CARGUITO Y COMPADREO
Preparado para el cargo? No importa, es de los nuestros

Hay cosas que no se deberían ni tener que explicar, pero aquí estamos. En pleno siglo XXI, con administraciones públicas que manejan presupuestos millonarios y decisiones que afectan la vida de miles de personas, todavía hay quienes entienden los cargos de confianza como si fueran premios de una tómbola política. Basta con ser afín, leal y, si puede ser, alguien que necesite un sueldo. ¿Méritos? ¿Formación? ¿Capacidad? Eso ya tal.
No se trata de despreciar ninguna profesión ni mucho menos. Toda labor digna merece respeto. Pero una cosa es desempeñar un oficio con honestidad y otra muy distinta es pasar de un entorno laboral sin relación alguna con la gestión pública a ocupar un cargo desde el que se asesora, orienta o incluso toma decisiones. Imaginemos que alguien sin estudios en Derecho, Economía, o sin experiencia en administración pública, entra a formar parte de un equipo municipal como cargo de confianza, con acceso a información sensible y poder de influencia. Es como entregar un bisturí a quien nunca estudió medicina, pero es muy simpático y se lleva bien con el director del hospital.
Este tipo de nombramientos, por desgracia, no son anecdóticos. Son síntoma de una cultura política que confunde la gestión con el amiguismo, la lealtad con la obediencia ciega, y el interés común con la nómina de unos pocos. No hablamos solo de un error de casting: hablamos de una falta de respeto a los profesionales que sí se han formado, a los funcionarios que sí se esfuerzan, y a los ciudadanos que pagan impuestos esperando seriedad.
¿Tan difícil es entender que un cargo de confianza no puede ser un parche laboral ni una salida para quien necesita un sueldo y tiene buenos contactos? ¿Y luego se preguntan por qué la gente desconfía de la política?
Los ayuntamientos no son agencias de colocación. Y gobernar no es repartir favores. Si no se recupera el principio básico de que quien ocupa un cargo público debe estar preparado para ello, seguiremos confundiendo la democracia con el compadreo. Y eso, lejos de fortalecer las instituciones, las arrastra al descrédito.
/VALSEQUILLO PAISAJES)
