LA INVOLUCIÓN SE COMBATE CON MEMORIA Y ACCIÓN

En los últimos años estamos asistiendo a un clima social cada vez más crispado, donde el debate público se degrada en consignas simples, la desinformación (llamada hoy en día Bulos) circula con facilidad y se normalizan discursos que hace no tanto parecían superados.
La memoria histórica se diluye, el consenso democrático se resquebraja y valores básicos como el respeto, la convivencia o la empatía parecen retroceder ante la polarización constante. No se trata de alarmismo, sino de observar con preocupación ciertos patrones que ya hemos visto en otras etapas de la historia, cuando la fractura social abrió la puerta a la historia reciente de España y de Canarias.
No es el fruto de la inercia, sino de una lucha sostenida por generaciones que pagaron un precio altísimo por conquistar derechos que hoy damos por sentados. Libertades civiles, derechos laborales, participación democrática. Nada de ello fue dado gratuitamente. Fueron logros arrancados a costa de vidas truncadas, familias rotas, años de cárcel y largos exilios.
Por eso, cuando se perciben señales de retroceso, no basta con la indignación pasajera ni con la crítica cómoda desde las redes sociales o desde el sofá de casa. La historia nos enseña que los derechos que no se defienden se erosionan y se pierden, y que la pasividad es, a menudo, el mejor aliado de cualquier involución.
Quienes no estamos dispuestos a aceptar ese retroceso debemos asumir una responsabilidad cívica activa. Tal vez haya llegado el momento de recuperar la presencia en el espacio público, de volver a las calles, de hacer visible un compromiso firme con los valores democráticos y sociales que tanto costaron conquistar. No como un gesto vacío, sino como una continuidad de aquella lucha que permitió construir el país que hoy habitamos.
Defender esos derechos no es solo un acto político (a mi modo de ver), es también un ejercicio de memoria y de justicia hacia quienes los hicieron posibles. Porque renunciar a ellos, o permitir que desaparezcan, sería traicionar ese legado. Toca cambiar el paso y la dirección o sufriremos las consecuencias que ya se atisban en un periodo, para nuestra desgracia, más cercano que lejano.
ANTONIO GIL
