Proyecto Surcos

YO NACÍ EN MANOS DE LOLITA LÓPEZ

Antes de la década de 1960, la falta de una red hospitalaria pública hacía que la mayoría de los partos ocurrieran en los hogares, salvo complicaciones graves que se derivaban a centros benéficos o privados como el Hospital de San Martín, la Clínica de Lugo o San Roque. En este contexto, las parteras empíricas eran la columna vertebral de la demografía canaria. Sin formación académica pero con conocimientos transmitidos de generación en generación, combinaban la práctica obstétrica con medicina popular, masajes y rezos. Además, ejercían un rol comunitario fundamental: el parto era un evento vecinal señalizado con elementos como sábanas blancas, y la partera no solo asistía el alumbramiento, sino que permanecía días cuidando de la madre y el recién nacido. Aunque gozaban de una autoridad incontestable en la comunidad, trabajaban en extrema precariedad económica, cobrando habitualmente en especie.

A partir de 1940 y 1950 se intentó regular su actividad en favor de las matronas tituladas y los médicos. Sin embargo, su presencia fue indispensable hasta los años 60 y 70 en zonas rurales aisladas de medianías y cumbres donde la falta de carreteras impedía el traslado a la capital.
El modelo asistencial dio un giro definitivo con la apertura del primer hospital general público, la Clínica del Pino en 1964, seguido por el Hospital Insular en 1971 y la posterior unificación en el Hospital Materno Infantil en 1982, centro que pasó a centralizar la mayoría de los nacimientos de la isla. Si bien la institucionalización y centralización de los partos por parte de la Seguridad Social redujo la mortalidad gracias a los avances médicos, también conllevó la invisibilización del saber tradicional de las parteras, cuyo papel histórico quedó relegado al olvido.

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