AMORFO

Corría la Navidad del 2005, y con el año casi concluso me dispuse a darme un paseo por aquel mediodía de la víspera de Navidad. Ya había almorzado; podrían ser las dos y media o las tres cuando se me ocurrió ir a tomar algo a la plaza. Cuando encaré el Bar de Tito pude ver que este estaba a rebosar de actividad. Los habituales se encontraban con la felicidad de haber mojado el pico y compartían el preludio de una noche de cena en familia. Se oía el alboroto de las risas y los brindis.
En la puerta, apoyado y mirando la calle, estaba Fernando, pensativo, con la vista buscando alguna respuesta que no le llegaba; parecía que tal vez la hallara en el asfalto, al que no le quitaba ojo. Lo distrajeron de sus cavilaciones los pitazos que iba dando un Renault 19 blanco con tres personajes con gorro de Papá Noel.
—¡Felicidades, Fernando! —gritaban desde el coche mientras este avanzaba en la curva.
Fernando alzó la mano con su botellín y les brindó una sonrisa mientras los perdía de vista. Justo en ese momento cruzó la mirada conmigo. No me dejó ni saludarlo: dio un paso fuera del bar para hablar conmigo en la intimidad. Lo saludé:
—¿Qué tal, Fernando? ¿Cómo van esas fiestas?
A lo que me respondió sin saludo y con urgencia:
—Oye, ¿tú me podrías decir lo que significa amorfo?
Me quedé extrañado, sin saber a qué venía esa pregunta, y tras meditar un segundo, sin tratar de buscar el razonamiento que lo impulsó a satisfacer aquella incógnita, le respondí:
—Coño, Fernando, amorfo significa que no tiene forma; podríamos decir que algo amorfo es algo deforme, mal hecho…
Tras lo cual se viró hacia dentro del bar y se acercó a la barra. Mirando fijamente a Juan el Largo, se cuadró delante de él —que le sacaba tres cuartas— y le dijo con firmeza:
—Coño, Juan, ¡tú me estás insultando!
Todo el bar acabó en una carcajada que se oía hasta más allá de los Monzones. A Juan el Largo se le salían las lágrimas. La cara de Fernando se fue relajando y hasta él acabó riéndose; nunca sabré si lo hizo por compromiso, o simplemente decidió relajar la tensión que llevaba dentro. Lo cierto es que tuvimos anécdota los allí presentes para sonreír el resto de la tarde.
Tras ese rato me explicaron que Juan, tras una pequeña discusión, lo llamó “amorfo político”. Los que conocimos a Juan el Largo sabemos lo que le gustaba analizar, a su manera, todo lo referente a la política y a los asuntos sociales que tenían que ver con su querido Valsequillo. Y debe ser que Fernando, persona más sencilla y sin tantas complicaciones, debió decir algo en lo que Juan se enfrascó y de donde encontró un filón para postular sus teorías…
Hermann Hellbusch
