TAL DÍA HIZO UNOS CUANTOS AÑOS
CASI UN CUENTO

Semanas atrás y mientras desayunaba sonó el timbre de la casa. Pensé que sería Tanausú camino de la escuela, que vendría a saludarnos y de paso a tomar un café como de costumbre.
Pero no, no era mi hijo. Se trataba de Pepe Juan que, sin apenas dejarme abrir la puerta del todo, me extendía un pequeño revoltijo de dinero con una mano, mientras que con la otra trataba de saludarme, con cierto nerviosismo, él, y con bastante confusión, yo.
Y no era para menos, ya que hacía unos cuantos años que no nos veíamos, los mismos o quizás un poco menos que hacía que le presté algo de dinero y nunca más se supo de ninguno de los dos. Ni del amigo, ni del parné, hasta tal punto que temía que se cumpliera aquello que dice que “el que da lo que tiene a pedir viene” o algo por el estilo.
Me equivoqué con nuestro hombre. A decir verdad, nunca llegué a considerarlo un tramposo, ni un choricillo al uso, pero tampoco alguien por el que poner las manos, mucho tiempo, en el fuego y pretender no quemarte, que todo hay que decirlo. Pero hasta ahí.
Quince años de deuda y de vida son muchos años y dan para pensar un rato, y no bien precisamente, vamos, que ya daba el asunto por perdido. Por zanjado. Aunque en el fondo lo más que me dolía o reconcomía era que apenas me saludaba o que se hiciera el sueco las pocas veces que coincidíamos por esto lares de Dios. En definitiva, que no diera el careto.
Lógicamente se lo reproché y me contestó que le podía la vergüenza y la falta de dinero y lo entendí, porque quienes hayamos recurrido alguna vez a favores, ayudas, préstamos a familiares o amigos o a quien sea, sabemos que estas cosas ocurren y que son situaciones duras y engorrosas. Sobretodo si tienes una pizca de vergüenza y fundamento. Porque querer pagar y no poder es siempre fastidioso.
Y llegados hasta aquí. Hagamos algo de historia que nunca viene mal. El amigo Pepe Juan tenía un pequeño taller por la Barranquera (Telde) de reparaciones de electrodomésticos en general: televisores, lavadoras, secadoras y cosas así. Pero como tantas empresas de aquella época, especialmente pequeñas y medianas que siempre son las más vulnerables y primeras en caer cuando pintan bastos. Iban tirando, pero como hombre propone y el capital dispone, llegó la crisis del 2008 y mandó parar, cambiándonos propósitos, proyectos y planes, dejando a medio mundo con el culo al aire, incluyéndome a mí, que por reacción simpática o efectos o daños colaterales, o las dos cosas a la vez, casi me quedo tan colgado como el gato de María Gil.
En resumidas cuentas, que nuestro amigo tuvo que cerrar las puertas de su empresa y mandar a sus trabajadores al desempleo. Por lo que me contó aquella mañana, le costó lo suyo coger tino nuevamente, pero como no le faltaba ni le faltan habilidades laborales y labia social se recompuso relativamente pronto y hételo aquí, apenas pasadas las ocho y media de la mañana, disculpándose y saldando su deuda, que casi se eterniza en el tiempo. Y yo, campante y feliz por haber recuperado amigo y dinero, y sobre todo por ese gesto de fidelidad a la palabra dada y por su honorabilidad, que aunque un poco tarde, finalmente recuperada, ya que sin estas cualidades o actitudes la jungla humana sería más espesa y menos transitable.

Y en hablando de dinero y como además en las tiendas de los chinos hay libretas y cuartillas por un tubo y a buen precio, para emborronar y tirar a la papelera sin juicio, me van a permitir que les haga una pequeña reflexión, que a lo mejor ni es mía completamente, que ya saben que quienes le damos un poco a la pluma somos un tanto tramposos y fullerentos y vamos cogiendo de aquí y de allá para darnos de listos y poder así embellecer y completar nuestras paridas mentales.
Sea como sea, ahí va eso. Hemos llevado el dinero a tal grado de idealización e idolatrización, por no decir de locura y paroxismo, que da la impresión que ya no tenemos otros dioses, otras religiones ni asideros algunos donde poder agarrarnos para hacer más llevadero y soportable nuestro paso por esta vida que nos tocó en suerte. Y es una jodienda, porque a fin de cuentas el dinero, aunque ha servido algunas veces para poner de acuerdo a enemigos irreconciliables y para unificar regiones, comunidades, pueblos, etc.; en definitiva, naciones o parte de ellas, económica y políticamente (ejemplo, Europa y el euro), las más de las veces ha sido el causante de grandes desastres y descalabros habidos y por haber.
Sea como sea, el vil metal no es más que una fantasía o ilusión. O dicho de otra manera y para seguir dándomelas de sapo rabú o sabiondo, no deja de ser un constructo o invento humano que dura el tiempo que se tarda en gastarlo. Pero prueben a no tener un duro en el bolsillo durante mucho tiempo y ya me contarán.
Y esto fue, supongo, lo que le ocurrió a nuestro protagonista, que no le faltaría buena voluntad, pero sin nada en la cuenta corriente ni en el cacharro del gofio, es muy difícil ser honorables, amén de otros adjetivos.
Para ir finalizando, tengo que reconocer que cuando vi frente a mí aquel sollajo de hombre (es alto, fuerte, moreno, pero no costero ni roncote) rojo como un pimiento fuera de cosecha, descolocado y descompuesto pidiéndome disculpas por la demora con el préstamo, a punto estuve de ablandarme y decirle que se olvidara del tema. Que no me debía nada, porque a medida que fue pasando el tiempo fue desapareciendo o amortiguándose la rasquera a la par que el posible resquemor que pudiera quedarme.
Pero me contuve porque me pasó por la cabeza que tampoco andaba yo para tirar voladores antes de empezar la fiesta, ni antes de que regresara el santo a la iglesia y mordiéndome la lengua le contesté sencillamente:
-Gracias Pepe Juan y nunca las mañas pierdas, ni las pierdas mañas.
Tenteniguada 2025
Lelo del Pino
