EL PERINQUÉ: MI HISTORIA

Un mundo rural no es sinónimo de maltrato animal. Yo nací en Valsequillo y mi abuelo mató, para comer, a mi primer amigo: Un cochino llamado «El Negro».
Mi abuelo no imaginaba la importancia que el cochino tenía en mi alma, ni tampoco creyó necesario darme explicaciones sobre el destino que tenía pensado para el animal. Al fin y cabo «nacieron para eso», diría sorprendido por mi reacción.
Cuando mis lágrimas fueron tantas que no hubo manera de calmarlas, pensó que no le saldría a cuenta volver a matar a otro de mis amigos.
_»Casi mejor comprar la carne»_, dijo.
Fue el último cochino que crió antes de morir.
Yo contaba seis años. Él, moriría unos meses después del sacrificio.
Mi abuelo no entendió el cambio de generación.
Una generación con valores y principios que no aceptaba cualquier historia contada. Una generación de empatía. Una generación que habría descubierto que un plato a costa del sufrimiento no era viable.
¿Quien podría alimentarse de un amigo?
Yo era una niña empática en un tiempo que la palabra «empatía» no era conocida. En mi niñez no se sabía qué eran psicólogos, niños autistas, asperger, TDAH, TDA, superdotados…
Y cualquier diferencia era calificada de rareza.
Eso me convirtió, por definición, en «rara».
«Qué niña tan repelente, siempre con un perro a rastras»_ le decían vecinas a mi padre.
Y éste me excusaba, sin mucho convencimiento diciendo: _Usted con no mirar tiene_. Pero igualmente pensaba que tenía una hija «rara». _Tratar a los animales como seres sintientes, ¿de qué antepasado sacaría ese gen?_.
La vida es evolución.
Y, cantó Mercedes Sosa: _»Cambia, todo cambia»_.
(Existen diversas publicaciones académicas y especializadas sobre el maltrato animal relevantes en el ámbito de la UNED, destacando el análisis jurídico y criminológico de esta conducta, se cita a modo de ejemplo: «Los derechos de los animales en serio» del doctor en sociología José Luis Rey Pérez).
Vivimos en un país donde 17.000 fiestas tienen como objetivo el maltrato animal. La ONU, escandalizada, ha recomendado a España que se prohíba la asistencia de menores de 18 años a los toros, está comprobado que la violencia, si se normaliza, se reproduce. En España la enfermedad mental y la violencia es tolerable con los animales, para cuando toma por objetivo a las personas es demasiado tarde. La empatía y respeto también se puede enseñar en modelos educativos. Y un Estado policial será el último paso, antes hay conciencia y educación.
REYES BOLAÑOS




