LA EMPATÍA EMPIEZA EN UNO MISMO
La empatía no empieza en el otro, empieza en uno mismo

Durante mucho tiempo creí que ser empático era ponerme en el lugar del otro para sentir lo que el otro siente. Entenderle a fondo.
Lo repetí, lo enseñé, lo traté de aplicar…pero sentía que algo fallaba, hasta que la vida, con sus propios caminos, me hizo parar y cuestionarlo.
**¿Realmente puedo ponerme en el lugar de alguien que no soy yo?
**¿Puedo, desde mi historia, mis heridas y mi forma de ver, entender e interpretar el mundo, sentir lo que el otro siente o lo que el otro vive desde la suya propia ?
**¿Es la empatía – entendida como la capacidad de ponerse en el lugar del otro para comprender lo que siente – real o es una quimera ilusioria?
Con honestidad, no. No puedo. Nadie puede. No vivimos lo mismo, ni lo sentimos igual.
Podemos llegar a comprender como sus emociones le pasan factura y le condicionan fruto de su historia personal. De su mochila. De su viaje.
Una misma experiencia puede suponer un trauma para unas personas y que no lo superen, mientras para otras persona es una transformación completa de su vida…..
Cuando imagino un experiencia vivida por otro, activo en mí una irrealidad imaginativa que confundo con la realidad vivida por el otro, que me sirve para creer que soy empático.
Pero honestamente, es solo mi imaginación la que se puso en marcha.
Aunque hayamos pasado por experiencias similares, cada uno carga con una historia distinta, con una mochila emocional propia que cambia totalmente el significado de lo que nos ocurre.
Lo que sentimos no depende solo de lo que vivimos, sino de cómo lo interpretamos, de qué heridas toca eso en nosotros, de qué hemos podido elaborar y qué no.
Lo que sí puedo hacer —y esto me ha llevado años entenderlo de verdad— es aprender a acompañar sin invadir. Estar presente sin querer “arreglar”.
Escuchar con atención sin tener que dar consejos. Sostener sin tener que interferir en los aprendizajes ajenos que el otro necesita para su progreso y avance.
Para eso he tenido que aprender primero a estar conmigo. Reconocer mis emociones, permitirme sentir sin juzgarme, tratarme con bondad cuando estoy roto, confundido o cansado.
A entenderme y respetarme en mis límites, mis caídas, mis contradicciones. Porque si no soy empático conmigo, ¿cómo puedo serlo con otro ser humano?
Si no me escucho con compasión, ¿cómo voy a escuchar a alguien más desde un lugar limpio?
Si no me respeto, ¿cómo voy a sostener una relación desde el respeto mutuo?
Lo he vivido muchas veces, querer ayudar al otro sin haberme ayudado antes a mí, querer comprender lo que el otro vive mientras ignoro mi propio dolor, querer ser luz para alguien cuando ni siquiera me he permitido mirar mi sombra.
Lo cierto es que la comprensión no siempre significa justificación.
Comprender por qué alguien actúa como lo hace no significa que tengamos que tolerarlo todo ni excusar reacciones destructivas.
Comprender es mirar con profundidad, no con permisividad. Poner límites también es una forma de cuidado.
Cuando educamos a los niños diciéndoles que “tienen que ser empáticos”, sin enseñarles primero a identificar lo que sienten, a sostener su propio mundo emocional, a respetarse y valorarse por quienes son, les estamos pidiendo que se vuelquen hacia fuera sin haber aprendido a habitarse por dentro.
Así creamos adultos que se desbordan acompañando a otros mientras se abandonan a sí mismos.
Hoy tengo claro que la base de cualquier relación sana, sea personal o profesional, es el respeto profundo.
Ese respeto empieza en uno. Si no hay un vínculo amable conmigo mismo, lo que ofrezco al otro estará contaminado por exigencia, por necesidad de validación, por miedo a ser rechazado, por culpa… Eso, a la larga, desgasta.
No se trata de dejar de sentir con el otro, ni de desconectarnos. Se trata de no perdernos en el intento de entender lo que no nos pertenece. De acompañar con humanidad, no con idealización.
Es mirar al otro como un mundo distinto al mío, no como una prolongación de lo que yo creo o necesito que sea.
Porque la empatía real, la que se practica, nace del silencio interior, del cuidado propio, del respeto hacia lo que uno es y hacia lo que el otro es. Sin confundirlo, ni ocuparlo. Solo así podemos estar de verdad. Sin ruido. Sin disfraz. Sin juicio.
En ese espacio, a veces tan simple como una presencia serena, nace algo mucho más poderoso que la empatía idealizada.
Aflora la compasión consciente, que no busca imitar el dolor del otro, sino acompañarlo desde la dignidad compartida de ser humanos.
Ricardo González Roca Fonteneau
