LA VIDA ES UNA ENCICLOPEDIA INFINITA

Memoria de una infancia lectora entre tebeos, bibliotecas y revelaciones en Telde
Generosa, siempre desprendida, llegó la luz. Su infinita gracia luminosa marcó el umbral y sometió a las sombras al marco de su identidad. Aquella infancia rural, el recuerdo de tedio y frustración, mendigando libretillos de vaqueros y letras para alimentar nuestra imaginación de saber. Aunque, para ser honesto, todo comenzó más atrás.
Los tebeos: la desbordada creatividad de descifrar los casilleros de caricaturas, las expresiones costumbristas, el vocabulario desenfadado e ingenioso de los personajes, deformados en sus perfiles y ajustados a un autor imaginativo y justiciero.
No había cosa que alegrara más el alma infantil que recibir aquellos tebeos. Era un caudal de felicidad: la visión de un mundo paralelo lleno de gracia, donde los personajes eran mis amigos. Me contaban otras versiones del mundo y yo quería corretear con ellos en sus aventuras. Hasta que, harto de conocer novelas e historietas con final justiciero, llegaron El Jabato y El Capitán Trueno, para luchar contra todo un mundo de tiranos e injusticias.
Yo planchaba las revistas, las guardaba en su perfil más plácido y volvía a ellas mil veces, porque no tenía qué leer, y tan solo me hacía feliz mi pequeño archivo de pobre bibliotecario.
Uno de los momentos más sensoriales que recuerdo —cuando bajaba la familia a casa, a Telde— era escaparme a la biblioteca León y Castillo, a hurgar entre libros, títulos, sinopsis y carátulas. Yo los quería leer todos. Mi mente intentaba resumirlos devorando con la vista las imágenes y los chistes. Todo aquel tesoro que dormía en los estantes era tan abundante y generoso que susurraba en silencio su existencia. Cuando sentía que acariciaba sus carátulas, despertaban, haciendo guiños a la ternura.
Aunque pasaron algunos años de salteador de libros ininteligibles, de lector en tránsito de comprensión, seguía leyendo, hasta la Biblia: una grande y sagrada que tenía mi abuelo, quien se convirtió en evangelista ya de mayor, ante la infinita incomprensión de mi abuela, que dedujo una locura transitoria de la edad o algo así. Aunque, en su infinita sabiduría, se lo reprochaba con el amor que le tenía a ese hombre tan aventurero de la vida.
Yo, cuando el abuelo trabajaba, cogía aquella Biblia a hurtadillas e intentaba adivinar, como un detective, qué escondían aquellas letras tan sabias y universales para haber atrapado al abuelo en su destino. Creo que fue una estrategia más social que afectiva: él y su habilidad para confundir con misterios y silencios. Aunque su amor paternal infinito estaba reglado por otras leyes de la naturaleza.
Y un día, en aquella juventud errante e inconformista, cayó en mis manos Juan Salvador Gaviota. Recuerdo que me clavé de pronto: quedé pasmado con su lectura, hipnotizado por su relato. De repente, todo dentro de mí se sacudió con una felicidad contenida; se abrió una puerta corredera al entendimiento, calmando mis búsquedas de lecturas comprensibles. Fue un subidón de adrenalina que cambió hasta mi comportamiento. Era como si me hubiera pasado la vida esperando ese momento de revelación que por fin había llegado.
Entonces salté al vacío de la lectura. Ya no me importaba si entendía o no las historias. Yo solo quería leer, dejarme llevar por los relatos en un viaje interminable hacia otros mundos. Y en esos otros mundos sigo soñando con aquellas vibraciones y entusiasmos.
Un mundo sin letras sería una infinita injusticia de caos.
Feliz día del libro y del autor.
Feli Santana
