NUESTRA GUAGUA

guaaguaDe repente crucé el túnel de tiempo para darme de frente con la realidad, la Bahía de La Luz, es un mundo activo de bulliciosa distribución. Licenciada en cambio de escenarios y actividad industrial. Ha sido a lo largo de los siglos amparo, oasis, sosiego, esperanza, aventura, salvación. ¿Cuántas toneladas? Millones de movimientos, cargas, barcos, contenedores, ruedas, almacenes. ¿Cuántos individuos han saltado a tierra firme,  nacionalidades,  polizones, caras?. Me sigue maravillando el mayor motor económico activo de las islas. Aclarado el NODO, camino por donde antes había malpaís, volcán y arena.

Dios me asista la imaginación para recomponer el minuto cero del paraíso y las ensenadas de rubias arenas y plateadas olas que lo labraron. Y nació el volcán que le puso cabeza a Gran Canaria y le llamó el futuro Isleta y el océano de los dos mares apretó el cuello del istmo para pincelar el trabajo del creador y su infinita inspiración existencial

 

Y un visionario con velas encalló cerca del Guiniguada y decidió con osadía y aprendizaje que la isleta sería el faro comercial mayor del Atlántico y en aquella suposición vendrían plagas y piratas a tierra fértil e isla encantada.  Un castillo de acero de riscos y abismos de bosque y dragones cuidarán su interior, al que hay que subir con la espada. Arriba las nubes ocultan los llantos, cumbre abajo los verdes mantos escurren agua y agrietan la tierra donde nacen barrancos

Y llegaron los civilizados invasores industriales y las mulas obreras que tiraron de carros, llegó el tranvía que corrió por Alcaravaneras separando las dos orillas. En Santa Catalina el puerto echa raíces y manda avisos a navegantes, pronto será señalado en el mapa su progreso y punto de intercambio estratégico. Con él llegó la revolución cultural, las modas y enaguas y al puerto a comprar en guagua.

Año 1978. De tiempos de ayer. Yo cojo unos meses la guagua que sube del Guiniguada a Lomo blanco, intentaba estudiar en la Universidad Laboral, sin éxito. Fue el último recuerdo perenne que tengo de haber cogido la guagua. 42 años después he vuelto a subir en guagua, «Las amarillas» entiéndase, desde la plaza Manuel Becerra, la n° 12 articulada. La experiencia fue agradable, de repente vacía, toda para mí, dos paradas más adelante, llena. Canarios, guiris, transexuales, negros, moros, yonquis, mayores, medianos, playeros, jóvenes, adultos carritos con bebés… Todas las especies que habitan en esta cosmópolis. Hasta que en un acto heroico le cedí mi asiento a una señora que me agradeció con la mirada el detalle civilizado.

Llegando a mi destino, bajé cuerdo y meditando los movimientos urbanitas. Curioso acontecimiento que recomiendo a los olvidados del transporte público y que hacen de la guagua una interacción de miradas y pensamientos.

FELI SANTANA

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