EL PERINQUÉ: LAS HUELLAS DEL CAMINO

El aroma del pan recién hecho se extendió por todo el barrio, dulce, tibio y ligeramente tostado. La corteza crujiente de la mañana tenía un sentido.
_Un nuevo amanecer_
Pipo el chico de la panadería López olía a hogar.
Corría la década de los setenta.
La cara imberbe y el pelo casi afro. Un joven Pipo participó de la transformación social de su pueblo como en el proceso de hacer pan: Mezclar los ingredientes, amasar la masa y dejarla fermentar.
Darle forma, hornear y enfriar.
Y aún hoy comemos de esa hornada.
El joven panadero eligió ser profesor.
La vocación era enseñar.
Le sorprendía la transformación de las mentes de las que también aprendía.
La capacidad de pensar.
_La educación es el único arma capaz de cambiar el mundo_ diría Mandela.
Y se enorgullece de haber dado clases a tres generaciones en el mismo instituto donde estudió. El J. Arencibia Gil de Telde.
En aquellos primeros años de democracia, todo estaba por hacer. Las familias eran humildes. Un falso adjetivo para sofisticar la escasez.
_Mi tía no tenía hijos y me dio estudios_. Recordó.
¿O sería la energía de las casas mágicas?
Las casas baratas de Valsequillo, donde creció, no eran gratuitas ni regaladas, eran baratas y mágicas.
Unos edificios bajos donde se albergó una nueva mentalidad. En ese lugar, como si fuera un episodio de Harry Potter, bullía un nuevo horizonte.
Por poner un ejemplo, de la calle Isla de Lanzarote, zaguán 1,3 y 9, salieron tres alcaldes.
El chico de la panadería López, sería uno de ellos.
Y dejó huella en su camino.
_Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar_ (A. Machado)
Pipo López, premio honorífico 20ª Edición de la Farándula 2026.
REYES BOLAÑOS


