CUANDO LAS CAMAS DAN VUELTAS

En esta anécdota voy a omitir el nombre del protagonista, por la posibilidad de que alguien se pueda sentir ofendido. Digamos, por ejemplo, que el susodicho era un bebedor habitual; digamos además que procedía de un pago lejano; digamos incluso que era de carácter revenido, aunque buena gente si se le trataba.
El hecho es que una noche de verano, en la Plaza de Tifaritti, nuestro hombre se encontraba pintón y hablador. Algunos ya huían de él, pues lo conocían y sabían que era un poco pesado, rozando lo incómodo. Pero, como quiera que fuera, al no estar yo atento y al irse marchando la concurrencia, puso su foco en mí y me tocó aguantar la vela por no hacerle un feo. Para esas cosas, en ocasiones empatizo más de lo que debería y aguanto lo que no debería…
En fin, por seguir con el relato, empezó mi hombre a contar anécdotas de sus parrandas de juventud. Yo lo atendía sin estar presente, entre esperando que alguien me rescatara o que yo pudiera escabullirme saludando a algún paisano que tuviera a bien pasar por mi lado. Pero no ocurrió nada de eso. Por el contrario, empecé a atender la anécdota que me estaba contando y fui centrando mi atención en el relato.
Describió su habitación de joven, en la que tenía una viga de tea a modo de poste en el centro de la estancia, y las camas de él y de sus hermanos rodeando la habitación. Me contó de una borrachera que se había cogido tan grande, tan grande, tan grande, que cuando se asomó a su dormitorio se agarró al marco de la puerta y, mirando al interior, vio cómo todo daba vueltas alrededor del poste de tea. Veía las camas girando por la habitación una y otra vez.
¿Y qué pensó mi hombre?
—Cuando pase la mía, me tiro…
Y así hizo, con tan mala suerte que se comió el poste de tea. Con lo cual, además de la resaca, acabó con una costura en la frente.
En ocasiones, una anécdota te aparece donde menos te lo esperas…
Hermann Hellbusch
