JUAN EL LARGO , AQUEL MUCHACHO QUE LLEVABA VALSEQUILLO EN LA CABEZA Y LA FIESTA EN EL CORAZÓN

Hoy, leyendo un artículo de Romén en El Naciente, me puse a pensar en su padre y, casi sin darme cuenta, con las fiestas de nuestro San Miguel ya rondando por ahí y algunos recuerdos de aquellos años dándome vueltas en la cabeza, terminé escribiendo estas líneas.
Porque hay personas que uno recuerda y ya está. Y después están las que, cuando te acuerdas de ellas, te vienen de golpe un montón de momentos, de risas, de cosas que hicimos y de aquella época que vivimos, Juan el Largo era de esos.
Han pasado ya catorce años desde que se fue y, mira tú por dónde, ahora empiezan a encajar algunas cosas que entonces simplemente vivíamos. Juan era un hombre alegre, campechano, de tenderete, de fiesta y de cualquier jolgorio que se pusiera a tiro. Pero también estaba metido en las cosas de su pueblo, en la cultura, en la política municipal y en todo aquello que por aquellos años nos movía la cabeza y nos daba ganas de hacer cosas.
Y hay una cosa que cuenta Romén en su artículo que me hizo gracia, que él mismo tardó bastante en enterarse de que su padre había estado metido en la creación de La Suelta del Perro Maldito se enteró por la calle.
Eso era muy de Juan, hacer las cosas y no andar después contándolas por ahí ni poniéndose medallas, y de verdad hacer hizo unas cuantas.
En aquellos tiempos había ganas de mover Valsequillo, de cambiar cosas, de darle vida al pueblo. De ahí salieron la Suelta, el Guateque de los 60 y otras historias que quién lo iba a decir entonces, todavía forman parte de la memoria de nuestro pueblo tantos años después.
Y Juan estaba en medio de aquello, además tenía otra faceta que yo recuerdo muy bien, dibujaba del carajo.
Me acuerdo de una tarde, siendo nosotros bastante jóvenes que nos vinimos a mi casa con Domingo y en mi habitación, se pusieron delante de la pared blanca y me dibujaron un drago y un retrato del Che Guevara, en blanco y negro, a carboncillo. En aquellos tiempos esos símbolos decían muchas cosas. Pero lo que recuerdo es a Juan y a Domingo dibujando como si aquello fuera lo más normal del mundo, les salia de forma natural.
También andaba metido en la música y algunas letras de las canciones de Almogaren salieron de su mano. Porque allí había que hacer de todo, escribir, cantar, dibujar, organizar, inventar… y ahí Juan estaba en su salsa.
Y lo bueno es que no recuerdo a Juan como un tío solemne, ni de lejos.
Podías estar hablando con él de Valsequillo, de política, de cultura o de cualquier problema del pueblo y al rato, estar de tenderete, echándote unas risas y viendo cómo la cosa se iba alargando y eso también era Juan en esencia.
Comprometido, creativo, con sus ideas muy claras, pero sin esa pose de quien parece que está haciendo algo importantísimo.
Y hay una frase que cuenta Romén de su padre que, para mí lo retrata bastante, «estás demasiado encantado de conocerte, Romén. Afloja un punto». Eso es muy de padre, pero también muy de Juan, decir las cosas claras, sin mucho adorno y si podía ser con un poco de retranca.
Y ahora que lo pienso, si Juan estuviera por aquí y nos oyera hablando de su legado, de la Suelta, de Almogaren, de sus dibujos y de todas estas historias, probablemente nos mandaría a al carajo y diría algo como:
¡Chiquillos, déjense de tanta bobería y vayan a echarse algo! …Y, coño, me parece una manera cojonuda de recordarlo.
No hace falta ponerlo en un pedestal. Juan era Juan. Un tío alegre, creativo, comprometido con su pueblo, amigo de sus amigos y con una querencia importante por el jolgorio y el tenderete.
Y quizá lo mejor de todo es que no necesitaba echarse flores.
Las flores, con el tiempo, se las ha ido echando Valsequillo.
(Gracias a Hermann Hellbusch por las fotos)
MIGUEL MONZÓN
