillos en la noche de San Miguel. La primavera escucha ahora una nana que despide al invierno, en un son de agua en mi mayor sostenido: ecos de piedras rodadas, paredes deshinchadas, muros caídos.
No puedo lamentar sus secuelas. Tanta abundancia tormentosa acabará en una calma majestuosa. El paisaje cambia, se lava la cara con la espontaneidad de quien no espera ese regalo y lo recibe por la generosidad del cielo, las nubes, el viento y las borrascas.
Y en el frío de esa noche limpia seguía escuchando la armonía infinita, el rumor olvidado. El barranco, callado siempre, hundido en sus rincones, olvidado en su existencia, ahora corría. Escapaba barranco abajo, agitando olas de arrastre, sacudiendo escorrentías, limpiando lo seco y lo sucio.
Ahora vuela en los rápidos de la noche. Y en los descansos del terreno navega su melodía, asistiendo al insólito amor de la primavera, que llega regado de bondad.
Feli Santana
