LECCIONES DEL CORONAVIRUS

Llevo semanas peleándome con todo aquel que pretendía meterme el miedo en el cuerpo con el coronavirus. Me agarraba como a un clavo ardiendo a los primeros datos. A saber, que era como una gripe común, que su índice de mortalidad es bajo… En fin. Que estaba decidido a no dejarme llevar por la corriente, a no dejarme contagiar por el miedo. Y en esas estoy. Por eso no me ha dado por salir corriendo al supermercado, como ayer se hizo por media España, a vaciar las estanterías de latas de atún, paquetes de lentejas o papel higiénico. Es, a todas luces, una reacción fruto de una alarma injustificada.

Por mucho que haya querido abstraerme a la sensación de histeria colectiva, es inevitable sentir cierta preocupación

En medio de este contexto, estaba y sigo estando convencido de que no nos queda otra que informarnos solo de fuentes autorizadas y seguir a pies juntillas las recomendaciones que nos hacen las autoridades sanitarias para evitar su contagio. Pero qué duda cabe de que ya no me gusta el caminar de la perrita. Por mucho que haya querido abstraerme a la sensación de histeria colectiva, es inevitable sentir cierta preocupación. Ya tenemos al bichito muy cerca de casa y hay población vulnerable, sobre todo, la gente de más edad, que está más expuesta al riesgo. Se contagia demasiado rápido y las decisiones que se están tomando demuestran que el virus no está ni mucho menos bajo control. No lo está en los países occidentales, que cuentan con sistemas públicos de salud más o menos robustos; menos lo estará en cuanto se meta en África y alcance los niveles de propagación que ya está registrando en Europa o EE UU. En esos países la población tiene menos defensas, a todos los niveles, para plantarle cara al problema.

Pero no solo me preocupa su impacto sobre la salud, sino también sobre la economía. No es lo más importante, pero sí es importante. ¿Cuántos meses resistirá el sistema un terremoto de esta naturaleza con un radio de acción tan internacional? ¿Bastará con una inyección de ayudas públicas a escala planetaria? Las necesarias medidas de contención que se están fijando alteran la rutina de millones de personas y condicionan ya nuestra forma de vida. Tocará, pues, refugiarse en la solidaridad colectiva y en la confianza en las instituciones. Quién sabe, a lo mejor de ésta salimos reforzados como sociedad. Aprovechemos esta lección de humildad que recibimos como humanidad para aprender a valorar lo que de verdad importa.

GAUMET FLORIDO

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