NOS VIOLAN

myriamEn las sociedades supuestamente civilizadas que pueblan nuestro planeta, la violación sexual se considera un delito. Los motivos que impulsan a su comisión son tan dispares como los propios tipos de violador, pero en todos ellos subyace un trasfondo de violencia y superioridad machista, cuando no un más que probable complejo de inferioridad e incapacidad de aceptar una negativa. En nuestro país se cometen cerca de mil doscientas violaciones cada año, para las que en un treinta por ciento se recurre de uno u otro modo a las drogas. En un altísimo porcentaje de los casos, las víctimas optan por no denunciar los hechos y, aquí también, las razones son tan diversas como las circunstancias de las damnificadas. 

A veces es debido a un miedo paralizante. Otras, a causa de una profunda vergüenza. A menudo, por temor a las represalias. Y, en no pocas ocasiones, por una total falta de ánimo para enfrentar un doloroso e incierto proceso judicial. De modo que prefieren guardar silencio e intentar borrar de la memoria (por supuesto, sin éxito) el drama vivido. Con todo, es injusto culpabilizarlas por no dar el paso de relatar la tragedia sufrida. Bastante tienen con arrastrar los gravísimos traumas físicos y psicológicos que les han quedado como herencia. El fenómeno en cuestión se torna además especialmente repugnante cuando se lleva a cabo en el ámbito doméstico, siendo sus propias parejas quienes fuerzan sistemáticamente a las mujeres como forma «alternativa» de consumar una relación íntima. 

 

Por incomprensible que resulte, el número de violaciones con ayuda de un narcótico denominado burundanga están aumentando notablemente en los últimos tiempos. Se conoce también como escopolamina y está siendo administrada a jóvenes en pubs y discotecas, con el fin de abusar de ellas cuando abandonan los recintos de referencia. Por ser totalmente inodora, resulta sumamente sencillo camuflarla en cualquier comida o bebida, incluso en un pañuelo colocado en la nariz, dado que se absorbe muy rápidamente y su efecto es prácticamente inmediato. Efectos secundarios tales como la amnesia sobrevenida o una fuerte desorientación, compatibles con una excesiva ingesta alcohólica o de otras sustancias, son los más frecuentes y, como quiera que el organismo elimina dicho compuesto muy rápidamente, la tardía visita al hospital puede no ser efectiva de cara a una ulterior demostración probatoria. Asimismo, al no originarse una resistencia violenta como consecuencia de la afectación de la conciencia, no siempre quedan lesiones palpables que puedan alegarse como indicio.

Numerosos ataques se producen en pueblos y ciudades de toda la geografía nacional, coincidiendo a menudo con fiestas populares en las que, tristemente, el abuso del alcohol y los estupefacientes parece requisito sine qua non para el disfrute de las masas.  Con el ánimo de abordar esta repulsiva problemática, se celebra estos días en la isla de Tenerife el I Congreso de Ocio Nocturno, habida cuenta que este sector empresarial se encuentra totalmente comprometido en la lucha contra las agresiones sexuales y los comportamientos sexistas. En este sentido, destacan medidas como la implementación voluntaria de mecanismos de prevención o la colaboración con diferentes Administraciones Públicas para el desarrollo de programas y medidas que pongan fin a esta lacra social. Una lacra que se extiende sobre un perverso escenario diseñado para la impunidad de sus actores principales, abonados a una siniestra operativa consistente en ir turnándose por riguroso orden de ignominia en cada uno de los pasos necesarios para perpetrar la salvajada. Se abre el telón y uno droga, otro viola y un tercero, a veces, graba la proeza. Y, si hay alguno más entre el público, aplaude y jalea las embestidas de las fieras. El probable destino de la filmación será algún grupo de WhatsApp o similar donde puedan alardear de hombría delante de sus colegas, ahora que las redes sociales se están transformando en auténticos vertederos de palabras y de obras. Mientras tanto, esas mujeres a las que han convertido en unas piltrafas jamás volverán a ser las mismas. Y se cierra el telón.

MIRYAN Z. ALBÉNIZ

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