VOLVER A COMENZAR

Ayer, Valsequillo dio una lección de civismo. En un escenario donde tantas veces prevalecieron la crispación y la sospecha, el pueblo mostró una madurez social insólita: por primera vez, una audiencia acostumbrada a los designios implacables de la política —sus ganadores y sus perdedores— asumió con serenidad el protocolo democrático, esa disciplina silenciosa que sostiene las reglas del juego. Una actitud que marcó el inicio de una etapa distinta, más consciente, más vigilante, donde las preocupaciones de unos y otros se hicieron visibles sin estridencias.
Fue un encuentro templado, de pasiones contenidas. De verdades directas, desnudas, que golpearon conciencias fatigadas por años de abandono. Una balanza que exige equilibrio real, idéntico entusiasmo y el mismo criterio para todos los frentes. Porque la ofensa al pueblo se paga con el castigo de la continuidad; se agotaron los créditos y el perdón quedó relegado a la penitencia. Sin embargo, después de la tormenta, emergió una alegría colectiva inesperada: el acatamiento social, sobrio y firme, logró sepultar viejas rencillas y disipar miradas furtivas cargadas de resentimiento.
No hubo voladores, ni tracas, ni vítores fáciles. Hubo, en cambio, aplausos sinceros y felicitaciones para quienes demostraron profesionalidad en medio de la tensión. Durante unas horas, la política local atrajo la atención insular. No es casual: son ya cuatro mociones de censura en los últimos tiempos en Gran Canaria. Esta figura, tan polémica como legítima, se ha convertido en un examen público continuo, una lupa sobre la responsabilidad y la coherencia de quienes gobiernan.
Valsequillo vuelve a ocupar un lugar central en el debate de los gobiernos municipales. Los partidos locales, de arraigo auténtico, pasan de ostentar mayorías a compartir inquietudes con el mismo desvelo que su ciudadanía. Cuatro formaciones políticas demostraron la dignidad de anteponer el interés común, la capacidad de llegar a un acuerdo para desmontar la hacienda del amo en que se había convertido la casa del pueblo.
Hoy amanece un día distinto. Un día alegre, incluso esperanzador. La ilusión regenerativa sopla nuevos vientos en esta etapa incierta, cargada de expectativas: abundan las tareas postergadas, las cuentas pendientes, los compromisos por definir y los proyectos aún por ejecutar. Los nuevos inquilinos del Almogaren afrontan un desafío arduo, el de recomponer rumbos y actualizar gestiones en un municipio que exige respuestas.
La política moldea los ánimos del pueblo, que busca en los servicios públicos y en el bienestar social el reflejo de sus aspiraciones. Y en esta nueva etapa surge un lema común, una declaración de principios: los problemas de Valsequillo se resuelven aquí, y aquí se cuestionan. Una afirmación que pretende mantener a raya a quienes, desde la sombra, tratan de imponer doctrinas dictadas por intereses ajenos.
Esta etapa se inaugura con una actitud constructiva, un mensaje sereno pero firme, y una promesa de actividad constante. Una esperanza vigilante, de guardia alta, que alimenta la ilusión necesaria para el cambio. En medio de esta tesis convulsa, se extiende una mano decidida hacia la regeneración, hacia un futuro más digno.
Valsequillo sigue siendo una joya discreta en las medianías: un territorio con sabor a fresas y almendras, vestido de paisaje agrícola y ganadero, lleno de contrastes y emociones. Un pueblo que, desde su esencia rural y su cercanía humana, continúa labrando su destino con la madurez de quienes saben que volver a comenzar también es un acto de valentía.
FELI SANTANA
