LELO ERA MAESTRO DOS VECES

«Maestro en la profesión de carpintero». De los que huelen la madera y ya saben si va a torcer. De los que el metro no le hacía falta porque tenía los ojos educados a golpe de años. De los que una junta bien hecha era su firma. Y si la pieza salía mal, se callaba, la apartaba, y empezaba de nuevo, a lo mejor no ese día, porque el reloj no era su amigo preferido, pero eso sí, sin echarle la culpa al listón. Eso también era una lección.
Y por otro lado, teníamos al «Maestro en las palabras». Enseñanzas que no te daba con un manual, te las dejaba caer entre virutas, café, a la sombra de algún mato o árbol o en la barra de un bar, con una copita de vino.
Siempre he sido (así me enseñó mi abuelo materno) de escuchar mucho y hablar la mitad (quien escucha aprende, quien habla solo repite lo que sabe, también me decía mi abuelo). Por esto mismo, escuchaba siempre muy atento del maestro Lelo, sus reflexiones políticas y de vida, que con la precisión de una escuadra: rectas, claras, sin engañar, podía desmontar un argumento como desmontaba un mueble, pieza a pieza, para que entendieras dónde fallaba.
Y lo hacía con esa socarronería fina, de genio. Esa capacidad que solo tienen los que han visto mucho y juzgan poco. Te podía dejar pensando tres días, con una frase de cinco palabras y un dedo apuntalando un lado de su mejilla. Será imposible olvidarte y eso será la prueba de que seguirás con nosotros, por siempre.
Gracias por enseñarnos que un hombre se mide por lo que construye y por la huella que deja. Y tú construiste muebles que posiblemente durarán más de 100 años, y amistades que no se rompen(seguro) por mucho tiempo que pase.
Aquí nos quedamos, de momento el resto, intentando cepillar y alisar la vida con la calma que tú le ponías a todo. Descansa en paz «Maestro Lelo».
ANTONIO GIL
