OPINIÓN

MARRUECOS, EL INCÓMODO VECINO

Hay vecinos que apenas se saludan y otros que, queramos o no, terminan formando parte de nuestra vida. Marruecos pertenece para España a esta segunda categoría. Está demasiado cerca para ignorarlo y es demasiado importante para reducir nuestra relación a una simple cuestión diplomática. Compartimos fronteras, mares, comercio, inmigración, seguridad e intereses económicos, y la geografía nos ha colocado frente a frente para siempre.

Por eso, cuando las relaciones se tensan, Marruecos puede convertirse en un vecino incómodo. No hace falta llegar a ninguna confrontación. Basta con que disminuya la cooperación fronteriza, aumente la presión migratoria o aparezca una discrepancia política para que España comprenda inmediatamente hasta qué punto ambas orillas se necesitan.

Ahí empieza el complicado equilibrio. Desde aquí reclamamos soberanía, firmeza y defensa de nuestros intereses, pero la política exterior rara vez funciona solamente con grandes palabras. Hay empresas, trabajadores, exportaciones, inversiones, pesca, seguridad y miles de pequeños acuerdos que obligan continuamente a negociar. España y Marruecos se necesitan bastante más de lo que algunas veces reconocen.

Marruecos, además, vive una interesante contradicción. Ha modernizado carreteras, puertos, ciudades, industrias y grandes infraestructuras, intentando proyectar la imagen de un país emergente y estratégico. Sin embargo, una parte importante de su juventud continúa reclamando empleo, vivienda, mejores servicios públicos, libertades y oportunidades para construir su futuro sin tener que marcharse.

Y esa juventud tiene ahora una ventana abierta al mundo en el bolsillo. Las redes sociales permiten comparar su realidad con la de otros jóvenes europeos y esa comparación alimenta aspiraciones, pero también frustraciones. No basta con levantar estadios, autopistas o grandes proyectos si una parte de la sociedad siente que el progreso tarda demasiado en llegar a su casa.

Entonces aparece Europa como salida.

Miles de ciudadanos marroquíes trabajan en España, cotizan, crean riqueza y envían dinero a sus familias. Al mismo tiempo, las mafias aprovechan la desesperación de quienes no encuentran una vía segura y convierten la emigración en un negocio cruel, embarcando a demasiadas personas hacia un futuro incierto.

Conviene, sin embargo, separar las cosas. Quien se sube a una patera no es una estrategia política: es una persona buscando otra oportunidad. Otra cuestión es cómo los Estados utilizan el control de las fronteras y el enorme valor geopolítico que Marruecos posee por su situación entre África y Europa.

Rabat conoce perfectamente esa ventaja. Su fachada atlántica, su proximidad al Estrecho y su posición como puerta hacia Europa le conceden una capacidad de negociación extraordinaria. Y juega sus cartas, como las juega España y como lo hace cualquier país que defiende sus intereses.

Desde Canarias esta relación se observa todavía más de cerca,  no es un país lejano del que llegan noticias ocasionales. Está enfrente, formando parte de nuestro espacio atlántico y de muchos de los equilibrios económicos, migratorios y políticos que afectan directamente a las islas.

Por eso quizá debamos aprender a convivir con una realidad bastante sencilla: ni sirve mirar a Marruecos únicamente con desconfianza ni tampoco con ingenuidad. Habrá momentos de tensión, acuerdos difíciles, intereses enfrentados y concesiones incómodas, pero también cooperación, comercio y necesidades compartidas.

Los vecinos pueden discutir muchas veces, pero ninguno puede cambiar de casa.

España defenderá sus intereses y Marruecos hará exactamente lo mismo. Y mientras ambos continúan vigilándose de reojo, tendrán que seguir hablando, negociando y buscando fórmulas de convivencia.

Porque Marruecos probablemente seguirá siendo durante mucho tiempo nuestro incómodo vecino.

Pero la geografía decidió mucho antes que nosotros que estamos obligados a mirarnos desde las dos orillas y, tarde o temprano, a entendernos

Feli Santana

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