HACIENDA LOS MOCANES

Y en la sutil belleza del valle, una abeja encontró un vergel y con la cabeza llena de polen voló por el prado encantado, sucedió que las flores amarillas se amontonaban en los pasillos y taludes, contagiadas y borrachas de tanto color y este mensaje de aromas hasta el enjambre llegó.

Y poseída de un extraño pensamiento, corrió y gritó. El paraíso compartir quiero es un inmenso mar de margaritas, las que llenan las haciendas, que suben las retamas y revuela en los pinares. Los olivos enmudecen con el verde emocionado del color, un invierno errante que rebrota hasta la saciedad, que pone a los insectos a trabajar a destajo, con el tiempo a su favor.

Arriba en el Paso la Mula, el frío se cobija en las cuevas, antes de subir la Cañada de las Mimbreras y en los andenes de los riscos Culatones los guirres preparan el festín de la primavera, y por las sendas zampando van las ovejas con cencerros, que tilintean  sus campanas con el triste sonido que tranquiliza a los perros, mientras las mariposas juegan al parchís con las hojas que sacuden gotas de agua, tocan con su nariz el rocío que les regala.

Y en el cercado viejo, una hoz bajo una piedra espera al pastor muerto que algún día la recupera, allí la escondió una tarde, para volver al tajo mañana, sin saber que en su ventana la muerte le esperaba. serena la brisa pasa y dulce su melodía, brinda cascadas frías que tiritan las cortezas, más en su danza advierten con firmeza y alegría. Y quiero también decir, que días tan generosos son espejo de nuestros gozos.

Que alguien deje pasar el rocío, que hoy por undécima vez bate de aspersión la cara de estas montañas sagradas, que descansan sobre mi almohada, mientras en un vuelo de cernícalo brilla la luz en la vida, tanta belleza escondida cerca de mi ventana, si volviera a nacer aquí volvería a vivir, tanta paz que regala, que no cese su existir, ni que modifiquen tu estampa.

Un pájaro carpintero machaca el tronco de un almendrero, está tan entusiasmado que hasta una estrofa a entonado y repite con osadía hasta encontrar la melodía, ahora no pierde el tino, pues aunque no es un pájaro fino, se siente como un jilguero, la vida en las haciendas es tan dulce como la tierra que la cobija, tan hermosa como las flores que la decoran, tan silvestre, como sus tierras agrestes, de tan extraña magnitud que su alma se manifiesta con virtud.

Y entre estaciones y cambio, en silencio yo escudriño y me siento como un niño cuando retoza el corazón, feliz esta suerte mía escuchar con melancolía los secretos de la tierra que desde ese alma que encierra se manifiesta en esplendor. Vaya suerte sin desmanes, inspiración y poesía vivir cerca de la Hacienda de los Mocanes y respirar esta sintonía.

FELI SANTANA

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