A LO HECHO, PECHO
Casi un cuento…..

Por razones de todos conocidas periódicamente tengo que acercarme a Las Palmas capital, aunque más exacto sería decir Las Palmas hospital, ya que al convertirme, sin desearlo ni pedirlo, en asiduo y ferviente visitante de tan importante institución, me veo obligado hacer acto de presencia al menos de cuatro a cinco veces al año como poco. Y aquel día que nos ocupa y nos trae aquí ahora, tocaba.
Por regla general y desde que tomé conciencia de que deberíamos contaminar menos, respirar mejor y vivir, en la medida que el sistema y tu temperamento te lo permita, lo más relajado y despacio posible, me he acostumbrado a dejar el coche en cualquier sitio o aparcamiento de Telde y dirigirme a dicha capital en guagua, o sea, en los denostados y vapuleados, injustamente, transportes públicos. No es una gran contribución por mi parte al medio ambiente, sea dicho, pero si le añadimos algo de reciclaje, no ensuciar el entorno, no tirar trastos ni arretrancos en cualquier lugar, cuneta o barranquillo isleño…y, lo que es más importante y difícil, consumir lo estrictamente necesario, creo que nos podemos ganar un trocito de ese paraíso soñado, ¿no?
Y pueden creerme si les digo que con este simple gesto o guineo de dejar el coche a medio camino me permite disfrutar de lo lindo, porque evito la amargura de los interminables atascos y colas en carretera, la angustia de encontrar o no aparcamiento, la tensión y ansiedad que supone conducir con tanta presión automovilística… Al tiempo, que puedo ir, como quien no quiere la cosa, observando nuestra riquísima y variada fauna humana (ya que la flora, como la sequía y la desidia administrativa continúe, será imposible contemplarla), que no me negarán que no es un placer, sobre todo escuchar sus conversaciones, que cada vez van a menos, con todo esto de las dichosas máquinas y, lógicamente, siempre que estas tengan jango y sean de fundamento, claro está. Pero más que nada disfruto contemplando y saboreando la visión del mar y de la playa de La Laja, que en el imaginario colectivo, particularmente de los grancanarios, nunca ha gozado de buena prensa, puesto que siempre ha tenido un no sé qué de oscuro y siniestro, tal vez por aquello de la Mar Fea, que se decía que por allí arrojaban o aparecían flotando los cadáveres asesinados por los franquistas durante y después de la Guerra Civil Española o porque siempre se ha dicho que es una playa con mucha corriente y traicionera la muy jodía. Sea como sea, la panorámica de esa parte del “sonoro Atlántico” que dijera o cantara el gran Tomás Morales, siempre me ha parecido espectacular. Contradictorio que es uno, supongo.
Dicho lo cual, aquel día, quizás porque salí tarde de casa o porque tenía otros asuntos entre manos, llegué con la Berlingo (la Berly para los frikis de mis hijos) hasta el insular. Recorrí los aparcamientos únicos y habidos al aire libre, pero estaban a tope, repletos. Ya me dirigía al subterráneo del materno cuando en la misma recta que separan a estos de los hospitales alguien me hizo señas para indicarme que había un espacio libre a su altura, entendí. La persona en cuestión era uno de los aparcacoches improvisados y medio clandestinos, por lo que tengo entendido, que se buscan la vidilla por aquellos alrededores. Nada que objetar: ellos se ganan unos eurillos y nosotros resolvemos, a veces, el problema que dicho acá entre nos, se ha vuelto irresoluble. Demasiados coches y menos Homo Sapiens y de los otros, para un espacio tan reducido y tan falto de recursos, desorganizado y deteriorado como el nuestro.
No terminé de aparcar y darle el consabido euro a mi hombre cuando me largó que por 10€ me dejaría el coche tan limpio y reluciente como los chorros del oro. Me quedé un poco confuso y sorprendido, sobre todo por la metáfora o comparación, a ver si tenemos aquí un poeta o literato sin saberlo, pensé con cierta sorna, al tiempo que me pasó por la cabeza también que el hecho de que sea lumpen o jacoso, como lo llaman los jóvenes, término que no me gusta nada, no tienen por qué ser mal hablados ni unos burros, para entendernos. A fin de cuentas, hablar bien es más una cuestión cultural y ambiental que de clase o de privilegio social, carajo. Pero los prejuicios son el demonio, nos puede y nos limita y nos vuelve mezquinos y ranciosos a más no poder.
Y quedé indeciso porque, aunque la furgoneta estaba pidiendo una manita de agua y jabón a grito pelado, no estaba en mi cabeza dicho tema en ese preciso momento, además, me parecía una exageración la oferta, pero ese día debía sentirme filántropo o capitalista, ya que ni corto ni perezoso le dije:
-Ocho euros y no se hable más.
Me preguntó que cuánto tiempo estaría en consulta.
-Calculo que entre hora y media a dos horas- le contesté.
Me aclaró que él se tendría que ir antes, pero que de todas maneras había tiempo más que suficiente para una cosa y otra. O mejor, ni para una cosa ni otra, comprendí después.
-Bueno, entonces lo que hacemos es que te pago ahora y así no tenemos que esperarnos: ni tú a mí ni yo a tí. Aunque me tienes que prometer que cumplirás con lo acordado.
-Faltaría más. Quien me conoce sabe que soy de fiar y si no puede preguntarle a aquellos dos que están allá enfrente lavando aquel Ford rojo de quién soy yo.
Lógicamente no les pregunté pero sí les eché un vistazo y…menuda pinta.
Y así, sin más traspuse a la mentada consulta, porque intuía que ya se me estaba haciendo más tarde de los previsto. No hubiera encarado con la entrada principal del Insular y tomar algo de resuello cuando caí en la cuenta de la metedura de pata o gilipollez que acababa de cometer.
– ¿Cómo se me ocurre pagarle a alguien que no he visto en mi puñetera vida antes de terminar la tarea? Eso no lo he hecho nunca ni con las gentes de confianza. Me estoy volviendo viejo y ni la malicia ni los reflejos son los de antes. Me cago en la mar salada. Chiquita montá me va a pegar este pedazo de carnero, rumiaba para mis adentros con rabia al tiempo que, como toda naturaleza confiada, no perdía la esperanza de que este muchacho no fuera tan pícaro ni maldoso como para jugársela al hijo de Mariquita, o sea, a mí. ¡Cantares, malagueñas!
A la hora y media, como tenía previsto, terminó la visita con el médico y me dirigí a donde mi auto, la Berly, y allí estaba, intacto, pero tan sucio como siempre o más (había calima), junto a su propietario que a partir de entonces era ocho euros más pobre, o mejor dicho nueve, si contamos el euro del aparcamiento. Mirando a ninguna parte o a los celajes, sospecho, tratando de buscar una explicación que no encontraba por ningún lado, lo mismo que a su sagaz timador que lo encontraría menos, y con un sentimiento de abandono y orfandad del copón, del que aún a día de hoy no me he recuperado del todo. No tanto por el dinero en sí, que también, que aunque los que somos algo manirrotos los justificamos todo con aquello de que me echo la cuenta de que me corrí una juerga del carajo y tal, o algo por el estilo, sino por el hecho de haber sido engañado o timado de una forma tan ingenua e inocentona. Vamos, como un niño pequeño, y eso jode…
Como ya por muchas vueltas que le dé al asunto no tiene remedio y solo queda resignarse y nada mejor que tirar del refranero popular, que en estos casos es el consuelo de tontos, lo que el paracetamol es al remedio de los incautos: un simple placebo que sirve para todo y para nada.
A estas alturas de la narración solamente decir que a lo hecho pecho y pensar que a lo mejor mis nueve euros sirvieron para que mi hombre ese día pudiera comerse un bocadillo como Dios manda. Comprarle alguna chuchería a sus hijos (si los tiene). O qué sé yo, o sencillamente comprarse un canuto y fumárselo a mi salud, que bastante falta me hace, lo de la salud, entendámonos.
En fin, que haga lo que le venga en ganas y hasta donde le llegue los nueve euros, que tampoco es un capital como para tirar voladores ni estallar demasiadas sopladeras, aunque a mí el muy hijo de su madre me dejó rascado como a un piojo. Pero lo dicho y repetido: a lo hecho, pecho.
Y más cuidado para la próxima vez.
Tenteniguada, agosto de 2024.
Lelo
