NOTICIAS LOCALES

MÁS QUE UN RETRATO

Vuelven las tertulias del Club de Lectura Hypatia para desmenuzar, una vez más, la literatura de todos los tiempos. Y en este final de verano hace una apuesta magnífica por uno de esos clásicos que nunca envejecen: El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Un amplio círculo de lectores disfruta ya de su afinada lectura, preparando ese encuentro donde volverán a cruzarse las interpretaciones, las preguntas y las distintas miradas que siempre despierta una gran obra.

Más que un retrato

Como bien apuntó Julio Gómez de la Serna en aquellas palabras que acompañaban El retrato de Dorian Gray, llega un momento en la vida en que uno dobla una especie de cabo de Buena Esperanza, después de haber atravesado unas cuantas borrascas, y comienza a mirar las cosas de otra manera.

Quizá ocurra a partir de los cincuenta.

La experiencia despierta entonces una lucidez distinta y, en esa búsqueda de nuevos placeres literarios, uno termina recurriendo al sabio proverbio del conocido, aunque en este caso me permitiría transformarlo: más vale un buen clásico conocido que tanto libro malo por conocer.

Porque los clásicos casi nunca fallan.

Lo maravilloso es regresar a ellos muchos años después y descubrir detalles que pasaron inadvertidos en las primeras lecturas. No cambia solamente el libro: hemos cambiado nosotros. Las palabras siguen ocupando el mismo lugar sobre el papel, pero ahora llegan cargadas de otras experiencias, otras pérdidas, otros deseos y una capacidad diferente para interpretar aquello que el escritor dejó escondido entre líneas.

Eso me ha ocurrido al regresar a Oscar Wilde y a su extraordinario Retrato de Dorian Gray.

Wilde parecía convencido de que el arte debía sostenerse por sí mismo. Lo dejó escrito con extraordinaria provocación en el prefacio de la novela: no existen libros morales o inmorales; existen libros bien o mal escritos. Aquella declaración encerraba ya buena parte de su desafío a la sociedad que le había tocado vivir.

Y vaya sociedad.

En aquella Europa de luces y sombras, la rígida cultura victoriana alimentaba unas apariencias donde el cumplimiento de las normas, la moral pública y el respeto social convivían demasiadas veces con deseos que solamente podían expresarse en privado. Bajo la corrección de los salones, las tertulias y las buenas maneras se escondía una sociedad mucho más compleja, cargada de contradicciones.

Precisamente ahí encuentra Wilde el terreno perfecto para sembrar su historia.

En medio de esa atmósfera aparece Dorian Gray, el radiante adolescente, poseedor de una belleza capaz de alterar la temperatura de una habitación. Basil Hallward queda fascinado por él y decide pintarlo. Pero alrededor del lienzo comienza inmediatamente otra pintura, mucho más peligrosa: la que Lord Henry va componiendo con las palabras.

Porque en esta novela se pinta con pinceles, pero también se pinta hablando.

Y quizá las palabras de Lord Henry sean todavía más poderosas que los colores de Basil.

Sus conversaciones poseen una capacidad extraordinaria para sacudir el aire. Habla del placer, la juventud, la belleza, el deseo y la libertad con una brillantez seductora. Sus ideas parecen perfumes que se extienden por la habitación y terminan impregnando al muchacho. Dorian escucha y descubre de pronto la tragedia que hasta entonces ignoraba: aquella belleza que todos admiran desaparecerá algún día.

El retrato, en cambio, permanecerá joven. Ahí nace la paradoja.

Dorian contempla el cuadro y desea exactamente lo contrario: que sea el lienzo quien envejezca mientras él conserva intacta su juventud.

Y el deseo se cumple.

A partir de ese momento, Wilde deja de contarnos únicamente la historia de un joven hermoso. Nos introduce en algo mucho más profundo: el combate entre la apariencia y la conciencia.

Dorian continúa mostrando al mundo un rostro limpio, luminoso, casi inocente, mientras el cuadro comienza a cargar con el peso de sus actos. Cada exceso, cada perversión y cada herida moral van dejando señales sobre aquella pintura escondida.

El hombre permanece bello. El retrato dice la verdad. Y ahí encuentro la verdadera genialidad de Wilde.

Todos conservamos alguna clase de retrato interior.

No cuelga necesariamente de una pared ni envejece encerrado en una habitación, pero almacena aquello que hemos hecho, aquello que hemos sido y también lo que alguna vez intentamos esconder. Podemos maquillar la apariencia, contar nuestra historia de otra manera o conseguir que los demás continúen viendo en nosotros una imagen aceptable. Pero siempre queda algún lugar donde la verdad guarda sus propios colores.

Por eso El retrato de Dorian Gray es mucho más que aquella magnífica historia fantástica que uno puede leer siendo joven.

Cuando regresamos a ella después de haber doblado unas cuantas curvas de la vida, el cuadro comienza a significar otra cosa.

Ya no miramos solamente la juventud de Dorian. Miramos el tiempo. La vanidad. El deseo.

La influencia que unos seres humanos ejercen sobre otros. La belleza que desaparece, la conciencia que permanece.

Y esa tremenda contradicción de querer conservar eternamente algo que precisamente tiene valor porque sabemos que terminará desapareciendo.

Wilde consiguió envolver todo aquello en conversaciones maravillosas, frases que todavía hoy sacuden el pensamiento y una seducción literaria que convierte la perversión, la belleza y la decadencia en materiales de una misma obra.

Una literatura capaz de dejarnos esa sensación que solamente producen determinados clásicos: cerramos el libro, pero el libro no termina de cerrarse dentro de nosotros.

Quizá por eso, cuando volvemos a Dorian Gray muchos años después, descubrimos que el verdadero retrato nunca estuvo solamente colgado en aquella habitación.

El verdadero retrato termina siendo el nuestro.

Feli Santana

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.