EL PERINQUÉ: JUAN «EL LARGO»

La mañana era fresca en el centro y el cortado leche y leche reposaba sobre la mesa.
En otra época estaría ojeando la prensa escrita, con sus letras negras sobre papel periódico, ese tipo de papel no estucado, poroso y de bajo costo, diseñado para la impresión rápida de publicaciones de corta duración: La noticia.
Un papel que, el día después, tenía una misión superior: Recoger excrementos en las jaulas de pájaros o limpiar cristales de oficinas.
Esa mañana, a causa de que ya no era posible tener pájaros en las casas, y la prensa escrita perdió su sentido, ojeaba internet.
Y no es lo mismo. El esfuerzo de cribado, _esto es mentira, esto bulo, esto posible_, es un sopor.
Y mientras estaba en esas, se sentó a la mesa un tal Juan apodado «el Largo».
Yo no lo conocía, y si soy sincera, casi no lo conozco. Osea, quiero decir, que a mi lado esa mañana se sentó una presencia: Un ser, un ente, una historia. Pero tan real y tan místico a la vez, que sin ser horas mañaneras para filosofar, un déjame pensar qué está pasando aquí, si me dió.
Juan «el Largo» no dio tregua a pensamientos.
_Amiga_ me dijo, _Balón al piso. Una cosa a la vez. O me pones atención o te dedicas a marrullarte la cabeza. Las dos cosas, no_.
Y como era oportunidad única la de hablar con una presencia: _Te pongo atención_ zanjé.
_Pues pídeme un cortado que no me ven_ dijo.
Y allí estaba yo, con dos cortados, y una voz.
Juan el Largo me contó las mil y una ideas que tenía para el pueblo.
_Ahora que parece que gobiernan los que tienen sombrero y cabeza._.
Me contó que el centro estaba deslucido, que ahí iban unas esculturas. _Manolín con la guitarra, Paco el Toro con la Suelta, Agustín con un libro_. Y otros reconocimientos de justicia.
Y me contó cómo fue la semilla de la música, cómo se unieron los jóvenes, me contó alegrías y algunos sinsabores. Me contó los inicios de Almogaren, la fiesta de los sesenta, la noche del pureta y lo mucho que le gustó la Parranda.
Un parloteo en cascada, un manantial de ideas fluidas, nuevas maneras de chisposos planes.
Yo le escuchaba entre extasiada y maravillada, rezando para que aquello no fuera locura.
En ese instante, apareció caminando al paso, el fotógrafo, escritor y artista Hermann Hellbusch.
La presencia se revolvió en la silla y dio un golpe en la mesa, le gritó: _Contigo quería hablar yo_
Hermann me saludó sin reparar en la silla vacía.
_Todavía no me olvido, Hermann_ le soltó y notando que aún no se hacía oír, le espetó:
_¡No hay huevos para montar la Contraparranda!


