LA PALMA: ESENCIA Y TRADICIÓN

Pocas veces nos sentimos atrapados en un escenario tan particular, una isla del Atlántico con tal caudal de historia y esencia que atrapa al visitante por su instinto de naturaleza indómita y espectacular. Si ya los consejeros turísticos la bautizaron como la isla bonita, nadie puede conocer esta perla sin volver y andarla una vez más: Escudriñar sus rincones, su arquitectura, su paisaje, su bosque milenario, sus montañas escarpadas de vegetación espectacular, sus sembrados de dragos sobre acantilados que acongojan; volcanes que eructan aún sus digestiones internas.
La Palma es mucho más que la isla verde y bonita. Es una isla de plataneras canarias, que terraza a terraza mira al mar sobre el verde de sus laderas, dibujando abajo el azul romántico del Atlántico, que esboza la espuma blanca que nace golpeada sobre su costa milenaria y volcánica.
El bosque mágico de sus montañas es manantial de exuberancia que juega con las nubes para proteger la tierra, internarte en su oscuridad y dibujar el cielo que apenas filtra la luz por entre sus ramales inmensos que cuelgan agarrándose de la fortaleza del maná de la tierra y la abundancia de su vida. Volverte a ver en la esencia de tus días; en el fluido de tus charlas.
El pueblo antiguo está ausente, ahí queda su esencia; su cariño y cuidado, sus casitas pintadas; sus fachadas coloniales de un pasado caribeño, su colorido particular y sencillo, que resalta sobre el verde intenso de la foresta y hace nacer el milagro de su idiosincrasia; en sus perfiles se trazan mil líneas y cuadrículas se resaltan sus encantos desde el tejado a los pretiles de las ventanas siempre descolladas de esencia pintoresca y colonial.
La Palma exhibe a gritos el silencio y la grandeza de su bosque milenario, resuelve con enfado los excesos de una tierra calcinada; que late su fuerza con la gracia del volcán, que busca un hueco en la piel de su isla para defender sus estragos y miserias.
La Palma es una isla de cielo, que bajó a la tierra para exhibir la fuerza de su naturaleza milenaria, su fuerza titánica de supervivencia y la manifestación de sus tradiciones en la esencia profunda de sus sentimientos, atrapados en el juego del alisio perenne: La montaña gigante, el acantilado protector; el fuego latente a su piel y ceniza, el universo de su corazón de estrella traslúcida; ninguna visita es más entrañable que volverte a descubrir y saborear; tus delicias de anfitriona poderosa de razones y elegancia.
La Palma siempre obliga a bajar a la humildad y fuerza de la vida en la tierra.
FELI SANTANA





