FUROR BELICISTA

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La cuestión no está en decir «no a la guerra» sino en «hacer» no a la guerra. ¿En serio invocan los belicistas españoles la defensa del sistema de vida de las “democracias liberales” contra el autoritarismo de Putin? ¿En serio nos hablan de situarnos al lado de “los nuestros”?

Al noveno día de guerra amanecimos con la central nuclear más grande Europa, Zaporiyia, incendiada por un ataque ruso que ha terminado en la toma de las instalaciones. El fuego había sido ya apagado y el Organismo Internacional de la Energía Atómica no reportaba daños esenciales en los reactores, ni por tanto peligro nuclear. Por esta vez. Un aviso disuasorio o disparo que alcanza de refilón. Es la guerra. Una del siglo XXI, para nada convencional, con capacidad de daño más que letal, aniquilador. Real. Ya empieza a haber negacionistas de su peligrosidad. Tantos años y dinero invertidos en manipular la opinión pública en este sentido y bastaba crear las condiciones adecuadas para que colara y dejar cocer la siembra.

Central de Zaporiyia

Va llegando el armamento que envían los países de la UE, España entre ellos. La mayoría de los socios les hace llegar misiles tierra-aire y sistemas anticarro, para afrontar incluso la amenaza nuclear, y operados por población civil ucraniana que ya incorpora adolescentes sin experiencia.

Ucrania lucha en sin par desproporción. Familias se esconden en refugios improvisados. Los servicios básicos, los de salud, inmensamente afectados. En apenas una semana han huido del país un millón de personas ya. Mujeres y niños, dejando imágenes desgarradoras al límite. Una mano tras el cristal que vela una sonrisa puede ser en la cámara de Emilio Morenatti la más rotunda y desgarradora información.

En las tribunas políticas, incluido de forma destacada el gobierno de Europa, en las mesas camilla y en las columnas de opinión de los medios españoles, se dicta más guerra para que en el suelo de Ucrania se defiendan los agredidos. El furor bélico se expande como el desbordar de un pantano de aceite inflamando los corazones de quienes siempre lo tuvieron sin, quizás, saberlo. En buena parte de los casos, imbuido de altas dosis de agresividad hacia quienes no comparten su exaltación militarista. Apostar por la desescalada está siendo definido como una postura infantil o utópica, o interesada incluso a saber por qué. Es como si asistiéramos al germen de las guerras ante una situación límite. Se advierte cómo se mezclan todo tipo de sentimientos, desde odios largamente recocidos hasta una valentía que no calcula posibilidades y riesgos. Hay también argumentos razonados. En el mejor de los casos, entienden que, aunque no sirva de nada, hay que defenderse con armas como acto testimonial. Desde una silla a miles de kilómetros es bastante fácil animar a defenderse a la brava.

La cuestión no está en decir «no a la guerra» sino en «hacer» no a la guerra. ¿Cómo se les ocurre dudar del dolor que nos causa lo que está padeciendo el pueblo ucraniano? Precisamente por eso hay que echar mano de la máxima racionalidad y obrar con lógica. 

Los más vulnerables víctimas de la locura de la invasión

Se está adornando hasta de un idílico romanticismo el hecho de ir a batirse y es peligroso en un asunto tan grave. Por supuesto que hay que defenderse de las agresiones, pararlas, juzgarlas. Con cabeza. El envío de armas a los ucranianos no vencerá a Putin, no lo vencerá el coraje de los ciudadanos, simplemente prolongará la guerra el tiempo que hayan calculado –se estima en 4 o 6 semanas iniciales- para poder presentar a los 200.000, 400.000, 600.000 muertos o los que sean, a los millones de desplazados, como necesarios para invertir en más armamento durante el tiempo previsto, de años hablan los expertos. Serán los héroes que podrán llevar los comerciales a los beneficiarios de la guerra o a la sociedad partícipe como aval para más confrontación. No interesa a las partes acabar pronto aunque solo sea porque las víctimas, el dolor y la destrucción, pesan a la hora de negociar.

Las dudas razonables sobre la respuesta militar las explica mucho mejor en TVE José Enrique de Ayala, general español retirado que fue Jefe de Estado Mayor del Cuerpo de Ejército Europeo.

La OTAN estaba moribunda hasta hace poco más de una semana. El ataque de Putin a Ucrania la ha revitalizado. Biden, en precipitado declive. Sus antecesores, desde Obama a Trump, reclamaron insistentemente un aumento en defensa del 2% del PIB. En plena pandemia, en 2020, varios socios de la Alianza cumplieron las exigencias de Trump y alcanzaron ese porcentaje. La inversión de Estados Unidos en ese capítulo es desorbitada, la de Rusia, notable. ¿En serio invocan los belicistas españoles la defensa del sistema de vida de las “democracias liberales” contra la autarquía de Putin? ¿En serio nos hablan de situarnos al lado de “los nuestros”? Es un tema que se ha revelado como extremadamente controvertido que precisa sustentarse en realidades.

Entre las «democracias liberales» tenemos en la OTAN a Turquía, o a la aún comunista Albania, o a Hungría y Polonia con gobiernos de extrema derecha. Como poco son variopintas. En cuanto a la Rusia de un Putin autoritario, si lo piensan sin prejuicios, su sistema económico es el neoliberal. Y no olviden el papel de los oligarcas que le financian, tan bien recibidos en las finanzas de medio mundo, en la esfera social de élite. Alguno promueve clubs de fútbol; otros, medios de propaganda de la ultraderecha internacional.

Lo de “los nuestros” es más significativo. Los ucranianos, con predominio de ojos azules y sobre todo un uso adecuado para fines estratégicos y comerciales, tienen un trato muy diferente a las víctimas y refugiados de Siria, Yemen, Palestina y tantos otros pueblos en conflicto. Pero si echamos la vista atrás, tenemos serios agravios comparativos. Lógica la intervención de Bush padre ante la invasión de Kuwait por Irak, bajo amparo de la ONU. El hijo, George Bush, Jr., quiso completar la acción de su padre e invadió dos países soberanos sin que nadie le mandara armas a los agredidos. Empecemos con Irak –con el apoyo del clan de las Azores, Aznar de invitado singular- sin apoyo de Naciones Unidas y bajo la premisa falsa de unas inexistentes armas de destrucción masiva. Luego le tocó el turno a Afganistán persiguiendo a Bin Laden que encima estaba en Paquistán. Ciudadanos iraquíes y afganos inocentes no eran de “los nuestros”. ¿Recuerdan si el trato recibido por aquellos fue siquiera lejanamente parecido al recibido por los ucranianos?

Lo merecen los ucranianos, pero lo merecen todos los pueblos avasallados, todos. Son europeos, claro. Como España que recibe así a los migrantes. No son de «los nuestros».

Por cierto, lo de Bin Laden sí que fue una «operación especial», sin molestas trabas de intervención judicial. Estupendamente recibida por una mayoría opinante. La verdad es que algunos, muchos, tienen una vara de medir muy desequilibrada. Y miren lo que hicieron con los pobres afganos, y sobre todo afganas. El reconocimiento y la solidaridad duran cada vez menos: mientras se está dentro del foco, luego ya las cosas cambian. 

Un punto vital de reflexión: Si tan claro tienen que el enemigo de las «democracias liberales» es Putin, vayan a por él y no permitan la pérdida de más vidas, derechos, y hasta de ilusiones de los ucranianos. Con diplomacia y presiones, como sea, apostando de verdad por una salida al conflicto, sin excepciones para el gas y el petróleo, los bancos del gas y el petróleo, o los privilegios de algunos. Ah, claro es que hacerlo a base de armas nucleares parece peligroso para la Humanidad completa. De seguir así, lo peor no sería esa larga duración de la guerra con la que se especula, sino que se entre en una escalada nuclear. No creen que se atrevan a llegar ese extremo, suele decirse, pero son tantos ya los límites desbordados. 

A estas alturas creo que los exultantes belicistas que cargan sus diatribas del odio al rival político patrio, los irreflexivos y excluyentes, no son de los nuestros, no son de los míos desde luego. Los míos son los adolescentes embarcados a la irracionalidad interesada de la guerra, y los demás, de un lado y del otro, de cualquier edad. Los padres que se despiden entre llantos y la sonrisa del hijo que no sabe. Los que intentan negociar, los que cuidan de todos, los que informan de verdad para que la sociedad sepa a qué atenerse y no se deje embaucar. Ni hoy, ni mañana. Esos, muy someramente, son los míos y se los aconsejo por si quieren hacerlos suyos. 

ROSA MARÍA ARTAL

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