SAN ROQUE: SENSACIÓN DE ABANDONO Y COMUNIÓN DE ESPERANZA

Crónica de una noche de lluvia en la que los vecinos volvieron a alzar la voz tras más de veinte años de silencio institucional, entre la memoria del valle y la esperanza de una nueva escucha
La noche nos recibió con lluvia constante. Una lluvia fina que parecía marcar el compás del eco en el local social del pueblo. Más de una treintena de vecinos acudieron, ansiosos, a conocer a la nueva corporación que inicia su periplo de escucha por los barrios. Hacía más de veinte años que no se convocaba a los vecinos para hablar de su vida social y rural.
Algunos recordaban, con amarga ironía, aquellos escritos ya amarillentos presentados hace más de una docena de años, aún en espera de respuesta municipal. Mientras tanto, cada cual calentaba sus argumentos. Delante, la corporación al completo. Y en el ambiente, algo que hacía tiempo no se respiraba: la sensación primaria de que alguien, por fin, estaba dispuesto a escuchar.
El valle de San Roque es uno de los barrios clásicos de Valsequillo. Su melodía rural, su aire de valle encantado, sus fiestas estivales llenas de alegría, le dieron fama de dinámico y hospitalario. Puerta de entrada al municipio. Fue parada obligada cuando la fuente del agua agria y el desfile de camiones hacían alto en el bar de Adán. Después Paco se fue joven, y con él se apagó el último rescoldo de aquellas tertulias, de aquellas viandas compartidas. Las farolas comenzaron a parpadear como si esperaran —pacientes— que alguien tomara medidas.
San Roque siempre fue cuna de reivindicaciones. Un barrio acostumbrado a reclamar justicia. Pero los años han pasado y el compás del olvido ha envejecido a su población. Entre el palmeral que se muere lentamente, en un paisaje que mezcla belleza y abandono, la soledad cabalga silenciosa.
El valle de las Palmeras, que un día vio arrieros y labradores trabajar la tierra, hoy exige atención. Exige responsabilidad institucional. Exige que el condado no olvide sus tierras.
En la plaza de San Roque se agitan los cuatro laureles del cura mientras el trono de los santos ocupa el espacio del salón social. La iglesia, en proceso de maquillaje, resiste como símbolo. Las campanas suenan automáticas hasta las diez. La parroquia del Santo del perro parece gobernarse con orden. Pero fuera del templo, la realidad es otra: muros que necesitan arreglo, basuras que esperan contención, un barrio que envejece aceleradamente y que pide algo tan sencillo como dignidad.
San Roque es una línea de casas blancas que asciende hasta Nuevas negras. Es un lugar que habita en medio de un cementerio de palmeras. Es un paisaje hermoso y herido al mismo tiempo.
La asamblea fue recibida con buenas nuevas. Los vecinos escucharon el eco de su propia voz en las demandas y propuestas que se pusieron sobre la mesa. Por primera vez en mucho tiempo, se sintieron menos solos. Más próximos.
La historia de las relaciones con el municipio ha sido difícil, a veces inconexa. Pero esta nueva corriente democrática puede ser el inicio de algo distinto. Porque las transformaciones no siempre empiezan con grandes obras: comienzan en las pequeñas cosas. En arreglar una farola. En limpiar un muro. En responder una carta. En convocar una reunión.
Y quizá, paso a paso, puedan terminar en algo más grande: en la feliz convivencia y en la recuperación del orgullo de uno de los barrios más antiguos de Valsequillo.
San Roque no pide milagros.
Pide atención.
Y después de la lluvia, como esta noche generosa, también espera esperanza.
Feli Santana
