HASTA SIEMPRE, LELO

Hay silencios que pesan.
Y hoy, en Tenteniguada, hay uno de esos silencios que se meten por los barrancos, que suben por los caminos y que se quedan agarrados al pecho.
Porque se nos fue Miguel del Pino Monzón. Se nos fue Lelo.
Y decir eso cuesta. Cuesta porque hay personas que uno siempre creyó que iban a estar ahí. Como los riscos, como los almendreros cuando florecen o como las tertulias de la plaza cuando cae la tarde.
Lelo era de esos hombres que parecen formar parte del pueblo.
No solo porque hubiera nacido aquí, sino porque dedicó su vida entera a querer esta tierra de verdad. No de palabra, que de eso hay mucho, sino de obra. De las que dejan callo en las manos y huella en el corazón de la gente.
Fue carpintero. Y qué bien trabajaba la madera. Pero mejor aún trabajaba las amistades. Porque donde llegaba Lelo, dejaba conversación, dejaba una sonrisa y, casi siempre, alguna pullita de esas que soltaba con media sonrisa y que te hacían reír aunque fueras tú el señalado.
Tenía el don de la sorna fina. Esa que nunca hería. Esa que servía para poner las cosas en su sitio sin levantar la voz.
Y también tenía algo cada vez más difícil de encontrar: amor por lo suyo.
QUERÍA A TENTENIGUADA COMO SE QUIERE A UNA MADRE.
Por eso luchó por mantener limpio el pueblo cuando otros pasaban de largo. Por eso plantó almendreros pensando en quienes vendrían después. Por eso defendió la Casa de la Cultura como quien defiende una parte de sí mismo. Porque sabía que un pueblo sin memoria acaba perdiendo el alma.
Y memoria tenía para regalar. Cuántas historias contó. Cuántos personajes rescató del olvido.
Cuántas veces nos vimos reflejados en sus cuentos, riéndonos de nosotros mismos mientras él, con aquella mirada pícara, parecía decir: «No te enfades, que es verdad y tú lo sabes».
Lelo conocía a su gente.
Conocía las virtudes y los defectos de este pueblo. Y precisamente por eso lo quería tanto.
Hoy hablamos de él con tristeza, claro que sí. Pero yo creo que a Lelo no le gustaría vernos demasiado tiempo con la cabeza baja.
Más bien estaría diciendo algo como:
«Bueno, bueno… tampoco hagan tanto escándalo, que aquí el único que descansó fui yo.»
Y después soltaría alguna de las suyas p´a romper el momento y arrancarnos una carcajada.
Porque así era él. Humilde. Generoso. Trabajador. Amigo de sus amigos.
Y PROFUNDAMENTE AGRADECIDO A LA VIDA.
Hoy Tenteniguada pierde a uno de sus hijos más queridos.
Pero también gana algo. Gana un recuerdo que no se va a borrar.
Porque mientras alguien cuente una historia suya, mientras florezca un almendrero de los que ayudó a plantar, mientras alguien recuerde una conversación compartida o una de aquellas ocurrencias que soltaba sin avisar, Lelo seguirá aquí.
Quizás no lo veamos caminando por las calles. Pero seguirá viviendo en ellas.
Y cuando llegue febrero y el pueblo vuelva a vestirse de blanco y rosa, más de uno levantará la vista y pensará:
«Mira tú… seguro que Lelo anda por ahí arriba diciendo que los almendreros este año florecieron mejor porque él les echó un vistazo.»
Y la verdad es que no nos extrañaría nada.
Hasta siempre, amigo.
Gracias por todo lo que nos diste.
MIGUEL MONZÓN

Gracias Miguel, has hecho un relato de lo más profundo de cómo era y es aún él profeta, lo voy a llamar así, porque siempre nos dejaba algo para pensar, que DEP, te esperan en el otro plano Buenos amigos de conversación, hasta que nos encontremos allá por el otro lado
El amigo Lelo. Una persona cabal que se nos fue, amigo de sus amigos, conversador a todas luces, con gran sapiencia y calidad humana. Siempre a punto para aportar a la sociedad, a la vida, a todo lo que se terciara para hacer de la vida algo más llevadero. Nos deja con el corazón desgarrado, pero con la memoria de quien fue y como gestionó su deambular por esta vida. Un hombre de bien, siempre dispuesto a echar una mano, pero también dispuesto para opinar, para llevar el raciocinio hasta el final de sus argumentos, con una análisis profundo de todo lo que aconteciera o aconteció.