BENIGNO DE LA ALEGRÍA (II)

En la estancia contigua Nicolasito miró a su mujer doña Dolores Socorro y le dijo entre susurros:
– Ya llegó el personaje, a ver si arranca con la clara, porque con este favor quedo en paz con tu gente de la costa…
– Jesús hombre, que el chiquillo ni ha abierto la boca, y ni siquiera lo has invitado a un plato de comida…
– Usted se calla, si tiene hambre que vaya a comer a la Fonda del Mosquito que es de donde viene, y ni se le ocurra llevarme la contraria que nos conocemos…
Doña Dolores Socorro no dijo ni una palabra más, sabía del genio de aquel hombre y por más velas y promesas que le había hecho al santo Patrón San Miguel Arcángel, a Santa Rita de Casia, a San Judas Tadeo, incluyendo una peregrinación a la Virgen del Pino, no había manera de cambiar el carácter de aquel hombre que le había tocado, en ocasiones pensaba que como a este mundo solo se viene a sufrir, pues esta era la parte que le tocaba, y no era poco lo que había pasado ya. Cuando joven no era así, se empezaron a gustar cuando descamisaban piñas en el patio de Lorencito, se cantaban pícaros versos en la concurrencia de aquellos encuentros. Poco a poco se fue acercando a ella, con el tiempo le pidió la mano a su padre y tras casarse, con poquito, tuvieron unos años de felicidad, pero cuando ocurrió aquello, nunca volvió a ser el mismo…
Benigno de la Alegría no descansó bien, cuando el sueño lo trasponía comenzaba a oír como si estuviera rodeado de un aquelarre de señoras de luto, y susurros repitiendo misterios de un rosario interminable. Su cabeza iba y venía de la realidad a otros mundos desconocidos, sus sentidos no estaban alineados con su cuerpo… poco a poco las horas de la noche transcurrían interrumpidas tan solo por el ulular de una lechuza y algún aullido en la lejanía…
Cuando comenzaba a amanecer, Benigno decidió que cuanto antes marchara mejor sería. Se sentó en la cama y mientras la penumbra todavía reinaba en la habitación, sintió un escalofrío. La temperatura había cambiado, pero no le dio más importancia. Tiró mano al cabezal del testero para coger su relicario, besarlo y guardarlo como todos los días, pero no lo encontró. De un respingo se puso en pie, vio la puerta de su estancia abierta y a toda prisa se asomó al pasillo. En un visto y no visto María del Alma entraba en la habitación enfrente a la suya con el relicario colgando en sus manos. Benigno de la Alegría no lo podía creer, avanzó tras ella, pero antes de pasar el umbral de aquella puerta lo detuvo Nicolasito:
-¿A dónde cree que va amigo?- Benigno de la Alegría volvió la cara hacia él y pudo observar la figura de su imponente casero con el naife atravesado en pantalón.
- Perdone usted Nicolasito, que la muchacha me quitó un relicario y es el único recuerdo que tengo de mi madre…
- Aquí no hay ninguna muchacha, recoja sus cosas y ahí tiene la puerta.
- Se lo juro, entro en la habitación…
Los ojos de Nicolasito comenzaron a encenderse de rabia…
- Me está usted llamando mentiroso… pues no voy a saber quién vive en mi casa…
- Déjeme entrar y se lo demuestro…
Nicolasito con la mano en el naife lo miró y se le fue acercando, el pobre Benigno de la Alegría comenzó a sudar y a temblar al ver a aquel animal acercarse a él, pero cuando llegó a su altura pasó de largo y entró en la habitación. Abrió una cortina que dejó entrar la luz suficiente, pues ya aclaraba el día y se viró para el pobre Benigno.
- Como puede usted ver aquí no hay nadie, lo que quiere decir que es usted un mentiroso…
- Se lo juro por mi madre muerta Nicolasito…
Benigno de la Alegría no lo podía creer, miró en toda la habitación, y no halló explicación, solo un camastro, un pequeño ropero y un retrato al fondo, cuando lo miró con detenimiento exclamó:
- Es ella, la del retrato Nicolasito, mal rayo me parta si le estoy mintiendo…
Nicolasito se enfureció, los ojos inyectados en sangre, la mandíbula apretaba y soltaba la tensión del hombre, enfrente el pobre muchacho temblaba y sudaba como si no hubiera un mañana.
- Recoja sus cosas y venga usted conmigo que se va a enterar.
Benigno de la Alegría cogió su saca con las manos temblando y salió tras su casero pensando que lo iba a llevar al puesto de la guardia civil o algo, no tenía claro a donde iba. Subieron la cuesta y asomaron a la plaza donde tan tranquilo había reposado la cena unas horas antes, bajaron por una estrecha calle dejando atrás la plaza, era un camino de tierra bordeado por casas más humildes, el mismo que lo había traído el día anterior. Cuando llegaron a la altura de una tienda de aceite y vinagre giraron a la izquierda y pudo reconocer la entrada al campo santo del pueblo, se encontraba tras una edificación con una cruz inconfundible en lo alto, acompañada de cipreses… El pobre muchacho comenzó a quedarse blanco, dentro de su cabeza rebotaban las ideas mientras se acercaba al cementerio, no sabía si correr y olvidarse del relicario, si seguir a Nicolasito, si gritar… la voz del casero lo saco de dudas:
- Entre usted primero…
Benigno de la Alegría asomó al campo santo.
“-Siga usted por la derecha..”- cuando de pronto Nicolasito señaló una lápida.
“- ¿Qué lee usted ahí?”
Benigno de la Alegría se acercó y pudo leer: MARÍA DEL ALMA LÓPEZ RUIZ. En la cabeza se le hizo un vacío, y aún sin encajar lo que le estaba pasando pudo observar en la esquina de la lápida como reposaba su relicario, lo tomó y se giró para mostrárselo a Nicolasito. El pobre hombre dio un paso hacia atrás y por primera vez relajó su semblante sin comprender lo que había ocurrido, dejó que Benigno de la Alegría le relatara lo ocurrido y cuando acabó de oír la historia lloró, lloró como no había hecho nunca desde la muerte de su única hija….
HERMAN HELLBUSCH
