EL PORVENIR DE LA MENTIRA

Era evidente que el mundo iba a peor, y a peor va. Como si fuera la consecuencia de un estampido de la maldad, ahora hemos visto cómo un país que nació para ser libre, Estados Unidos, se rinde alegre, y suicida, a la mayor estupidez humana, la que protagoniza Donald Trump, que estudió para payaso, y para multimillonario, y ahora se prepara, otra vez, para avergonzar a su país y para atemorizar al mundo entero.
Ese periodo de poder que ahora alcanza, sorteando la grave circunstancia de que es un hombre en espera de ajusticiamiento por varios crímenes, es un desafío para los suyos y una horrible amenaza contra la humanidad.
Lo peor de Trump, a mi juicio, es que prolonga ahora lo que ya fue su divisa, y la de los suyos, en todos los gestos que protagonizó como presidente y antes: él quiere dominar el mundo entre risas, burlándose de los que no lo siguen, generando, en suma, una manera de ser nueva en Estados Unidos y en el mundo: la tentación cumplida de la maldad.
Burletero como es, recibe de sus correligionarios, los que lo siguen sin preguntarse por qué, mantiene la senda de los dictadores, a los que se conocen muy bien en todo el mundo, pues todo el mundo ha tenido sus propias dictaduras, con excepciones entre los que no está, por desventura, la propia historia de España.
Es un momento horroroso porque todas estas bravatas del vencedor norteamericano traen consecuencia de los dictados con los que hace unos años adiestraba sin recato su enviado especial a Europa, Steve Bannon. Éste aligeró al continente de algunas de sus convicciones y de ahí nació la horrísona abundancia de la ultraderecha política, y social, y educativa, que ahora sigue sin crítica ni autocrítica el grito fascista que ensayó, en uno de sus mítines, el ideólogo mayor de Trump: Elon Musk.
Es una época horrible, que a mi me tiene fuera de juego, porque ya afecta también al periodismo y a la discusión intelectual. En estos ámbitos prefieren, lamentablemente, cruzarse de hombros hasta que escampe y, con esa aplicación de la teoría de la relatividad, permitir un presente que parece hecho para que todo se queme, aunque parezca que nada está ardiendo.
Y está ardiendo todo. Lo que ha pasado en Valencia, aparte de las ya muy conocidas y terribles desgracias, es una señal muy significada del descuido nacional, reflejo por otra parte de este despilfarro ideológico en virtud del cual todo vale y también valen el insulto y la patada.
Ya que estamos en Valencia: ya se sabe, y se supo en seguida, qué hacía el presidente de la Comunitat cuando su tierra estaba siendo absorbida dramáticamente por la rebelión de las aguas. Él tenía apagado su móvil, por si lo llamaban, mientras ocurría el desastre mayor que ha sufrido ese hermoso país atormentado.
Cuando el presidente despertó a la vida diaria halló que ya estaba el desastre en marcha. Mientras tanto lo que hacía era convencer a una periodista de su tierra para que accediera al puesto de directora general de la televisión sobre la que él domina.
El bochorno que ha producido ese hecho, luego de que él declarara secreta la compañía que tuvo en aquel encuentro que lo mantuvo lejos de una realidad peor, es, desde el punto de vista de la ética, una burla al tiempo que vivimos, y que vivía precisamente Valencia en ese largo momento, infinito, de dolor y de lágrimas.
En este caso de Valencia parece que el porvenir de la mentira será corto. Esperemos. Pero el gran mentiroso, el sátrapa contemporáneo, Donald Trump, que ha sorteado tantas realidades insoportables, sigue andando como si no hubiera hecho nada para hacer, con sus mentoras, un mundo aun peor y mucho menos sabio, menos justo, mucho más ruin que nunca.
SALVADOR RUBIO
