AMOR DE TÍOS ABUELOS

Feli Santana
Feli Santana cargado de anécdotas y costumbrismo

María fue junto Antonio los hermanos mayores, ellos cuidaban a María y al pequeño Miguel -mi abuelo- esa necesidad de protección los llevó a lidiar con amor las decadencias, pues tanto Rosita Amador como Antonio Ramírez, sus padres, eran justos y buenos consejeros.

María recordaba años después llevar a Miguel en el hombro -a caballete-, cuando hacían recados o mandados por el barranco. Quiso el destino que la felicidad fuera en esa medida del tiempo equilibrada, pues no se conocían otros tiempos futuros. Y en aquellos  eran niños nobles y responsables, los hijos del Sajorín y de Rosita son un ejemplo para la comunidad, advertían algunos vecinos sabiondos de la vecindad del respeto y la admiración.

María sentía la llamada religiosa, estaba iluminada por un camino hacia el culto del catolicismo y llevaba ese secreto guardado en su corazón. Ya de joven y tras la muerte de sus padres, con sus hermanos ya encaminados en la vida, María dirigió sus pasos  al cultivo de la fe, se metió en la vida religiosa y en el estudio de la contemplación divina. Estuvo los primeros años en Telde, en una comunidad cristiana y educativa en San Francisco y años después, tomó los votos de servir a la hermandad de Dios en un convento, a los que dedicó 58 años de su vida. Murió y ejerció la voluntad divina en el Hospital de Nuestra Señora de los Dolores en la Isla de La Palma.

Antes de partir, y en la fe del amor de su familia, se presentó en el gobierno militar aliada de la mano poderosa de la santa madre iglesia, cuando el alzamiento nacional y la llamada de su hermano pequeño Miguel Ramírez al frente.

Por favor, es el más pequeño de la familia, es un niño. Decía… Dios lo guarde señor, yo rezo por él todos los días, que sea la voluntad del señor su aventura. Pero a dios ruego, no lo desampare en ninguna contienda. Tranquilidad hermana María, sus ruegos se harán oír en el mando de Canarias, para aliviar el sufrimiento de su virtud. –Y he aquí un ejemplo de diplomacia militar y religiosa-.

Miguel se presentó en Madrid en el batallón canarias, y mientras el sargento chusquero comenzaba a llamar a todos los pobres desamparados a un punto u otro geográfico de España, su nombre y apellidos no salió de la boca de aquel mando mandado.

Al final quedaron, tres reclutas mirando unos para otros las órdenes de quien se siente disciplinado. Miguel Ramirez Suárez, nombró en alta voz un mando, preséntese en el despacho de capitanía general de estado. Le recogerán en breve, lleve su macuto. Y allá partió Miguel en un viejo Land Rover militar, con otro recluta, hacia alguna parte que el destino le guardaba.

El Sargento que conducía, solo se le limitó a decir en tono de sorna chusquera, con que ustedes son los niños bonitos. Miguel se acordó inmediatamente de su hermana María, que le dijo que haría lo posible por que no fuera al frente. Y sonrió, siempre tuvo una empatía especial con su protectora, era amor de hermanos, amor de familia y con dios mediante la familia está protegida.

A Miguel lo destinaron de ordenanza de un coronel en Capitanía General, no oyó un disparo en una guerra de otros, no vio la sangre correr, ni la agonía de uno que se muere, no sintió ese frío aterrador de Belchite, ni ese sonido atronador del Pilar, no sudó sangre, ni paso hambre.

La vida en el frente fue una aventura para reengancharse. Solo lo detuvo el pensamiento de otra soledad, de una promesa. Volveré a por ti Benita. Porque prometí casarme contigo y tener una familia hermosa. Pronto volveré, cuando se acabe esta maldita guerra de mi soledad. A trazos rotos y lágrimas de emoción escribía tranquilo aquellas cartas para enviar a Canarias. A unas islas desafortunadas que se morían de hambre. Mientras el misterio del tiempo ordenaba el ciclo y las contiendas. Benita no sabía leer, pero su hermana Carmen y su primo Pepe Pérez le contaba las bondades de aquel soldado, que se alió con la suerte para vivir en la guerra civil y sobrevivir día a día. Mientras allá en la Pepina, solo era fiel el día, la noche y el hambre.

Maria Pérez la madre de Benita -Bisabuela mía- cuidaba y apartaba los granos, evitando que la desgracia del pulgón u otra enfermedad pudriera sus pocos recursos, que guardaba lejos de la humedad y los animales, en unos garrafones de vidrio con tapones de corcho.

Con una rueca larga, cogía los tunos pintados, los barría y apartaba los de la comida del día -la única- y los que se iban a “pasar” como los higos, había que hacer provisiones, pues los tiempos seguían tiñéndose de auténtica dureza. Su marido. Miguel Suárez, era un hombre listo, hablaba de las bondades de Cuba, de aquellos que fueron y vinieron con perras e hicieron fortuna y en ese afán de los sueños, sus dos hijos hilvanaron el desquite a la miseria. Juan y Pepe juntaron las perras y se largaron pal Caribe cantando aquello de: “A cuba me voy madre a comer plátanos fritos por que los pobres de canarias son esclavos de los ricos”.

Ya hacía tiempo que escuchaban hablando que los cuentos de Juan Morales de su padre Miguel Morales, que arrancó para la isla del tabaco y desapareció para siempre, aunque escribía para decirle a los sobrinos que fueran para allá, que aquí la miseria se los comería por las patas. Que en Cuba se vivía bien y se comía mejor y así partieron a una aventura transoceánica con la maleta de madera y los zapatos abetunados llenos de callos y con las patas rajadas. Pepe y Juan se quedaron para siempre. A veces llegaron cartas años después, cartas que no hablaban de bondades, si no de supervivencia. Que no hablaban del dorado, si no de revolución. Y El tiempo fue enmudeciendo aquellas letras y garabatos que la tinta se empeñaba en recordar.

Les quiero mucho, familia ya tienen varios sobrinos, dile a la hermana Benita que a un hijo le hemos puesto el nombre de Pepe, y el otro Jesús, como la hermana que murió joven y que Benita cuidaba. La vida es un carrusel de emociones y momentos, es una pirámide de sensaciones y decisiones, es un monumento a la supervivencia.

Pero en el corazón de Benita Suárez Pérez solo había una sintonía. Cuando vuelva Miguel Ramírez, me casaré. El me lo prometió y sé que Dios me guarda ese regalo de amor.

FELI SANTANA

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