LOS DOS GALLOS DE LA GALLERA: TEOUNO Y MORALES

Vamos a ver, señoras/es: el asunto va de gallos, y aquí nosotros, en nuestra tierra, eso se coge al vuelo. Una cosa es mandar porque te nace, porque tienes ese puntito que no se enseña ni en tres vidas; y otra muy distinta es creértelo porque te pasas el día pegado al espejo, puliendo pose y ensayando caritas.
Hay quien sabe que la autoridad se lleva en la sangre, no en el traje. Los otros, muchachito, convierten cada amanecida en pasarela, como si por mucho que relumbre la pluma fueran a tapar que no tienen relevancia.
Ya se huelen los aires de elecciones por Gran Canaria y, fíjense, asoman los dos grandes, el gallo del norte, “Teouno”, y el del sur, “el gallo Morales”.
En la gallera, cuando el sol electoral empieza a calentar, los dos se quedan a la fresca, midiéndose sin decir ni mú, como si el aire mismo pidiera turno para respirar.
Uno de ellos, Morales, camina con paso de entierro, pausado, casi de procesión. No tiene el plumaje más llamativo de la zafra, ni falta que le hace. Es gallo de corral viejo: nunca necesitó más adorno que darle duro, día sí y día también. Su fama no viene del color de la pluma, sino del historial a la espalda: madrugadas cumplidas, avisos que no fallan y firmeza en cada amanecer, sin tanto pisco ni bobería.
Pero hasta el más pintado puede tener una mañana tonta que se le queda atravesada para siempre. Este gallo serio, de andar derecho y canto medido, carga con una mancha difícil de quitar, “Chira-Soria”. Fue un desvarío, un dislate, tan incomprensible como definitivo en su propio relato. Desde ese día, por muy recto que camine y muy a tiempo que cante, parece que algo invisible le pega un tirón justo antes de alzarse del todo. Como si aquel fallo, hijo de la ambición y del mal cálculo, le hubiera abierto una grieta en la reputación de hierro, con perdón, para desgracia del gallinero entero.
En la gallera se dice, y con razón, que los gallos no viven solo de lo que hacen bien, sino de aquello que, cuando la cagan, no los suelta más nunca. Para ese gallo sobrio, “Chira-Soria” dejó de ser nombre y se volvió sombra, eterna, larga, que se estira como esas piedras que caen una vez en el pozo y siguen sonando mucho después de calladas.
El otro, Teouno en cambio, parece pintado para que lo miren antes de escucharlo. Se sacude las plumas con estilo chicharrero en una insistencia de ensayo general, como si cada destello de la cresta fuera a inclinar la balanza del mundo a su favor. Da vueltas enseñando perfiles, buscando en el brillo lo que no ha ganado todavía en el corral grande, pero que ya presume en silencio ajeno.
Viene de imponerse en corrales chicos, donde el eco de sus triunfos creció más que el mérito. Acostumbrado a mandar en lo menudito, entra al gallinero mayor con la seguridad de quien confunde ganar con tener derecho a mandar. Se mueve con un desparpajo que asusta: despliega el plumaje como si cada color fuera carné de autoridad. No mira por dónde pisa, lo invade. No mide a los otros gallos, los empuja. Su ambición no descansa, y su descaro convierte cada rincón en escenario propio, como si todo lo que encuentra delante le perteneciera por existir.
Pero, señoras/es, en los gallineros grandes las sombras guardan memoria, y no todo lo que brilla impone. A veces el que llega creyendo que arrasa descubre, tarde, que no era el tamaño del corral lo que daba el poder, sino el equilibrio que decidió pasarse por el forro. Y mira tú por dónde, no tardó en romperse ese equilibrio.
El gallo sobrio cantó una sola vez, cortito y al pie, como quien no necesita repetir. No fue el más ruidoso, pero pesó, un peso respaldado por muchas mañanas cumplidas. El gallo de plumas de colores respondió con aspavientos y brillo, intentando que la forma hiciera de argumento. Pero en la gallera, como en la vida, el eco no siempre se queda con el que más se exhibe, sino con quien ha demostrado, sin tanto adorno, que su canto llega incluso cuando nadie está mirando.
“O sea, que hasta la prórroga o el último penalti no vamos a saber dónde va a estar, ¿no?
-Lo que sí sé es dónde no estaré… y dónde podría estar.”
¡Venga ya! A ver si de una vez se rompe esa ambigüedad sospechosa, salga de donde salga, y que cada gallo cante por lo suyo sin trampas ni focos prestados. Porque en este corral, al final, la isla escucha, apunta… y cobra.
MIGUEL MONZÓN
